Parecía
que este iba a ser, por fin, el año de Racing. Independiente en la Primera B Nacional
como principal motivo y la llegada de refuerzos de jerarquía a su plantel hacían
suponer que esta vez no se quedaría en las vísperas del éxito. Sin embargo, se
empeñó en echarlo todo a perder. Se
empeñó en hacer lo posible para no disfrutar del mal momento de su rival
histórico. Fue una especie
de declive directamente proporcional a los imponentes festejos por el descenso
del Rojo. Un camino colmado de errores de todas las índoles que indefectiblemente
devinieron en una crisis política que hoy transita por los paisajes más
oscuros.
Si
se cava profundo en el tiempo, seguramente encontraríamos que los
orígenes de este difícil momento fue aquel partido frente a Quilmes el
campeonato pasado. Ese fue el comienzo. Ahí empezó. La supuesta inducción de
los dirigentes e hinchas (barras) para que los jugadores y el técnico hicieran
poco por ganarlo -por usar un eufemismo- generó una herida interna que nunca
pudo cicatrizar. Luego del controvertido partido, Zubeldía, DT por aquel
entonces, incomodo por aquella situación, hizo vox populi su intención
de no renovar el vínculo que lo unía a la institución cuando se venciera. Sin
embargo, extrañamente renovó por un año más.
El
comienzo del semestre no fue el mejor: un empate y tres derrotas en el ámbito
local, sumados a la eliminación de la Copa Sudamericana en manos de Lanús,
hicieron que rápidamente Zubeldía armara sus valijas y se despidiera. La misma
dirigencia que treinta días antes le había insistido para que se quedase,
prácticamente lo obligó a renunciar. Incoherencia podría decirse. La decisión
de su reemplazante devino en Carlos Ischia. En el medio, el DT interino Fabio
Radaelli dejó un saldo de un punto sobre seis y puso la crisis deportiva al día con la
institucional. Ésta ya había detonado con la renuncia del manager Roberto Ayala
y la pelea del presidente Cogorno con el vice Molina. Y cuando el volcán
erosiona, la lava comienza a caer hacia abajo. Difícilmente un club que
políticamente no encuentra concordancia entre sus dirigentes pueda lograr
buenos resultados en el campo de juego.
El
clima es hostil, y los jugadores lo sienten. Los barras, identificados con el
presidente Cogorno, piden que sea Molina quien dé el portazo. Lo acusan de “golpista” por pedirle la renuncia al
actual mandatario y querer tomar él las riendas. El hincha genuino, cansado y
temeroso de que esta crisis desemboque en un futuro cercano similar al de
Independiente, reclama al grito de “qué se vayan todos” un llamado urgente a
elecciones para encaminar a la institución antes de que sea demasiado tarde.
El
lunes, entre visitas de la barra a una de las sedes del club y pintadas en el
estadio, Gastón Cogorno, cada vez más solo por alejamiento de varios de sus
aliados, anunció que pone su renuncia a disposición, e invitó a Molina a
imitarlo. No está dispuesto a perder la batalla contra su “compañero” de fórmula entregándole el
club. Si cae él, caen todos. Mientras tanto, La Academia arde, y sufre.
Ramiro Fossaceca.
