miércoles, 18 de marzo de 2015

La defensa es el ataque y el ataque es la defensa


     “Defendemos mal, porque atacamos mal”, expresó criteriosamente Marcelo Gallardo luego del partido del lunes, en el que su equipo empató 3 a 3 frente al Arsenal de Martin Palermo y confirmó el extraño momento que vive hoy.

     A simple vista y con una mirada característica y mundana se podría considerar que la frase del DT es un tanto demagógica, para resguardar a sus defensores del afilado bisturí mediático (bisturí no porque busque profundidad sino más bien dolor). Pero si nos encausamos en un buceo analítico de la frase, si intentamos de-construirla con el propósito de dilucidar cómo está funcionando hoy su equipo en materia ofensiva -y por lo tanto defensiva-, quizás podamos descubrir algunos motivos que justifiquen sus dichos; no porque en principio no suenen verosímiles sino porque tampoco existió tras ellos una explicación que los avalara y dejara avizorados sus porqués para el entendimiento común.

     Es notorio que River no es el mismo de las primeras fechas del Torneo pasado. Su funcionamiento ha mutado a un nivel estético inferior, aunque ha sabido, al menos y hasta el momento, mantener una identidad colectiva que lo salvaguarda. Todos sabemos qué intenta hacer Gallardo con los suyos, independientemente de si eso termina de materializarse el día de la competencia o no; si se capitaliza. Sin embargo, para analizar la frase que citamos en el primer párrafo de esta nota, debemos hacer hincapié en las cosas que no le están saliendo al equipo y que fueron, justamente, las que lo llevaron a forjar esa identidad que hoy mantiene sólo por cuestiones de jerarquía técnica y no táctica.

     Veamos: ¿Qué hacía River antes en posesión de la pelota? La idea de Gallardo era nítida. En el inicio de la jugada (salida desde el arco) abría paralelamente a los dos centrales fuera del área grande y a la altura del área chica; adelantaba a los laterales (Mercado y Vangioni) casi hasta la mitad de cancha y hacía retroceder al mediocentro (Kranevitter) a la medialuna en busca de la salida prolija (como el Newells de Martino). De esa manera obtenía varias opciones de pase que ayudarían a evitar –en caso de que existiera- la presión alta del rival. Esa salida desde abajo, que rompía con la primera línea de presión, generaba un desequilibrio en el rival que le permitía, con mucha movilidad de los interiores y el enganche (Rojas, Sánchez y Pisculichi) buscar asociaciones cortas por el eje del campo, para producir allí un amontonamiento y así terminar las jugadas por las bandas, generando superioridad numérica con el lateral, el interior de ese lado y uno de los puntas. Un funcionamiento complejo que sólo podía funcionar a través de una posesión precisa y, sobre todo, una movilidad revulsiva, que generara sorpresa y confusión en los rivales. Todo esto poniendo al equipo entero en rodeo ajeno, achicando espacios para prevenir una posible pérdida del balón. Ahora, cuando recuperaba la pelota en campo contrario, el ataque era directo; si no, era más posicional y apostaba a la circulación.

     Eso con la pelota, ¿y sin la pelota?: Tras la pérdida River aprovechaba su posicionamiento ofensivo, su manera de atacar, la criteriosa ocupación de espacios en el campo rival para presionar con toda su gente la zona de la pelota y no ofrecerle posibilidades de lanzamiento al portador, ya que un posible pase largo o que despejara la zona poblada desequilibraría a un equipo totalmente adelantado. Un trabajo que duraba aproximadamente entre 5 o 6 segundos a máxima intensidad y que en el caso de no consumar la recuperación inmediata de la pelota servía para temporizar  (darle tiempo al equipo para la reorganización defensiva). Ése era el riesgo asumido, pero para llevarlo a cabo, Gallardo necesitaba de una concentración extrema de sus jugadores, de un compromiso que significaba, tras perder la pelota, cambiar súbitamente el chip y pasar del ataque a la mentalidad defensiva: transición ataque-defensa.

     Esto hoy River no lo hace en ninguna de las situaciones del juego. Indudablemente la exigencia es desgastante y, probablemente, la superpoblación de partidos no le permita al DT trabajar en la creación de hábitos para que éstos puedan volverse inconscientes. Lo inconsciente ocupa menos lugar que lo consciente, u ocupa el mismo pero no le da trabajo a la razón porque no la utiliza y así se logra ahorrar tiempo y espacio para la ejecución.

     Hoy River duda. El equipo intenta con la pelota, pero ni Vangioni ni Mercado llegan con el mismo convencimiento. Tampoco Pisculichi y Rojas parecen estar en su mejor nivel y ni hablar de Teo Gutiérrez, quien no sólo se encargaba de capitalizar en la zona caliente sino además era un eslabón importante en esa presión de la que hablamos. Porque tras la pérdida el bloque ya no ataca, se dispersa y llega tarde a presionar, permitiéndole al rival sacar el pelotazo largo a espaldas de los defensores o bien limpiar la zona poblada hacia la zona débil y encontrar espacios para encarar a una defensa que queda mano a mano contra el aluvión rival de frente. Un River quebrado que se desordena en ataque y queda partido para defender, no solamente por distracciones de sus defensores sino por fallas en la organización ofensiva que no le permiten presionar como su técnico pretende.

     La autocrítica de Gallardo es positiva porque es importante reconocer el error en el funcionamiento para saber dónde se debe trabajar. Ahora habrá que ver si el poco tiempo que le brinda el calendario se lo permite y si los jugadores están dispuestos a volver a responderle. Los jugadores argentinos se cansan, no asimilan la táctica y la creación de hábitos los aburre. Por eso la capacidad del DT será indispensable: hay que volver a motivar a un equipo que, si bien este año renovó sus objetivos, parece haber olvidado que para defender bien hay que atacar mejor; teniendo en cuenta que el ataque empieza cuando pierdo la pelota.



Ramiro Fossaceca

miércoles, 4 de marzo de 2015

Las modas no mueven el mundo


     Se dice que el fútbol se mueve por modas. Y aunque en principio la frase me parezca acertada, siento que moda suena a superficialidad, a banalidad, y es eso, justamente, lo que creo que las ideas futbolísticas no tienen. Tal vez  el término paradigmas se ajuste más, ya que estos son los que vienen a romper con lo establecido y se mantienen; las modas, aunque vuelven, son efímeras.

     El fútbol convive diariamente con distintos dogmas, que van volviéndose tendencia según sea el contexto histórico que lo envuelve. Está cargado de ideologías, de fundamentalismos, pero que para demostrarlos y poder convencer a las masas futboleras hacen falta trabajo y, lamentablemente, resultados. Sí, resultados. Trabajo y resultados. Porque es cierto que los paradigmas los rompen las ideas revolucionarias, esas que llegan para reemplazar a las que, en otros momentos y contextos, lograron instalarse como verdades absolutas, pero lo hacen necesariamente de la mano de las estadísticas favorables. Sin ellas, las vísperas detienen las revoluciones y no hay superación posible; y así, los más románticos sufren la nostalgia de no haber podido ver sus pensamientos reinar y los conservadores de turno blindan los suyos hasta nuevo aviso ante el fallido progresista.

     Estas construcciones que viven luchando por el sentido de las cosas hoy parecen estar en pleno proceso de superación. Hay un paradigma que viene rompiéndose desde la irrupción del Barcelona de Guardiola, que tuvo su correlato en el último Mundial de Brasil y aquí, en Argentina, ha mostrado signos embrionarios en el torneo pasado: es la nueva moda. Los principios desde los cuales el fútbol empieza a concebirse se encuentran en una dialéctica que viene dejando atrás esa noción en la cual todo parte de la seguridad defensiva y está dándole paso a la concepción del juego como un todo complejo. El fútbol como un todo, compuesto por cuatro pasajes temporales que no pueden desprenderse entre sí: el ataque, la defensa y las transiciones ataque-defensa (momento en el que se pierde la posesión de la pelota) y defensa-ataque (momento en el que se recupera). Una concepción integradora que lejos de fragmentar el juego lo aúna para poder entenderlo como la interacción de todos los componentes que lo conforman y, desde allí, lo están haciendo evolucionar.

     Es en este marco que hoy ha resurgido el clásico debate sobre el jugar bien y qué es lo que realmente eso significa, sin encontrar, por supuesto, la verdadera respuesta a la cuestión. Porque lo importante no es la idea en sí misma, sino las ideas, que haya muchas y se mantengan en continuo movimiento para seguir creciendo y superándose.

     Así funciona el mundo: nada es exclusivamente del fútbol, porque el fútbol es la vida aplicada al fútbol; es la historia misma la que lo lleva de su mano. Son contextos, es nuestra cultura y su evolución, nuestra experiencia, nuestra manera de ver las cosas, nuestra interacción con los demás, nuestro estilo de vida lo que trasladaremos a él para jugarlo, para entrenarlo y hasta para analizarlo. A lo sumo, será la interacción constante con él la que nos hará crecer juntos, retroalimentándonos. Pero él no nació sin nosotros, por lo cual sólo nosotros somos los que podemos cambiarlo o mantenerlo, según el momento y lo que queramos de y para él.

     Pero para eso necesitamos que los paradigmas no cambien sólo por motivación de los resultados, sino por las ideas que puedan generarlos. Los procesos, los caminos, el trayecto hacia ellos son los que deben generar en nosotros la motivación de un cambio posible; debemos disfrutar de esa parte que estamos suprimiendo, esa que en tiempos de híper-dinamismo nos queremos ahorrar, sintetizando todo en el resultado inmediato sin que subyazca nada.

     Los grandes relatos han perdido terreno y la incertidumbre crece como la única certeza. Ya no hay verdades absolutas, pero sí verdades que nos identifican y allí es donde debemos encontrar el placer por este juego: en nuestras convicciones reflejadas en una cancha de fútbol. La posibilidad de cambiarlas estará siempre presente, porque éstas pueden superarse y superarnos, pero lo importante es que estén dentro nuestro, que podamos sentirlas propias. Esa es la esencia, la única realidad. El resultado debe ser sólo la consecuencia de algo y no morir en sí mismo, si no, ¿qué sentido tiene todo?  Pero para eso tenemos que volver a respetarlas, a creer en ellas y destronar al resultado del sillón de la Verdad; que sólo sea la parte final, la consecuencia. Porque no somos lo que tenemos, sino cómo intentamos conseguirlo.



Ramiro Fossaceca