viernes, 29 de junio de 2012

Por amor a River


Años de malas campañas arrastraron a River a jugar por primera vez en su historia en la segunda categoría del fútbol argentino. En ese tiempo, muchos fueron los jugadores que inundaron sus bocas de frases y promesas que anunciaban sus deseos de volver al club que los vio nacer. Pero la realidad marca que, cuando en la balanza de las decisiones se pone encima la cuenta bancaria, los sentimientos pesan solo unos pocos gramos comparados con las toneladas de euros que brinda Europa, y allí, el corazón pierde varios puntos en la tabla de prioridades.
Si se tiene en cuenta que la carrera del futbolista profesional es demasiado corta, probablemente, se encuentren motivos más que suficientes que justifiquen retrasar el retorno.  Lo refutable entonces, no es su voluntad final, sino su coqueteo constante con la vuelta, la histeria de decir blanco y hacer negro, el empalagar los oídos de la gente con falsas ilusiones; en fin, quedarse en lo abstracto y que lo concreto siga siendo el tamaño de sus bolsillos.
Algunos atribuyen la elección a la tranquila vida europea, adjudicándole las culpas a las diferencias sociales entre continentes, otros priorizan sus carreras deportivas y el común denominador sufre el pánico de perder la idolatría conseguida en épocas de gloria riverplatense. Lo injustificable son las revueltas de humo generadas solo para mantener vigente ese amor del hincha, sabiendo a primeras que no está en sus mentes, todavía, la idea de vestirse otra vez con la banda roja.
Por eso, después de aquel inolvidable 26 de junio del 2011, cuando la pesadilla del descenso despertó a todos aunque pocos parecían darse cuenta, empezaron a sonar las primeras campanas que anunciaban las caridades de siempre.
Los mismos presagios que solían escucharse cada fin de temporada sucumbieron nuevamente al Monumental. Sí, aquellas promesas repetidas, tan comunes como grafitis callejeros, volvían a escribirse por el barrio de Nuñez. Sin embargo, a pesar de las incredulidades, esas viejas hipótesis redundantes lograron fundirse con la realidad. Fernando Cavenaghi y Alejandro Domínguez, campeones en épocas doradas, decidieron resignar lo que otros no estuvieron dispuestos y dijeron presente en el peor momento de la historia millonaria.
Ya con la 9 y la 10 en sus respectivos dorsos, ambos mostraron vaivenes en el rendimiento, sufriendo una especie de ciclotimia futbolística. Al inicio, lograron reciclar recuerdos de paladares negros, aunque luego parecieron ponerse a tono con el triste fútbol argentino reinante. Quizás, el arribo de otra gran figura como David Trezeguet, que deslumbró con sus goles la segunda parte del año, fue consumiendo aquellas fantasías hasta hacerlas desaparecer. A pesar de esto, siempre enfrentaron las críticas que propone el mundo River poniendo el pecho, dentro y fuera del campo, hasta el último día. Jamás acusaron lesiones, ni siquiera retrocedieron treinta metros para mostrarse lejos de las responsabilidades que provoca el área. Supieron decodificar el rol que les exigía el plantel,  cargando el equipo en sus hombros con perseverancia, tozudez y arrojo.
Hoy, con el campeonato guardado en caja fuerte, no podrán disfrutar del objetivo conseguido más allá del festejo. Es que el fútbol, que no entiende de gratitudes, los despojará de la oportunidad de jugar en primera con la camiseta por la cual desistieron de todo.
Más allá del sabor amargo del desenlace, estoy convencido de que el hincha genuino estará toda su vida agradecido y los llevará en su corazón a lo largo de la historia.
Gracias a los dos por haber vuelto y por haber conducido a River al lugar que jamás debió abandonar, hasta pronto…


                                                                                                        Ramiro Fossaceca

viernes, 22 de junio de 2012

Juegos Olímpicos

El 27 de Julio en Londres se reunirán miles de atletas en un nuevo encuentro olímpico. Allí, disputarán su honor queriendo escalar algún peldaño en ese medallero tan deseado.
En las próximas líneas, Democracia Futbolera brindará un pequeño homenaje a la esencia de los Juegos y al espíritu de sus deportistas que, durante quince días, sudarán hasta la última gota de dignidad por el sueño que persiguieron toda su vida.

"Deporte y Honor"
Estamos en vísperas de un nuevo Juego Olímpico. Cada día, cada hora que pasa acorta más la brecha entre la espera y la tan ansiada entrada de la antorcha olímpica al estadio. Es tanta la magnitud que alcanzan los Juegos, que  meses antes  esta antorcha  comienza  su recorrido previo llevando el fuego sagrado hacia los distintos rincones del mundo.  
Esta llama que simboliza la pureza, la justicia y la paz entre naciones, anda recorriendo hemisferios, uniendo los cinco continentes en una causa común y honrada, hasta por fin, terminar su camino en Londres el 27 de Julio.
Allí, miles de atletas de distintos países y distintas culturas estarán compitiendo en diversas disciplinas pero con un mismo objetivo, competir.  Porque más allá de las medallas y las coronas de olivo –único premio en la antigüedad-, sumados a los intereses económicos que tanto influyen en este mundo moderno, está presente en ellos el espíritu de la deportividad.  
El atleta connota con claridad la esencia de este antiguo encuentro cuando busca con orgullo y desesperación llegar lo más lejos posible en su propia carrera, superándose a sí mismo, batiendo sus propios records y rindiéndole homenaje a la pasión por la cual dedicó su vida entera. Esa actitud demuestra el verdadero significado de los Juegos Olímpicos. Si no, citemos al barón Pierre de Coubertin, motivador y gestor de los juegos modernos, que al organizarlos allá a fines del 1800 diría: “Lo importante no es ganar, sino participar…no es vencer, sino luchar bien” y  en esas palabras entenderán de qué se trata esto. Ése, es el motivo de esta celebración mundial, luchar por un objetivo moral y no material.
Seguramente, en el camino habrá estrellas con destino dorado, pero este Juego ofrece oportunidades para todos. Cuando uno es capaz de superar sus limitaciones y las metas impuestas por uno mismo, sin duda ha ganado, y esa es la mejor medalla que puede colgarse un deportista.
De todas maneras, cabe recordar que, más allá de la magia que los envuelve, históricamente, los Juegos se han visto envueltos en diversos conflictos, que no mancharon su buen  nombre, pero si los salpicaron. La realización de las guerras mundiales hizo que el deporte pasara a segundo plano provisoriamente. Además, boicots políticos entre países con ideologías dispares privaron  al mundo de los mejores deportistas. El capitalismo y el socialismo no quisieron mezclarse y vetaron a sus atletas dejándolos sin participación en sus distintas sedes.  Por otra parte, protestas sociales  han llegado a terminar en tragedias, como el atentado palestino a los israelíes en Múnich 1976. Sin embargo,  en sus más de cien años de vida desde su establecimiento en 1896, el deporte y la sana competencia que proponen los JJ.OO han sobrevivido y se han perpetuado en el tiempo. Hoy, en el año 2012 en el mes de Julio se celebrará su  edición número 30 en  la ciudad de Londres, quien se dará el lujo de ser anfitriona del mundo por tercera vez.
Todo esto enarbola la antorcha olímpica y la lleva hacia lo más alto, no sólo en el plano deportivo, sino también en lo social. Y aunque algunos modernos piensen más en records monetarios y corran la maratón de los intereses económicos, la finalidad del deporte olímpico y sus añejos pensadores ha sido siempre la misma, unir al ser humano fomentando la deportividad y el respeto hacia el prójimo, y eso, hasta el día de hoy se ha mantenido.
                                                                                                                                            

                                                                                                             Ramiro Fossaceca

viernes, 1 de junio de 2012

El Romántico

Más allá del campeonato obtenido a fines del año pasado y de sus triunfos permanentes en diversas competiciones, el estilo del Boca de Falcioni siempre ha sido criticado por los consumidores del fútbol argentino. Es que este equipo austero, especulador, ahorrista del buen juego, muchas veces termina siendo aburrido para los exigentes catadores que somos los futboleros.
El DT apuesta todo a la solidez defensiva y al compromiso de cada uno de sus jugadores para ocupar espacios sobre el terreno. Cede el protagonismo sin importar la talla del rival y cuando recupera la pelota deja todo librado a las genialidades de un sólo hombre, Juan Román Riquelme.
Dueño y señor del equipo, mueve a Boca al ritmo de su música y al compás de sus pases, es el encargado de los tiempos y las pausas. En los ataques, sabe cuando hay que mover rápido el balón y cuando debe perpetuarlo en sus pies por un largo rato. La maneja de acá para allá, con criterio y paciencia, hasta que por fin encuentra la ranura exacta. Esa ranura donde sólo él tiene la llave para hacer pasar una número 5 y así, poner el pase filtrante que dejará despatarrados a los defensores y a sus delanteros mano a mano con el gol.
Tiene una virtud que lo distingue del resto: su cabeza juega un paso delante de la imaginación convencional. Juega tan bien con la pelota, como sin ella. Observa el contexto, aquello que pasa a su alrededor, movimientos de propios y extraños, y al recibirla, sabe con exactitud lo que tiene que hacer. No sólo a quién dirigirá el pase que parta desde sus pies, sino también cual será la mejor opción para su compañero.
De esa forma va ganando el tiempo que muchos creen que pierde.
Es tanta la dependencia que genera su presencia, que diría que hay veces que el equipo llega a desperdiciar situaciones de gol, solamente, para que primero pase por su guante derecho, como si no tuviera el mismo valor si el romántico no la toca.
Además de estratega, Riquelme, funciona de pulmón para el equipo, le da esa bocanada de aire tan necesaria en momentos de asfixia. Cuando Boca no encuentre salida, él con sus mañas coserá los gajos a sus cordones y creará en el ambiente una mágica sensación que pocos pueden generar, hará que parezca imposible poder extirpársela, como si fuese enteramente suya, una parte de su cuerpo, y allí, sus compañeros encontrarán el respiro perdido.
J.R ha vuelto a mostrar un nivel digno de Selección Argentina. Dejó atrás dos largos años de lesiones y bajos rendimientos y recuperó su mejor forma. Así, se transformó en un indispensable para Julio César Falcioni, que al llegar al club no lo tenía entre sus predilectos. Pero en este fútbol moderno, donde abunda la mezquindad táctica y escasean fantasistas, donde los que saben quedan últimos a la hora del pan y queso de los DT´s, el 10 demuestra que la fantasía también puede ser eficaz, cargándose en la mochila un equipo, que por sus formas, poco lo ayuda.
Por eso, domingo a domingo bendice a sus devotos en la misa futbolera y los provee de fe para creer que el fútbol no está condenado a la mediocridad.
Román está "felí" y el pueblo lo disfruta.

                                                                                                  

                                                                                                     Ramiro Fossaceca