jueves, 26 de abril de 2012

"Pienso, luego juego"


Cientos de años atrás, un filósofo revolucionaba al mundo con su pensamiento: “Pienso, luego existo”. 
Seguramente se estarán preguntando qué tiene que ver esto con el blog  si hablamos de democracia futbolera, ¿no?  Es que hace unos días, otro pensador, más contemporáneo  él, logró movilizar la tranquilidad apática de un equipo con su filosofía futbolística: “Pienso, luego juego”.
Hablamos de Matías Jesús Almeyda, director técnico de River Plate, que tuvo que pensar y pensar para encontrar una teoría que lograse que esa constelación de estrellas que tiene en su plantel, bajara del pedestal divino donde creía estar y se situase en una realidad más terrenal, como lo es hoy, la Primera B Nacional.
Cierto es que son todos grandes jugadores, pero la actualidad marcaba que hasta aquí no habían sido más que destellos individuales. Por eso, éste sabio de la ciudad de Azul, decidió trastocar el sistema. Supo darle una vuelta de tuerca a este grupo, justo antes del partido más importante. El partido que lo podía alejar de la punta del torneo o podía encaminarlo por la senda que lo lleve directamente a primera división.
Sabía que el DT del rival no traicionaría su ideología que tantos buenos resultados le había traído. Venía puntero y con cuatro puntos de diferencia sobre su equipo. Con esa convicción trabajó toda la semana pensado en el sistema empleado por su adversario a lo largo del torneo y a partir de ahí construyó su modelo. Esto en River no había sucedido en 30 fechas, era el más grande de la categoría y parecía que los demás debían preocuparse por él. Pero ésta vez, el rival merecía respeto, un respeto especial. Así, Almeyda paró 3 defensores en el fondo, ellos debían encargarse de su mejor jugador, su “Joya” Paulo Dybala. En el medio, cuatro volantes, dos 5 que contengan, Cirigliano y Ponzio, y 2 carrileros, Maestrico y Sánchez. El primero con una vocación un poco más ofensiva, pero ambos debían jugarse un mano a mano hasta el final con los dos extremos rivales (otro de sus puntos altos). Y arriba juntó nuevamente a su tridente Domínguez, Cavenaghi y Trezeguet, pero ésta vez bien de punta, bien arriba presionando a la línea de 3 que proponía el puntero del campeonato. Esto obligó a que uno de los mediocampistas del equipo cordobés bajara para así poder formar una línea de 4 defensiva, ya que si no ésta presión generaría un mano a mano más que peligroso para la integridad física de su propio arco.
Allí Almeyda le creó un nuevo problema a su contrincante por supremacía numérica. Al tener un hombre más en el medio campo le robó la pelota y comenzó a moverla con libertad. Ahí entraban en acción los delanteros millonarios, moviéndose a las espaldas de los volantes contrarios, cuando éstos salían a presionar. Recibían a piacere, con espacios, de frente al arco generándoles intensos dolores de cabeza a los defensores.
Así se fue desarrollando el partido, con un River dominador  en el que en cada ataque daba la sensación de que algo peligroso podía suceder  y, más teniendo en cuenta que Instituto nunca intentó darle un giro a su timón desde el comando. El equipo de Almeyda justificó la victoria, aunque se hizo esperar hasta la mitad del segundo tiempo y vino de la mano del “Gran David” Trezeguet. 
De ésta manera finalizó el partido, lleno de vértigo y emociones que mantuvo en vilo a las más de 60 mil personas que se acercaron al Monumental ese día, y esto en parte se debió al interesante planteo que hizo el técnico de Nuñez.
Lejos está Matías Almeyda de ser un Filósofo Contemporáneo, ni tampoco su sistema táctico fue una filosofía, pero cuando lo comparamos con aquel pensador del siglo XVI es porque se animó a romper con la monotonía que venía mostrando este equipo y se permitió pensar distinto, se permitió dudar de lo que venía haciendo y tuvo su rédito, ganó el partido que había que ganar con total autoridad. Por eso, después de casi 10 meses, creo que el domingo, este joven pensador apenas retirado de su etapa como jugador, se recibió de Director Técnico con diploma de honor.


                                                                                                      Ramiro Fossaceca

lunes, 16 de abril de 2012

El Manual del Nueve


Las experiencias de los últimos años marcan que cuando un jugador vuelve de Europa ya no es el mismo. Es sólo un recuerdo de aquel que desparramaba rivales o quemaba nuestras redes argentinas. Viene con su nombre como gran cartel de presentación y eso siempre genera ilusiones, pero, muchas veces, nos encontramos con que sólo queda eso, el nombre. Por ello, cuando se anuncia el retorno de alguno de éstos ídolos, el hincha se permite el beneficio de la duda y comienzan los prejuicios.
Esto muy probablemente sucedió cuando se confirmó la llegada del francés David Trezeguet al club River Plate.  Él, que casi no había tenido tiempo para demostrar su capacidad en nuestro país, regresaba para jugar en uno de los clubes más grandes, que hoy en día pasa por uno de sus momentos más dolorosos: la segunda categoría.
Nadie dudaba de sus logros, ni de sus mas de 20 años en Europa, ni de sus cualidades goleadoras, pero la realidad marcaba que hacía más de un año que no tenía continuidad futbolística y a su edad, eso podía pasarle factura.
Sin embargo, todas estas palabras tuvieron que guadarse solitas en alguna parte. El delantero regresó en gran nivel y lo demuestra día tras día, partido tras partido. No solamente está pagando con goles su contratación, sino que además le está dando un baño de humildad a muchos…
Con su extenso curriculum a cuestas y un promedio de gol escalofriante desde que pisó suelo argentino, no se le cae ni un anillo de los que seguramente tiene, si por decisión suya el DT decide sentarlo junto a él durante un partido, ni  tampoco acusa molestia alguna si debe viajar cientos de kilómetros para enfrentar al desconocido Sportivo Belgrano de San Francisco. Él, justamente él, que enfrentó a los equipos más poderosos del mundo. Sabe que debe ser ejemplo para los más jóvenes y lo ejecuta al pie de la letra.
Además de su modestia y sencillez, el francés también es un libro abierto para los centro-delanteros venideros. Viene con la escuela del fútbol europeo encima, donde se tiene bien en claro que es lo que se pretende del 9 di la squadra. Juega del vértice al vértice del área. Se puede tirar unos metros hacia atrás para buscar la pelota pero no se complica jamás con ella en los pies. Conoce muy bien lo que puede dar y sus limitaciones. Sabe que su hábitat es el corazón del área. Por eso apenas recibe, abre bien la cancha y rápidamente va en busca del punto del penal, donde allí espera ya perfilado para definir con velocidad. No es un dato menor que de todos los goles que marcó desde su arribo, la mayoría hayan sido a un toque. Tiene la capacidad de poder aguardar el pase con la mirada puesta en el arco y así perder el menor tiempo posible para terminar la jugada, sorprendiendo al arquero que esperará su ejecución con orgullo.
Sin embargo, no logra convencer a Almeyda de que el único indispensable debe ser él. Probablemente entren en juego otras cosas en la consideración del DT a la hora de tomar una decisión. Lo que queda más que claro es, que cada vez que le toca jugar, el francés pone en práctica todo lo aprendido en su larga trayectoria primermundista, llena el campo de conceptos futbolísticos y se empapa de aplausos que bajan desde las tribunas riverplatenses. Sin dudas, que juegue o no, hoy, es anecdótico, ya que con solo verlo desfilar por el verde césped demuestra que todavía está para grandes cosas.
Por eso, más allá de que todavía no haya podido ganarse ese lugar tan deseado entre los once iniciales, si lo ha hecho con el corazón de la gente, que lo ovaciona cada vez que juega y lo pide a gritos desesperados cuando espera sentado al costado del campo.
Indudablemente éste gran jugador bañado en humildad y talento ha sabido cambiar prejuicios y dudas, por respeto y admiración.

                                                                                                                                           Ramiro Fossaceca
                                                                                                                                          

                                                                                                                                     







lunes, 2 de abril de 2012

Cuando se intenta jugar

Se dice que por estos tiempos que corren cuesta encontrar en el fútbol argentino partidos que deslumbren, que nos hagan sentir que vale la pena gastar el "mango" que tanto cuesta para pagar una entrada, que tengan al público expectante durante los 90 minutos...
Generalmente, los esquemas tácticos con cierto grado de mezquindad atentan contra el juego vistoso y de calidad que solía verse en otros tiempos. Hoy por hoy, los entrenadores tienen prioridades distintas a las del espectador o simple hincha de fútbol. Se juega esperando el error del rival y así poder llevarse a casa los tres puntos tan deseados y aliviadores que traerán consigo una semana más de trabajo tranquilo para el cuerpo técnico, jugadores y dirigentes.
Inisualmente encontramos  un partido en donde los dos DT´s estén decididos a asumir riesgos. Donde prevalezca la pelota al piso, el pase al pie, donde no haya que dividirla para que se las arregle el centro delantero de turno o replegarse en el fondo para esperar que el rival haga todo el desgaste y salir rapidamente de contra.
Sin embargo, todavía hay quienes intentan imponer un estilo de buen juego y un claro ejemplo son el Argentinos Jrs de Leo Astrada y el Tigre del "Vasco" Arrubarrena.
Estos se enfrentaron el sábado a la noche por la 8va. fecha del Clausura 2012 y no defraudaron. Argentinos: pases cortos, al compañero y explosión por afuera. Tigre, por su parte, apostaba al juego asociado pero terminaba con pases filtrantes por el medio y chocaba.
Mejor le fue al "Bicho" que se encontró a los pocos minutos con un golazo de Bordagaray y a partir de ahí se vio su mejor versión. Con confianza y espacios hizo lo que quiso, algo que no había podido demostrar la fecha anterior con Estudiantes, ya que éste le había cerrado todos los caminos. Así llegó el segundo gol, también en los pies del mismo delantero y así podrían haber llegado más. Tigre con sus máximos exponentes en plena sensación de fastidio equivocaba la senda, estaba perdido, pero, tozudamente, no dejaba de intentarlo.
En el segundo tiempo los de Astrada se replegaron; ahora si servía la tan criticada estrategia mezquina. Estaba cómodo con el 2-0 a favor y debía esperar que el rival hiciera el desgaste para poder salir rápido de contra y liquidarlo. Sin embargo, Tigre comenzó a llevarselo por delante, arrinconadoló como a un boxeador a punto del knot out y encontró el descuento por el "Chino" Luna. El partido continuó con la misma tónica y pudo haberlo empatado porque lo siguió buscando con volúmen de juego y fundamentos. Pero no hubiese sido justo, sobre todo por lo que Argentinos había demostrado en los primeros 45 minutos.
Más allá de todo, lo que no podemos negar es que los técnicos asumieron los riesgos y protagonizaron un vistoso y emotivo partido, de los mejores que se han visto hasta el momento en éste torneo.
Gracias a Dios todavía existen idealistas del buen juego y nos regalan, de vez en cuando, lindos espectáculos que nos hacen disfrutar de lo que tanto nos gusta...
Pero eso sólo pasa, cuando se intenta jugar...

                                                                                                           
                                                                                                             Ramiro Fossaceca