El funcionamiento defensivo de un equipo, es el funcionamiento defensivo de un equipo, no de la defensa exclusivamente. El desequilibrio, las desatenciones, las descoordinaciones defensivas, las rupturas que el rival produce o los espacios en nuestra estructura que éste sabe aprovechar y que se dan tanto por errores nuestros como por virtudes suyas, vienen gestándose, generalmente, mucho tiempo antes de que la pelota llegue al área que defendemos.
Si para analizar el fútbol nos apartáramos un instante del pensamiento clásico y, en vez fragmentar, intentáramos pensar que un equipo no es una serie de partes autónomas e independientes entre sí sino un todo complejo e interrelacionado que es mucho más que la suma de las partes, podríamos percibir que cada situación del juego, en el sentido más amplio de la expresión, viene determinada por la anterior. Por caso, desde esta perspectiva, la forma de defender está directamente relacionada con la forma de atacar, y viceversa; es decir, que según distribuya los componentes de mi equipo en ataque es que estarán acomodadas las piezas ante la posible pérdida de la pelota. Así, el funcionamiento de un equipo no es ni ofensivo ni defensivo, sino que deviene ofensivo-defensivo y defensivo-ofensivo, incluyendo en este circuito a las transiciones entre ambos estados, según el momento del juego que se esté desarrollando. Las partes se relacionan constantemente y, muchas veces, gana quien mejor y más rápido se acomoda a estos cambios.
Los primeros análisis posteriores al River - Boca del domingo pasado hicieron hincapié en los "errores defensivos" de los dos equipos, destacando las malas actuaciones de los centrales como si estos fueran el origen de todos los males. ¿Pero dónde se generaban los desequilibrios? ¿Por qué muchas veces la defensa de River se encontró con los delanteros de Boca mano a mano y con mucho espacio para correr? ¿Dónde empezaba a desequilibrar Boca para encontrar los espacios más adelante? Veamos.
En principio, para cortar el circuito de juego de Boca Gallardo decidió ubicar a D´alessandro por el medio para taparle la salida limpia a Gago; a Nacho Fernández y a Pity Martínez cerrados como interiores para vigilar a Bentancurt y a Pablo Pérez, respectivamente; y a Ponzio como mediocentro para encargarse de Tévez. Esto pensado para cuando River defendiera organizadamente; ahora, cuando tenía la pelota la historia era otra. La idea fue volcar el equipo hacia la derecha del ataque para juntar a los que mejor pueden asociarse en corto (D´alessandro, Fernández, Driussi, más Moreira) e intentar finalizar por el medio con Alario o por el lado opuesto, aprovechando la velocidad y la habilidad de Pity Martínez y las proyecciones de Olivera. Además, de esta forma, ante la pérdida de la pelota los componentes estarían agrupados alrededor de la misma -producto de estas asociaciones- y facilitarían su recuperación, evitando sufrir riegos en la transición defensiva. Aunque, justamente, fue éste uno de los problemas.
Cuando River perdía la pelota, Boca lograba descomprimir enseguida esa zona de presión activando rápidamente a Pavón con Tévez y Pérez; y River, que se encontraba volcado por completo sobre el otro lado porque apostaba todo a recuperar allí, se veía obligado a bascular defensivamente hacia su izquierda y en esa transición se desorganizaba. Es que esta basculación, que no siempre es ordenada -entre otras cosas porque los jugadores no son máquinas y no todos tienen las mismas características-, abría algunos huecos en el medio, sobre todo a espaldas de Pity Martínez que perdía de vista a Pérez y complicaba, junto con Tévez, a Ponzio que sufría el 2vs1. Allí se producían desajustes defensivos, porque ante esta situación ni los centrales achicaban hacia adelante, ni Nacho Fernández (interior por la derecha) cerraba para ofrecer ayuda defensiva por el centro.
Cuando River perdía la pelota, Boca lograba descomprimir enseguida esa zona de presión activando rápidamente a Pavón con Tévez y Pérez; y River, que se encontraba volcado por completo sobre el otro lado porque apostaba todo a recuperar allí, se veía obligado a bascular defensivamente hacia su izquierda y en esa transición se desorganizaba. Es que esta basculación, que no siempre es ordenada -entre otras cosas porque los jugadores no son máquinas y no todos tienen las mismas características-, abría algunos huecos en el medio, sobre todo a espaldas de Pity Martínez que perdía de vista a Pérez y complicaba, junto con Tévez, a Ponzio que sufría el 2vs1. Allí se producían desajustes defensivos, porque ante esta situación ni los centrales achicaban hacia adelante, ni Nacho Fernández (interior por la derecha) cerraba para ofrecer ayuda defensiva por el centro.
Otra situación específica relacionada con el funcionamiento defensivo pudo verse en la forma en que River quedaba parado cuando atacaba posicionalmente. Boca se hacía corto y estrecho para defenderse pero dejaba fijos los tres puntas arriba, queriendo imponer condiciones, y los de Gallardo asumían los riesgos lanzando en ofensiva a los dos laterales: uno para buscar profundidad y el otro para generar amplitud en ataque. Esto igualmente condicionaba a River, ya que Ponzio debía ejercer los relevos correspondientes, quedándose entre los centrales para no sufrir inferioridad numérica en el fondo, pero dejando vacía la zona de contención. Es decir, que River quedaba con mucha gente por delante de la pelota y, si bien había tres por detrás, estos permanecían a más de 30 metros de la jugada sostenidos por los delanteros rivales, abriendo una brecha muy grande en la estructura del equipo que daba tiempo y espacio al rival, no sólo para correr sino además para pensar y ejecutar.
Vale decir que, con algunos matices, en líneas generales el partido mantuvo esta tendencia -sobre todo en el PT- porque, si bien hay mérito y audacia en la decisión de GBS de dejar a los tres puntas descolgados, quien asumió un mayor protagonismo intentando adueñarse de la posesión de la pelota fue el equipo de Gallardo. Aunque igual de válida, la estrategia de Boca fue distinta: esperar que River perdiera la pelota en su zona fuerte para activar rápidamente a Tévez y a Pavón por el otro lado, explotando las espaldas de los interiores y los laterales (el izquierdo sobre todo) riverplatenses.
De todas formas, y más allá de las ilustraciones que acompañan la publicación, está claro que el funcionamiento defensivo de un equipo no es una foto sino que es totalmente dinámico y, como dijimos, viene determinado por el planteo y las formas del rival, por cómo se desarrolló el ataque previo a la pérdida de la pelota, dónde se perdió la misma y cómo estaban parados los componentes del equipo en ese momento. Quizá, si River hubiera podido desarrollar posesiones más largas habría tenido menores complicaciones en las transiciones defensivas, ya que la tenencia le da tiempo a las piezas para acomodarse y ocupar mejor los espacios. Pero el partido se desarrolló así, con ataques directos, contagiados por un contexto que invitaba a acelerar el ritmo y en donde los dos equipos eligieron asumir los riesgos que esto conlleva porque querían ganarlo.
Ramiro Fossaceca


