miércoles, 1 de julio de 2015

Messi es Amor

     

     Pensaba en la espléndida demostración de fútbol que brindó la Selección anoche y en cómo de una misma situación todos podemos reparar en cosas diferentes. Pensaba en el fútbol y en cómo se desprenden de él, de cada una de las partículas que lo producen y reproducen, miradas disímiles. En cómo el concepto de Belleza o el de Estética se involucran tanto con el juego que llegan deformarse por la dependencia que la efectividad les exige para ser considerados como tales. Pareciera que no hay belleza sin resultado, y con el resultado estos dos conceptos pueden moverse por diferentes parámetros y valores, donde muy probablemente nunca nadie podrá ponerse de acuerdo. Pensaba en los fanatismos, los personalismos, en los fundamentalismos… pensaba en el Amor y en el Odio, y en cómo consciente o inconscientemente todos podemos inclinar nuestra balanza si una de estas dos sensaciones nos aborda y nos desborda, prohibiéndonos del propio justo medio. Y, en el caso del Odio, privándonos, además, del goce.

     Y es que en realidad pensaba en Messi y empecé a dudar si, al fin y al cabo, ese reduccionismo sobre el que históricamente se han parado los oportunistas de la infelicidad, esos que aseguran que en el Barsa no juega como en la Selección, no haya terminado surtiendo efecto. No porque Messi esté jugando esta Copa América por debajo de su nivel -muy por el contrario da la sensación de ser un futbolista cada vez más total- sino por el incómodo momento que le está tocando vivir con el arco rival.

     Messi hace todo bien, y más; pero en última instancia falla. Con la circunstancia con que a diario mejor convive, hoy está atravesando una crisis. Y ahí es donde creo que la histórica presión ejercida sobre él está manifestándose. Lo está afectando, no en el juego sino en el área. Se lo nota desconfiado, inseguro al punto de ser él mismo quien luego del partido con Colombia haya sentido la necesidad de salir a declarar que le costaba hacer goles en la Selección. Y es que la desconfianza dentro del área paraliza, no sólo porque cancela la posibilidad de discernir la mejor entre las posibilidades, sino porque directamente las obtura. El miedo no deja pensar. El miedo sólo brinda la posibilidad de lo fácil, y lo fácil, lamentablemente, no siempre es la mejor opción. Con confianza, en cambio, el panorama es totalmente distinto: las posibilidades se multiplican y los riesgos se asumen con naturalidad.

     Quizás, hoy esos oportunistas estén regodeándose, sintiendo que en el fondo siguen ganando. Pero no los culpo, están todavía dormidos. Sobreviven en el fondo de la caverna, se aferran a esa oscuridad y niegan al sol. El resentimiento los ha llevado a una ceguera tal, que hasta cuando lo bello se les pasea por delante termina lastimándoles los ojos, y encuentran la felicidad, únicamente, en el repudio y la indignación. Es una lástima que prefieran lo malo por sobre lo bueno, la queja por sobre el goce. Siguen sin entender nada, sin darse cuenta todavía de que, muy a pesar suyo, a Messi ya no le hacen falta los goles. Ya no. Messi es Estética, Messi es Belleza, Messi es Amor.



Ramiro Fossaceca

jueves, 18 de junio de 2015

“Un equipo es él y sus circunstancias”


     El análisis podría ser el mismo. O al menos similar. Es más, si no fuera por lo diverso del resultado, diría que Argentina jugó un partido prácticamente idéntico al primero. Otra vez se encontró con un rival dispuesto a proponer lo mismo que había propuesto Paraguay y otra vez el equipo falló bajo la misma circunstancia: la fase defensiva cuando el juego y sus accidentes le exigen otra interpretación del partido.

     “El hombre es él y sus circunstancias”, dijo alguna vez el filósofo español Ortega y Gasset. Sentencia que podríamos trasladar tranquilamente al fútbol, ya que un equipo, por más firmeza con que sostenga sus ideales, está invariablemente sometido al devenir del juego. Lo que intento decir es que somos lo que el contexto nos permite ser, y un equipo de fútbol no puede aislarse de lo que el partido le propone. Entonces, cuando el contexto no es favorable, cuando los accidentes del juego obligan a cambiar el rol que uno se propuso y tuvo o pudo llevar gran parte de él, debe saber adaptarse para no sufrir con la pérdida del equilibrio que esto puede generarle.

     Es en esta adaptación donde Argentina está fallando: con Paraguay no supo leer lo que el partido le iba escribiendo con el correr de los minutos, y anoche, si bien pudo interpretarlo mejor, no supo decidir bien la opción: cómo defenderse con la ventaja del resultado. Aquí la cuestión pasa por si, una vez conseguido el gol, me repliego y resigno la pelota o apuesto a la tenencia para mantener el control desde la conservación disminuyendo el vértigo. Pero eso es conveniente tenerlo claro desde el principio.

     A diferencia del partido con Paraguay esta vez Argentina se replegó e intentó no tentarse con los espacios que se abrían, sin embargo tampoco supo defenderse. Si bien los cambios de Martino mandaron otro mensaje a sus jugadores con respecto a los que hizo el pasado sábado, el control volvió a perderse. Porque que Uruguay no haya convertido (tranquilamente podría haberlo hecho) tuvo más que ver con cuestiones del azar y las buenas intervenciones de Romero que por méritos defensivos. Mantener el cero o aguantar un resultado no implica necesariamente efectividad defensiva, ya que ésta en la gran mayoría de los casos, suele ser relativa.

     Hay que ser consciente de que en un partido pueden convivir varios partidos. Los imponderables forman parte del juego y van incidiendo notablemente en el devenir de cada uno de los momentos que lo conforman. La estrategia consta de intentar llevarlo para el lugar que más me conviene a mí: que lo que yo propongo pueda torcer lo que el rival me tenía o tiene preparado. El objetivo es frustrarlo, no dejarlo adaptar, que permanezca incómodo. Lo que también está claro es que, en el caso de lograrlo, es muy difícil que esto pueda ejercerse durante los noventa minutos que dura el juego, porque, como dijimos, el partido son momentos, fragmentos, situaciones que, junto con el azar, van sucediéndose determinados por los anteriores. Por eso, cuando las circunstancias (como puede ser conseguir la ventaja después de 70 minutos de juego monótono) me exigen cambiar, soy yo el que debo adaptarme para no perder el control. Si la idea es la tenencia, que sea esa entonces la forma de defenderme. Pero no puedo ser ambiguo, porque si no quedo en evidencia. No puedo un día intercambiar golpes y al otro día replegarme, porque pongo de manifiesto mi debilidad. Por eso primero debo tener claro cómo voy a defender una ventaja y luego, fundamentalmente, aprender a hacerlo.

     Argentina es un equipo armado para la tenencia. La pelota es quien la ordena, porque ataca y defiende con ella. Su táctica defensiva es con el elemento en los pies. Pero es tal la devoción por las alternativas ofensivas que cuando por fin  la ventaja aparece y las grietas comienzan a abrirse, se tienta con ellas porque las características de sus jugadores exigen gol y sin la pelota no saben jugar. El fútbol sin arcos también es posible, sólo hay que saber tenerlo como opción.


     Es natural que en un equipo colmado de técnica y gol, el jugador se relama cuando encuentra comodidades, pero es tarea del entrenador mostrarle qué es lo ideal para cada momento. El jugador debe saber cómo va a defender el equipo cuando el partido invierta roles y el control deba ejercerse desde otra perspectiva. El control del partido debe ser siempre la prioridad. Y aquí, Martino, pareciera estar dudando.


Ramiro Fossaceca

miércoles, 1 de abril de 2015

Mancuello: El irrefutable



     Es indudable que Mancuello es hoy la figura de Independiente, no estoy descubriendo nada. ¿Pero lo es al punto de ser un insustituible? ¿Es un jugador tan importante para el funcionamiento colectivo –aclaro: FUNCIONAMIENTO COLECTIVO, NO PERSONAL- del equipo de Almirón o sólo nos detenemos en el resultado de sus decisiones, en sus goles, para analizar su influencia? ¿Es Mancuello quien hace jugar al equipo, es al revés o son las dos cosas quienes interactúan para lograr la mejor versión de ambos? ¿Cuánto tiene que ver Almirón en todo esto?

     No hay hasta aquí juicio alguno hacia Mancuello, ni a favor ni en contra; sólo cuestionamientos que intentan hacernos reflexionar, pensar en cuánto tienen que ver las consecuencias positivas que surgen de las decisiones del jugador en la idea que más tarde nos hacemos sobre su implicancia en el equipo. No sólo los hinchas –del cual nadie espera un análisis racional- sino algunos analistas que, justamente, al analizar lo hacen basándose en cuestiones más relacionadas a la terminación de la jugada (de las cuales generalmente Mancuello es partícipe) que en aquellas que la anteceden y, en teoría, tienen mucho más que ver con la función principal del jugador. Mancuello es un interior, un volante mixto; no un delantero. El gol es un plus que lo valoriza, pero no debiera ser –desconozco si esto es así o no- su objetivo primario, ni de quienes lo evalúan.

     No es mi intención refutar a Mancuello, ni mucho menos. Aunque debo sincerarme y reconocer que, en un principio y hasta que terminé de escribir el párrafo anterior, el propósito de esta nota era justamente ese: refutarlo. Pero al ir escribiéndola comencé a notar que en mi imaginación surgían ciertas contradicciones espontáneas entre lo que quería escribir y lo que pensaba, que hicieron que me replanteara la idea: al parecer, realmente no pensaba lo que pensaba que pensaba. Mancuello no era refutable.

     Sucede que la deificación permanente que ejercen los medios de comunicación sobre el jugador ha embelesado al punto de hacer creer que es éste el único sostén que encuentra Almirón para mantenerse vivo. De ahí mis ganas de problematizarlo, de cuestionarlo. Pareciera que con la presencia de Mancuello todos lo errores que comete el equipo se disolvieran y las virtudes sólo salieran a la luz a través de su cerebro y sus pies; y, humildemente, creo que ésta es una cuestión que pasa más por la necesidad de encontrarle un “pero” a un DT controvertido que la de personificar una idolatría que condense los deseos del público. Independiente es un gran equipo y Mancuello es parte de él, no todo.

     Sin embargo, no deja de ser cierto que su ausencia sí afecta a la organización ofensiva. A ver, no es que Mancuello haga funcionar al equipo a partir de sí. No es el Riquelme, en tanto entendimiento del juego, que tiene Independiente. Lo suyo, aunque no exclusivamente, es más emocional. Es emoción. Es lo que transmite. El endiosamiento lo ha elevado y él lo percibe y también lo perciben sus compañeros. Emana una seguridad que se refleja en cada intervención suya y es acompañada por el compás eufórico que baja de las tribunas. Es un todo que funciona en armonía porque todo tiene que ver con todo. Mancuello es indiscutido no sólo porque nadie lo discute sino porque él mismo no lo hace. Mejora el contexto absorbiendo malhumores y liberando inspiraciones en, por ejemplo, Méndez y Pisano. Acompaña a Albertengo y a Riaño, atacando los espacios, los pasillos interiores que éstos abren, haciendo reconocibles y reconocidos sus esfuerzos de desmarque. Además ejecuta, capitaliza, abre partidos con una pegada indómita y con lo importante que es en este juego conseguir la primera ventaja. En síntesis, es determinante.

     Igualmente, influencia emocional y capital no necesariamente representa perfección, porque ésta, aunque podamos imaginarla, es inalcanzable. Mancuello tiene errores de interpretación, de lectura, porque se conecta más con el gol que con la jugada. En ocasiones, una mala decisión puede dejar expuesto al equipo en una posible pérdida y para nadie Mancuello será el culpable, aunque lo fuera. Es un jugador libre, que en el campo de juego se maneja solo, por instinto. Obedece a sus interpretaciones, toma decisiones de acuerdo a su estado de ánimo y es saludable que así sea. Aunque eso no quiera decir, primero: que la decisión tomada sea la correcta y, segundo, que sea la que su técnico pretendía que tomase de acuerdo a lo prestablecido. En un partido de fútbol, como en la vida, es más lo que surge que lo que se estipula, y viendo los resultados obtenidos es lógico que Mancuello se deje llevar por sus sensaciones.

     De todas formas, sabe que detrás tiene un equipo que lo resguarda, que lo sostiene y aquí es importante Almirón. Hay una idea de juego pretendida por el DT que lo apaña y, a la vez, le da libertad. Mancuello confía en sus decisiones porque todos en Independiente confían en ellas. Está seguro porque le dan seguridad. El sistema se adapta a sus posibilidades y a las de sus compañeros y al mismo tiempo su presencia potencia la de éstos. Está en el aire, en el clima, en la atmósfera. El jugador se contagia de la dinámica positiva que se genera a su alrededor. El libro español “Complejidad y Deporte”, explica: “Los sistemas dinámicos buscan modos de comportamientos preferidos en función de las interacciones entre sus componentes internos y la sensibilidad a las condiciones externas”. Para ser claro: Mancuello es esencial en el modo de comportamiento preferido por los jugadores de Independiente porque es preferido justamente porque está él. Si no está, el sistema debe reorganizarse sobre la marcha, corriendo el riesgo de perderse en esa búsqueda. Su presencia optimiza el entorno.

    Las divergencias entre algunos entrenadores y un público aficionado (inclusive algunos periodistas) surgen de las diferentes profundidades de los respectivos análisis. El aficionado se detiene en el resultado de la acción que el jugador decidió emprender; el DT en la decisión y el movimiento en sí mismos: si son correctos o no según lo prestablecido. Por eso Almirón cambia, porque ve cuestiones más allá de lo visiblemente fácil. Su función, entre tantas, es hacer mejores a sus jugadores para hacer también mejor el sistema que conforman. Con aciertos y con errores, como cualquiera. Mancuello, sin dudas, es un acierto del entrenador. Un jugador mejorado, del cual el técnico extrajo de él todo lo que éste tenía guardado. Porque ya lo tenía, sólo faltaba explotarlo. Nadie extrae de nada o de nadie algo que esto o éste nunca poseyeron; se extrae lo que ya hay. El conocimiento se posee, sólo hay buscarlo en lo profundo, en el interior y Almirón lo encontró en Mancuello, y por eso hoy Mancuello es insustituible, es irrefutable; por lo menos para mí.



Ramiro Fossaceca

miércoles, 18 de marzo de 2015

La defensa es el ataque y el ataque es la defensa


     “Defendemos mal, porque atacamos mal”, expresó criteriosamente Marcelo Gallardo luego del partido del lunes, en el que su equipo empató 3 a 3 frente al Arsenal de Martin Palermo y confirmó el extraño momento que vive hoy.

     A simple vista y con una mirada característica y mundana se podría considerar que la frase del DT es un tanto demagógica, para resguardar a sus defensores del afilado bisturí mediático (bisturí no porque busque profundidad sino más bien dolor). Pero si nos encausamos en un buceo analítico de la frase, si intentamos de-construirla con el propósito de dilucidar cómo está funcionando hoy su equipo en materia ofensiva -y por lo tanto defensiva-, quizás podamos descubrir algunos motivos que justifiquen sus dichos; no porque en principio no suenen verosímiles sino porque tampoco existió tras ellos una explicación que los avalara y dejara avizorados sus porqués para el entendimiento común.

     Es notorio que River no es el mismo de las primeras fechas del Torneo pasado. Su funcionamiento ha mutado a un nivel estético inferior, aunque ha sabido, al menos y hasta el momento, mantener una identidad colectiva que lo salvaguarda. Todos sabemos qué intenta hacer Gallardo con los suyos, independientemente de si eso termina de materializarse el día de la competencia o no; si se capitaliza. Sin embargo, para analizar la frase que citamos en el primer párrafo de esta nota, debemos hacer hincapié en las cosas que no le están saliendo al equipo y que fueron, justamente, las que lo llevaron a forjar esa identidad que hoy mantiene sólo por cuestiones de jerarquía técnica y no táctica.

     Veamos: ¿Qué hacía River antes en posesión de la pelota? La idea de Gallardo era nítida. En el inicio de la jugada (salida desde el arco) abría paralelamente a los dos centrales fuera del área grande y a la altura del área chica; adelantaba a los laterales (Mercado y Vangioni) casi hasta la mitad de cancha y hacía retroceder al mediocentro (Kranevitter) a la medialuna en busca de la salida prolija (como el Newells de Martino). De esa manera obtenía varias opciones de pase que ayudarían a evitar –en caso de que existiera- la presión alta del rival. Esa salida desde abajo, que rompía con la primera línea de presión, generaba un desequilibrio en el rival que le permitía, con mucha movilidad de los interiores y el enganche (Rojas, Sánchez y Pisculichi) buscar asociaciones cortas por el eje del campo, para producir allí un amontonamiento y así terminar las jugadas por las bandas, generando superioridad numérica con el lateral, el interior de ese lado y uno de los puntas. Un funcionamiento complejo que sólo podía funcionar a través de una posesión precisa y, sobre todo, una movilidad revulsiva, que generara sorpresa y confusión en los rivales. Todo esto poniendo al equipo entero en rodeo ajeno, achicando espacios para prevenir una posible pérdida del balón. Ahora, cuando recuperaba la pelota en campo contrario, el ataque era directo; si no, era más posicional y apostaba a la circulación.

     Eso con la pelota, ¿y sin la pelota?: Tras la pérdida River aprovechaba su posicionamiento ofensivo, su manera de atacar, la criteriosa ocupación de espacios en el campo rival para presionar con toda su gente la zona de la pelota y no ofrecerle posibilidades de lanzamiento al portador, ya que un posible pase largo o que despejara la zona poblada desequilibraría a un equipo totalmente adelantado. Un trabajo que duraba aproximadamente entre 5 o 6 segundos a máxima intensidad y que en el caso de no consumar la recuperación inmediata de la pelota servía para temporizar  (darle tiempo al equipo para la reorganización defensiva). Ése era el riesgo asumido, pero para llevarlo a cabo, Gallardo necesitaba de una concentración extrema de sus jugadores, de un compromiso que significaba, tras perder la pelota, cambiar súbitamente el chip y pasar del ataque a la mentalidad defensiva: transición ataque-defensa.

     Esto hoy River no lo hace en ninguna de las situaciones del juego. Indudablemente la exigencia es desgastante y, probablemente, la superpoblación de partidos no le permita al DT trabajar en la creación de hábitos para que éstos puedan volverse inconscientes. Lo inconsciente ocupa menos lugar que lo consciente, u ocupa el mismo pero no le da trabajo a la razón porque no la utiliza y así se logra ahorrar tiempo y espacio para la ejecución.

     Hoy River duda. El equipo intenta con la pelota, pero ni Vangioni ni Mercado llegan con el mismo convencimiento. Tampoco Pisculichi y Rojas parecen estar en su mejor nivel y ni hablar de Teo Gutiérrez, quien no sólo se encargaba de capitalizar en la zona caliente sino además era un eslabón importante en esa presión de la que hablamos. Porque tras la pérdida el bloque ya no ataca, se dispersa y llega tarde a presionar, permitiéndole al rival sacar el pelotazo largo a espaldas de los defensores o bien limpiar la zona poblada hacia la zona débil y encontrar espacios para encarar a una defensa que queda mano a mano contra el aluvión rival de frente. Un River quebrado que se desordena en ataque y queda partido para defender, no solamente por distracciones de sus defensores sino por fallas en la organización ofensiva que no le permiten presionar como su técnico pretende.

     La autocrítica de Gallardo es positiva porque es importante reconocer el error en el funcionamiento para saber dónde se debe trabajar. Ahora habrá que ver si el poco tiempo que le brinda el calendario se lo permite y si los jugadores están dispuestos a volver a responderle. Los jugadores argentinos se cansan, no asimilan la táctica y la creación de hábitos los aburre. Por eso la capacidad del DT será indispensable: hay que volver a motivar a un equipo que, si bien este año renovó sus objetivos, parece haber olvidado que para defender bien hay que atacar mejor; teniendo en cuenta que el ataque empieza cuando pierdo la pelota.



Ramiro Fossaceca

miércoles, 4 de marzo de 2015

Las modas no mueven el mundo


     Se dice que el fútbol se mueve por modas. Y aunque en principio la frase me parezca acertada, siento que moda suena a superficialidad, a banalidad, y es eso, justamente, lo que creo que las ideas futbolísticas no tienen. Tal vez  el término paradigmas se ajuste más, ya que estos son los que vienen a romper con lo establecido y se mantienen; las modas, aunque vuelven, son efímeras.

     El fútbol convive diariamente con distintos dogmas, que van volviéndose tendencia según sea el contexto histórico que lo envuelve. Está cargado de ideologías, de fundamentalismos, pero que para demostrarlos y poder convencer a las masas futboleras hacen falta trabajo y, lamentablemente, resultados. Sí, resultados. Trabajo y resultados. Porque es cierto que los paradigmas los rompen las ideas revolucionarias, esas que llegan para reemplazar a las que, en otros momentos y contextos, lograron instalarse como verdades absolutas, pero lo hacen necesariamente de la mano de las estadísticas favorables. Sin ellas, las vísperas detienen las revoluciones y no hay superación posible; y así, los más románticos sufren la nostalgia de no haber podido ver sus pensamientos reinar y los conservadores de turno blindan los suyos hasta nuevo aviso ante el fallido progresista.

     Estas construcciones que viven luchando por el sentido de las cosas hoy parecen estar en pleno proceso de superación. Hay un paradigma que viene rompiéndose desde la irrupción del Barcelona de Guardiola, que tuvo su correlato en el último Mundial de Brasil y aquí, en Argentina, ha mostrado signos embrionarios en el torneo pasado: es la nueva moda. Los principios desde los cuales el fútbol empieza a concebirse se encuentran en una dialéctica que viene dejando atrás esa noción en la cual todo parte de la seguridad defensiva y está dándole paso a la concepción del juego como un todo complejo. El fútbol como un todo, compuesto por cuatro pasajes temporales que no pueden desprenderse entre sí: el ataque, la defensa y las transiciones ataque-defensa (momento en el que se pierde la posesión de la pelota) y defensa-ataque (momento en el que se recupera). Una concepción integradora que lejos de fragmentar el juego lo aúna para poder entenderlo como la interacción de todos los componentes que lo conforman y, desde allí, lo están haciendo evolucionar.

     Es en este marco que hoy ha resurgido el clásico debate sobre el jugar bien y qué es lo que realmente eso significa, sin encontrar, por supuesto, la verdadera respuesta a la cuestión. Porque lo importante no es la idea en sí misma, sino las ideas, que haya muchas y se mantengan en continuo movimiento para seguir creciendo y superándose.

     Así funciona el mundo: nada es exclusivamente del fútbol, porque el fútbol es la vida aplicada al fútbol; es la historia misma la que lo lleva de su mano. Son contextos, es nuestra cultura y su evolución, nuestra experiencia, nuestra manera de ver las cosas, nuestra interacción con los demás, nuestro estilo de vida lo que trasladaremos a él para jugarlo, para entrenarlo y hasta para analizarlo. A lo sumo, será la interacción constante con él la que nos hará crecer juntos, retroalimentándonos. Pero él no nació sin nosotros, por lo cual sólo nosotros somos los que podemos cambiarlo o mantenerlo, según el momento y lo que queramos de y para él.

     Pero para eso necesitamos que los paradigmas no cambien sólo por motivación de los resultados, sino por las ideas que puedan generarlos. Los procesos, los caminos, el trayecto hacia ellos son los que deben generar en nosotros la motivación de un cambio posible; debemos disfrutar de esa parte que estamos suprimiendo, esa que en tiempos de híper-dinamismo nos queremos ahorrar, sintetizando todo en el resultado inmediato sin que subyazca nada.

     Los grandes relatos han perdido terreno y la incertidumbre crece como la única certeza. Ya no hay verdades absolutas, pero sí verdades que nos identifican y allí es donde debemos encontrar el placer por este juego: en nuestras convicciones reflejadas en una cancha de fútbol. La posibilidad de cambiarlas estará siempre presente, porque éstas pueden superarse y superarnos, pero lo importante es que estén dentro nuestro, que podamos sentirlas propias. Esa es la esencia, la única realidad. El resultado debe ser sólo la consecuencia de algo y no morir en sí mismo, si no, ¿qué sentido tiene todo?  Pero para eso tenemos que volver a respetarlas, a creer en ellas y destronar al resultado del sillón de la Verdad; que sólo sea la parte final, la consecuencia. Porque no somos lo que tenemos, sino cómo intentamos conseguirlo.



Ramiro Fossaceca

jueves, 19 de febrero de 2015

Un primer análisis


     Pasada la primera fecha del campeonato creemos que es justo esbozar, al menos, un primer y corto análisis sobre lo sucedido el pasado fin de semana. Y decimos corto porque estamos recién en el comienzo y por eso lo que no sería justo de nuestra parte es hacer una sentencia que abarque un todo cuando lo que pasó fue solamente una parte. Un pequeño análisis de lo que se dejó ver, ya que todavía queda mucho camino por recorrer -nada más ni nada menos  que 29 fechas- y habrá que ir transitándolo para conocerlo poco a poco, pero que en su ración iniciática mostró algo de lo que se preveía.

     ¿Y por qué decimos que mostró algo de lo que se preveía? Porque creemos que lo que se esperaba, o por lo menos en nuestro caso, era, precisamente, una notoria diferencia de jerarquía entre los equipos que estaban y los que se sumaron. Más allá de la, en su momento, polémica aprobación -de la cual hoy ningún dirigente parece hacerse cargo-, ese era uno de los puntos más cuestionables. Una idea de diferencia física-táctica-técnica entre los participantes, que el inevitable comienzo del torneo capitalizó, haciendo que lo abstracto cediera ante lo fáctico y quedara comprobado, al menos, momentáneamente.

     El primer partido del torneo fue un anuncio. El Velez – Aldosivi del viernes fue 2 a 0 para los locales, pero la sensación que sobrevoló Liniers fue de goleada conceptual: un equipo que fue más rápido, que llegaba siempre primero, que ganaba las divididas, las segundas pelotas, que encontraba espacios entre líneas y lastimaba… en fin: de otra categoría; y otro que, más allá de algún momento de entusiasmo por encontrarse en superioridad numérica, sufrió el partido. Y lo que siguió en la fecha fue su correlato, porque el sábado San Lorenzo hizo lo propio con Colón de Santa Fe, y el domingo, River le dio una lección de fútbol, autoridad y contundencia a Sarmiento de Junín, demostrándole que con orden y voluntad no alcanza para jugar en Primera.

     En el ansioso análisis que proponemos, pareciera anunciarse una imagen de insuficiencia, de que el torneo va a quedarse corto y los descensos no le alcanzarán. Que los que a la larga van a merecer descender finalmente no lo harán, pero sólo por una cuestión cuantitativa y no cualitativa, como debiera ser y como lo es en la mayor parte de las ligas del mundo. Es que la primera sensación nos tiró por la cabeza la idea de que no todos están a la altura de la Primera División de un fútbol tan competitivo como el argentino.  Y que, quizás, sea  esa misma competitividad la que podrá ir diluyéndose con la participación de equipos que no están en condiciones enfrentarla. Es una cuestión exclusivamente deportiva. Porque, además, engaña a los otros, a los que al enfrentarse a rivales de menor envergadura se lucen con caños y sombreros, haciéndolos creer una falsa realidad que no hará más que demorar su evolución, estancándolos. Y porque hay una cosa que es cierta: se mejora jugando contra los mejores, pero mientras tanto, ¿qué pasa con los mejores?

     El torneo es largo y, como dijimos, habrá que caminarlo para conocerlo, para internalizarlo, para terminar de digerirlo por pesado que haya caído. Condenarlo sería un error que no nos permitiría disfrutarlo y eso sería imperdonable. Es natural (cultural) el rechazo ante situaciones experimentales desconocidas. Lo nuevo no gusta, casi nunca, porque moviliza estructuras psíquicas y obliga a restructurarlas. Porque uno actúa, opina, decide y elige a partir, y en función, de su experiencia. Y así como nadie necesita de lo que desconoce, tampoco nadie ama lo que no conoce; por eso es imposible amar a este torneo tan prontamente, porque todo juicio será sesgado y tendencioso hasta que nos familiaricemos con él, hasta que lo conozcamos.

     Por eso, creemos que, más allá de estas primeras impresiones, necesarias para motivar un cambio, sería justo darle a este nuevo formato de competición la oportunidad del tiempo, dejarlo que siga su curso y que, a través de él, intente convencernos. Desafiarlo a que nos demuestre que un torneo que pareciera haber empezado con el mero fin de extinguirse, puede hacernos cambiar de opinión. A lo mejor, más adelante estemos hablando de una competencia que, al bajar el ritmo vertiginoso de los torneos cortos, terminó dándoles a los entrenadores el tiempo de trabajo necesario, ese que tanto reclaman para conseguir los resultados que tanto se les exigen. Y, ojalá, cuando llegue ese momento este primer y fugaz análisis quede olvidado entre otros tantos insignificantes. Pero para eso habrá que darle tiempo. Y esperar, en el fútbol, es lo que menos gusta.



Ramiro Fossaceca