viernes, 12 de diciembre de 2014

El fetichismo de la mercancía-fútbol

                        

     ¿Cuántos de nosotros nos hemos preguntado si realmente nos gusta el fútbol? Lo sé, es una pregunta rara; más teniendo en cuenta que los que nos encontramos aquí de tanto en tanto para compartir -o no- algunas ideas somos todos amantes de este hermoso deporte. De hecho, el blog se llama Democracia Futbolera, cuestión que invita a opinar libremente de lo que este juego ofrece. Pero he aquí la cuestión, la razón de la pregunta iniciática: ¿qué es lo que nos ofrece el fútbol? ¿Qué nos gusta de todo lo que nos ofrece? ¿El juego por el juego en sí mismo, nos gusta?

     Que esta nota comience con varios interrogantes es un síntoma de lo que viene a proponer. Será una pregunta constante. Varias. Y no sé si todas tendrán respuestas. Porque no sé tampoco si todas las tienen. O al menos yo no las tengo. Pero como la pregunta no necesariamente tiene que encontrar en el final de su trayecto su subsiguiente respuesta, nos las vamos a hacer igual. La pregunta es la base del aprendizaje, dijo alguna vez Paulo Freire, entonces nos aferraremos a ese aforismo y nos las haremos todas, sin pudor, resignándonos tal vez a encontrar en algunas de ellas soluciones potables. Quizás hasta preguntárnoslas nos traiga algún que otro problema existencial, quién sabe, pero tampoco eso es tan malo. Todo planteo, toda duda, toda interrogación invita a la reflexión, y ésta es un buen ejercicio para -en el caso de no encontrar respuestas que clarifiquen- intentar elaborar una solución propia, una que nazca de nuestra capacidad intelectual; ahí ya obtendremos un avance. Pero para eso es importante que primero alguien se las haga.

     No descubrimos nada si decimos que son varios los factores que envuelven al fútbol. El fútbol es un fenómeno social que involucra a cada vez más personas pero, paradójicamente, al mismo ritmo –el del posmodernismo- ha ido deshumanizándose. Ha habido una transvaloración de los valores, depositando la economía y el negocio por sobre lo genuinamente deportivo. Una construcción social y cultural transmitida de generación en generación, pero en la que pocos, cada vez menos, se detienen a pensar: ¿Qué nos gusta del fútbol? ¿Nos gusta el juego o nos gusta más todo aquello que lo rodea? ¿Sabemos o creemos que sabemos? ¿Nos preocupamos por saber? ¿Nos interesa? ¿Preferimos el “folklore” y la pasión por sobre la táctica y la estrategia? El fútbol tiene de todo: marketing, records, estadísticas, mercado, periodismo, pasión; ahora, del juego ¿quién habla?

     Posiblemente habrá quien diga que lo que le gusta del fútbol justamente sea todo eso. Lo curioso es que para sentarnos en la platea o en el sillón de nuestra casa a opinar lo hacemos desde el lugar de director técnico. Creemos saber más que cualquiera. Le debatiríamos ideas al mismísimo Guardiola si tuviéramos la oportunidad. Sabemos cuál hubiera sido la decisión correcta que el jugador debería haber tomado en ese momento o el cambio táctico que el entrenador equivocó o no percató para ganar un partido que se terminó perdiendo. Abrazamos los lugares más comunes que nos ha construido el periodismo deportivo a lo largo de la historia y desde allí creemos solucionar todos los problemas de nuestro equipo. Con frases hechas o con la experiencia que nos han dado tantos años de mirar fútbol, como si con sólo mirar alcanzara.

     A grandes rasgos sabemos que hay dos maneras generales de intentar plantear un partido: querer imponerte a través de la tenencia de la pelota, o desestimarla y que el rival se haga cargo de ella. Ahora, ¿puede cualquier futbolero darse cuenta de qué pretende el DT de un equipo, más allá de si la idea principal es tener o no la pelota? ¿Sabría cómo vulnerar la idea de su rival? ¿O se piensa que sólo alcanza con buenas intenciones? ¿Se conocen estrategias de ataque y diferentes tácticas defensivas más allá de los trillados números matemáticos de los dibujos? ¿O nos detenemos en la estética de los ataques y en la prolijidad y efectividad de los movimientos defensivos para construir nuestros argumentos y gustos?

     Menottistas, bilardistas, bielsistas, guardiolistas… todos los apasionados de este deporte sentimos identificación con alguna de estas corrientes ideológicas, independientemente de la empatía que tengamos con su propulsor y de que algunas de sus ideas se parezcan bastante entre sí. Es más, diría, que la mayoría de nosotros tenemos una postura definida. Sabemos lo que nos gusta ver y por eso los elegimos. Sentimos que eso también nos define como personas y nos enorgullece. Pero también es cierto que la mayoría se queda en lo estético, en el producto terminado, en una especie de fetichismo de la mercancía. Se queda en los porqués de las ideas y olvida el proceso para llevarlas a cabo, el cómo. Qué riesgos se deciden tomar por ellas sin que éstos sean necesariamente “errores defensivos”, sino tan sólo eso: riesgos. Riesgos asumidos. ¿Sabemos qué estrategias se utilizan para vulnerar las tácticas defensivas de los rivales, si los sistemas son necesariamente fijos o si pueden ser flotantes y variar dependiendo de la situación del juego en la que me encuentre? ¿Alguna vez nos lo preguntamos?

     Son miles los interrogantes que surgen y seguirán surgiendo: ¿Me desordeno para atacar o las posiciones en ofensiva son relativamente fijas? Tras la pérdida de la pelota ¿me repliego retrocediendo las líneas? ¿De qué manera lo hago? ¿Vuelve cada uno a su lugar o se retrocede por cercanía a las zonas relevándose entre sí? ¿Se retrocede o se presiona arriba? Si recupero, ¿ataco con la misma intensidad con la que recuperé e intento ser vertical o bajo el ritmo manteniendo la posesión hasta recuperar el aire? ¿La posesión es sólo pasársela a un compañero hasta encontrar un cerrojo para filtrarme entre las líneas defensivas o hasta el más insignificante pase tiene un fin en sí mismo? ¿Podemos darnos cuenta fácilmente de todas estas cuestiones? ¿Podemos darnos cuenta de lo que intenta hacer un equipo cuando la tiene, más allá de si eso es o no agradable al ojo crítico? No me extrañaría que haya quien diga que todo esto en este juego no existe.

     
     Es cierto que el fútbol parece estar intelectualmente al alcance de todos, y si a eso le sumamos que nos apasiona, es lógico que intentemos entenderlo desde lo que más a mano tengamos, sobre todo para poder hablar/criticar con algún tipo de argumento a la hora del debate. Pero eso no significa que con los lugares comunes alcance. Creemos que apropiándonos de las cuestiones básicas del juego, con sólo mirarlo o sumar años de fervor y fanatismo estamos a la altura de cualquier estudioso del tema. Ojo, de ninguna manera estoy intentando complejizarlo como si fuese una cuestión de estudio académico, pero si creo que se requiere de algunas armas más para poder interpretarlo como lo hacen quienes decididamente se dedican a él. No sabemos tanto como creemos. Lo básico no nos hace directores técnicos, por más que así lo creamos.


     Como contraposición, quizás podríamos decir que a pesar de que haya una minoría privilegiada a la que el fútbol hace tiempo ha dejado de representarle un entretenimiento, la realidad es que para las masas lo sigue siendo. Y como todo entretenimiento lo que se busca en él no es necesariamente su entendimiento, no se busca la profundidad, la reflexión, la razón; más bien se busca todo lo contrario: perderlas. Es la pasión la que predomina. Porque es la pasión el método más sencillo, el que más a mano y al alcance de cualquiera está para poder “ser parte de”, para encontrar un nicho de pertenencia, para definir una identidad común. El fútbol, el juego en sí es una excusa y no está mal, es una manera de interpretarlo. Lo extraño, como dije, es el lugar en el cual nos paramos para criticar; no desde el desconocimiento, si no más bien desde la otra vereda, desde la más absoluta autoridad que nos da haber crecido junto a él y jugarlo con amigos. Entonces, ¿qué es lo que realmente nos gusta del fútbol? O mejor, ¿qué entendemos por fútbol? Si lo que nos gusta es todo lo que lo rodea o la impredecible dinámica de lo impensado por sobre lo táctico y lo estratégico, no está mal. Pero lo importante es tenerlo claro, saber desde qué lugar se opina. No todo en el fútbol es porque “el fútbol es así”.



Ramiro Fossaceca

lunes, 8 de diciembre de 2014

El souvenir de la historia

                 
     
     Esta vez fueron los de Colón, pero ayer fueron los de Unión y anteayer fueron otros. Porque Colón y Unión son apenas números en la lista de los más recientes, una lista que puede sobrepasar tranquilamente la suma de los dedos de nuestras manos con sólo apelar a la memoria emotiva de los últimos años de festejos deportivos. Es la irracionalidad racionalizada. Es la lógica imperante, consciente, devenida en violencia física contra los propios. Ya no hay alambrado que aguante al aguante, ya no hay resistencia que pueda oponerse e imponerse a esos saqueadores de indumentaria oficial denominados “hinchas”.

     Uno de los principales problemas del hincha en general –no solamente de los llamados barras- es su psicosis, su irreal sensación de inmunidad. Cree que las buenas son un producto exclusivamente suyo y que en las malas es el único que está presente. No se reconoce, más bien se desconoce.  El “festejo” de los hinchas de Colón robándoles todo a sus jugadores, forzando al árbitro del partido, a sus asistentes y hasta a su propio cuerpo comandado por Reinaldo Merlo a refugiarse y salir escoltados por la policía, es una imagen elocuente de esto y del deterioro progresivo que hemos venido sufriendo como sociedad futbolera. Un momento que debiera ser de felicidad, como la obtención de un ascenso a la máxima categoría del fútbol argentino, es robado por personajes ajenos que se atribuyen todos los logros desde un papel secundario al juego.

     Es una escena repetida, que lamentablemente naturalizamos y que va más allá de los colores de camiseta que se lleven; escapa a ellas. Todas las hinchadas –insisto, diría que todos los hinchas- manejan la misma lógica. Es una cuestión cultural. Es evidente que hay quienes pueden mantenerse mejor dentro los parámetros morales de una sociedad como la nuestra, pero están quienes las transgreden para respetar sus propios códigos, esos que son manejados dentro de su medio y a los cuales no pueden traicionar.

     Pero si bien éstos últimos suelen superar los límites de lo imaginario, aquellos que no lo hacen conviven con la misma lógica, una lógica predominante: la del aguante. Una subcultura donde factores como “la pasión”, el “cómo se vive el fútbol acá” y otras yerbas parecidas funcionan como sostenes fundamentales y aquí, como en tantos otros lugares, tienen una significación totalmente positiva.

     Los hinchas creen tener un papel preponderante en el logro obtenido, pero al encontrarse ubicados en la periferia de donde se dirimen las cuestiones (el campo de juego) sienten que deben intervenir para ser reconocidos. Para que se hable de ellos. Es en esa invasión en donde logran coronar su participación en el triunfo: si no invaden, la historia los dejará afuera. El relato épico no los incluirá y el héroe terminará siendo alguien que seguramente “no siente los colores como ellos” o que “está de paso” y eso, para ellos, es inaceptable. Los únicos que merecen el logro son ellos. Hay una necesidad de forzar a la historia a incluirlos, porque son ellos los verdaderos artífices de los éxitos, los que están en las buenas y en las malas y lo que menos merecen por ello es su meritorio y consagratorio souvenir, para finalmente estar dentro de la anécdota cuando ésta sea contada.

    Todos lo que tengan una mirada diferente, quizás menos pasional, están obligados a intervenir para cambiar toda esta miseria, porque en la medida que sigamos naturalizando las invasiones, los saqueos, los piedrazos… nada cambiará; es más, nos veremos obligados a presenciar su condición dialéctica, su superación, que implicará, necesariamente, todavía más transgresiones a los parámetros exclusivamente deportivos, desconociendo la magnitud del final de todo.


Ramiro Fossaceca

jueves, 13 de noviembre de 2014

El Messi de antes, de hoy, de siempre

     Martino volvió a poner a Messi en su lugar. O, al menos, en el lugar en donde, todavía, Messi está ubicado en el imaginario popular argentino: la banda derecha. Sí, de win. Así, en esa posición parece pensar el Tata hoy a Lio; y éste, el miércoles con Croacia, pareció darle la razón.
     
     Qué lejos parecen quedar en la historia aquellos tiempos del Barcelona de Frank Rijkaard o (la primera etapa) de Pep, cuando Messi arrancaba volcado a la derecha, a pierna cambiada y se metía en diagonal para tirar paredes con el camerunés Samuel Eto'o. Cuando inclinado sobre ese sector, pero con el arco entre ceja y ceja, con un insinuado y simple movimiento hacía inútil cualquier esfuerzo por detenerlo y dejaba en ridículo a cualquier defensor que se animara a intentarlo, abriéndose el camino para definir lejos de la mano derecha del arquero. Es que esa fue la primera versión de Lio. La que vimos todos por primera vez. Así fue cómo se presentó en sociedad, en el Camp Nou y ante nosotros, que prácticamente lo desconocíamos. Y, tal vez, por eso nunca pudo escaparse de ese encasillamiento que le fabricamos.
     

     Años diciendo que Messi no jugaba en la selección argentina como en el Barcelona, sin entender, quizás, que era la selección argentina la que no jugaba como el Barcelona. Un equipo, el catalán, que fue probablemente el mejor de la historia del fútbol mundial, pero nosotros preferíamos echarle la culpa al pibe. Que no sentía la camiseta, porque se había ido a España de chico; que no cantaba el himno, que acá se cuidaba o que allá –increíblemente- no jugaba contra nadie y que Argentina no podría jugar porque a la primera gambeta “te cortan las piernas”.
     
     Entonces, tozudos nosotros, soberbios, intentamos moldearle un equipo para que se sintiera como allá. No importaba que no tuviéramos un Xavi, ni un Iniesta, ni siquiera un Busquets; la idea bastaba sin importar quienes fuesen los interpretes que la llevarían a cabo. Y como a Guardiola en un momento se le ocurrió que Messi podía jugar de (falso) nueve y el pibe se cansó de romper redes y records, Batista, el Checho, vio la veta y se entusiasmó. Pero, repito, faltaban los compañeros.
     
     La comparación se desvanece con sencillez básicamente porque es incomparable. El Barcelona, el de esos tiempos, no dependía de Messi. Messi era la frutilla, el plus, la diferencia, el que cerraba el círculo; no la totalidad. Entonces, la posición de falso nueve le daba libertad. Perdía responsabilidad en el retroceso tras la pérdida y no cargaba sobre sus llamativos botines una dependencia exclusiva. Messi definía todo lo que generaban los artesanos del juego que lo rodeaban. Pero, si se sentía lejos, desentendido, desde su nuevo lugar en el centro también podía entrometerse con el circuito tirándose atrás y abrir los espacios a sus espaldas para las diagonales de los extremos. Hasta podía darse el lujo de desaparecer por momentos del partido y reposar en los costados para distraer a los centrales, manteniéndolos bajo su orbita.
     
     En cambio, en la selección todo era diferente. Desde la organización, hasta el técnico y los compañeros. La mentalidad era diferente. Y como acá nadie generaba lo que él, en teoría, debía definir, se tiraba atrás. Y como nadie le devolvía la pared que él mismo intentaba construir, se perdía en la gambeta. Gambeteaba uno, dos, tres y chocaba. Uno, dos, tres y chocaba. Y aparecía el fastidio. Cabeza agacha, mirando el suelo, pateando al aire. Paralizado ante la adversidad, absorbido. Y entonces otra vez: Messi no juega en la selección argentina como juega en el Barsa.
     
     Hay que aclarar que aquí nadie está diciendo que Messi no haya tenido buenos rendimientos en el seleccionado argentino. No estamos ni cerca de eso que sería una especie de gorilaje futbolero y hasta, tal vez, psicótico;  pero sí es real que acá todavía se sigue esperando algo de él que seguramente ya, a esta altura, no nos dará. Porque él no es lo que acá se espera que sea. Y no jugará como en el Barcelona porque la selección no es el Barcelona. Pero no lo es desde ningún punto de vista. El Barcelona es -literalmente- una cultura donde todos hablan el mismo idioma que Messi y, entonces, al no ser así en la selección argentina, inevitablemente, las consecuencias reflejadas en el campo de juego serán diferentes. Buenas o malas a criterio de cada uno de nosotros, pero seguro diferentes.
     
     Ahora está Martino al mando del banco celeste y blanco y pareciera ser que en su mente tiene su clásico 4-3-3, con Messi en la pata derecha de su tridente ofensivo. Quizás, crea que devolviéndolo a la posición que lo vio nacer, aquel viejo Messi del Barsa pueda resurgir pero, esta vez, para la selección argentina. Por lo pronto, en el amistoso del miércoles con Croacia el 10 se mostró cómodo y desequilibrante. Por momentos metiéndose adentro a jugar para darle paso al marcador de punta derecho y explosivo, como siempre, en el uno contra uno.
    
     La posición ideal de Messi es una incógnita, pero no hay dudas de que ubicado en el extremo derecho ha ofrecido y ofrece un abanico de posibilidades ofensivas inconmensurables. Quedará ahora en Martino elaborar alternativas de juego potables para que la explosión del nuevo-viejo win derecho argentino termine de detonar, en un camino corto hacia el próximo objetivo: la Copa América 2015.


Ramiro Fossaceca

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Cuestión de Género

     

     A lo largo de la historia del fútbol la participación de las mujeres en este deporte ha sido mucho menor que la de los hombres. A priori -y partiendo de un prejuicio-, pareciera ser que esto es así porque el fútbol es un deporte de hombres y sólo ellos saben jugarlo como se debe, pero ¿esto es realmente así? ¿Sabemos la respuesta o sólo la suponemos?
  
     Para esto es necesario aclarar que no hay ninguna investigación científica que demuestre que el género femenino posee, por esencia, un menor interés en el juego, sino que esto responde a patrones de conducta culturales que han dominado el pensamiento del Hombre durante años y de los que el fútbol no se encuentra ajeno. Como hemos dicho en otras oportunidades en nuestras columnas el fútbol es uno de los tantos espejos donde la sociedad se ve reflejada.
  
     Históricamente, la mujer ha sido designada a cumplir funciones que se ubican en las antípodas de los valores pregonados por la actividad deportiva en su iniciación. La maternidad, los quehaceres domésticos y las actividades relacionadas con la solidaridad y el cuidado de terceros fueron y –en menor medida- siguen siendo los roles que la sociedad tiene reservados para ellas. La competencia, la fortaleza física y la agresividad, todas éstas basadas en capacidades motrices como la fuerza, la potencia o la resistencia, son aptitudes designadas socialmente al género masculino, por lo tanto, son descartadas en gran medida por las mujeres, o bien, de ser practicadas podrían ser producto de discriminación social.
  
     Desde sus procesos formativos, tanto niños como niñas, reciben una educación diferenciada en la cual los límites de género son marcados en todos los contextos de la vida. Los padres, los maestros, los adultos,  responden a modelos de conductas pre-establecidos, en los cuales se instituye que el varón debe jugar al fútbol, debe correr, saltar, trepar y caerse y las niñas deben resignarse a jugar con muñecas, "a la casita", saltar la soga; todas actividades pasivas, de escasa exigencia física, para sus “cuerpos frágiles y débiles”. Todos estos factores, indudablemente, producto de una construcción social discriminatoria son la piedra basal de la formación de gustos e intereses tanto de hombres como de mujeres y predisponen a unos mejor que a otros para la práctica no sólo del fútbol sino del deporte en general.
  
     Suele decirse que  lo que se percibe como gran diferencia entre el hombre y la mujer en la práctica de un deporte específico es la velocidad en las ejecuciones tanto técnicas como físicas. Aquí, según el Instituto de La Mujer de Madrid, hay distintas variables, no sólo fisiológicas sino también sociales que influyen y terminan siendo determinantes en el rendimiento deportivo: “la psicología asegura que se debe a la diferencia que tienen las mujeres respecto al significado de la búsqueda del éxito y del rendimiento. Las mujeres tienden a lograr el éxito sobre la base del dominio y mejoramiento personal (Gill). En tanto los hombres buscan el resultado frente al oponente”. Aquí, se pone de manifiesto que la educación aplicada a los diferentes géneros durante sus procesos formativos tiene una implicancia directa. Quizás no en la ejecución y velocidad de los movimientos técnicos pero si en los objetivos, que son producto de la mirada de la vida que han formado hombres y mujeres. La niña podrá entrenar a la par del niño, con las mismas exigencias físicas y técnicas, pero esa formación durará apenas las horas que dure el entrenamiento, luego, durante el resto del día, ambos seguirán con sus respectivas educaciones y allí radicará una de las grandes diferencias de sus rendimientos.
  
     La revista digital española “Innovación y Experiencias Educativas”, en su edición Nº 17 de abril de 2009,  realiza un estudio titulado “DIFERENCIAS SIGNIFICATIVAS ENTRE EL HOMBRE Y LA MUJER EN CUANTO A LA CAPACIDAD DE RENDIMIENTO DEPORTIVO”,  y comprueba científicamente que, además de las diferencias culturales, hay cuestiones fisiológicas que determinan el diverso rendimiento entre los sexos, aunque no tanto como se supone: “Las diferencias más importantes están relacionadas con el tamaño corporal y la composición orgánica de los diferentes sexos. El tamaño corporal parece condicionar una mayor capacidad física, aunque los detractores consideran que el rendimiento deportivo no es muy diferente en la mujer, porque es proporcional a su menor tamaño con respecto al hombre”, afirma Rebeca Zurita Pérez,  Licenciada en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte en la Universidad de Granada, España y autora de la nota.
  
     La Licenciada asegura, a través de sus estudios, que otras de las diferencias significativas que pueden encontrarse entre hombres y mujeres en la práctica del deporte son “las alteraciones fisiológicas”, relacionadas al ciclo menstrual de la mujer, el cual supone una baja en el rendimiento; y trastornos alimenticios, originados generalmente por los parámetros de belleza impuestos por la sociedad moderna. Advierte, además, que si bien hay diferencias en los sistemas cardiovasculares, respiratorios y musculares, no suelen ser significativos para el rendimiento deportivo. Con respecto al sistema muscular, que pareciera ser el más influyente para el ejercicio de la fuerza, Zurita Pérez aclara que “las cualidades innatas de los músculos y de sus mecanismos de control motor son similares para los hombres y las mujeres”.
 
     Más allá de lo fisiológico,  las diferencias entre el hombre y la mujer en el deporte parecen radicar sobre todo en lo cultural. Como pudimos observar, el rendimiento deportivo está marcado no sólo por las diferencias biológicas sino que se incrementan con las diferencias psicológicas, sociológicas y culturales vivenciadas por las mujeres, marcadas y reglamentadas por la sociedad con pautas diferenciadas por género. El prejuicio hacia las aptitudes físicas del género femenino y, a raíz de ello, su posterior educación, provocan una especie de mala pre-disposición hacia la práctica de actividades deportivas. Además, el espectro para ellas suele estar más acotado, ya que los deportes suelen ser diferenciados arbitrariamente en “femeninos” y “masculinos”, y cuando una mujer decide practicar un deporte considerado para varones -como el fútbol- suele marcársela como “machona”, “poco femenina”, entre otras cosas, por no responder a los estereotipos de belleza establecidos en la sociedad. Es cierto, y vale la aclaración, que hoy el mercado futbolístico sigue creciendo y ha sabido cooptar también a las mujeres, aunque también es cierto que el proceso todavía sigue siendo incipiente.
  
     Pareciera quedar claro, entonces, que más allá de los gustos personales de cada uno, en los cuales también influirá el preconcepto que se tenga de estas cuestiones,  las mujeres desarrollan el mismo interés por el fútbol y los deportes que los hombres, al igual que en otras tantas actividades y profesiones. Sin embargo, (y los números son claros), aún su participación es menor o tiene menor trascendencia que la de sus semejantes masculinos porque los patrones culturales, todavía, así lo establecen.


Ramiro Fossaceca.

lunes, 20 de octubre de 2014

El Folklore

     Con el clásico rosarino, los posteriores homicidios que ocurrieron en la ciudad de Rosario y el enfrentamiento dialéctico y gestual entre el arquero de Belgrano, Olave, y la hinchada de River, la temática del folclore del fútbol volvió a estar en boga. ¿Hasta qué punto es permitido dicho folclore? ¿Los protagonistas –entendiendo por éstos no sólo a jugadores sino también a técnicos, dirigentes y por qué no periodistas- pueden entrar en esa lógica o deben mantenerse aislados? ¿Tiene que ver con la violencia? ¿La desata o ésta es sólo una cuestión de quién no sabe interpretarlo? Son demasiados interrogantes, es cierto, pero la temática los requiere; se envuelve en complejidad porque involucra a diferentes sectores sociales y porque va mucho más allá del fútbol, es inherente a como todos entendemos las cosas de maneras distintas.

     Pero si hablamos de los protagonistas, debemos poner el ojo en las actitudes anti-deportivas de Ignacio Scocco y Juan Carlos Olave. A juzgar por las sensaciones de algunos, seguramente éstas serán entendidas  como típicas de lo folclórico y que, para ellos, no debieran ser condenables siempre y cuando sean bien entendidas, porque forman parte del juego. Es lógico, (repito, para algunos) pensar que este jugueteo de chicanas es sano y que su intervención en el accionar de los “inadaptados” barras bravas es nula. Se supone, entonces, ingenuamente, que esos cánticos, chicanas, gesticulaciones, provocaciones que, en su mayoría, son machistas, homofóbicos, xenofóbicos, discriminatorios y que contienen una gran carga de violencia simbólica, no determinan actitudes posteriores que transgreden lo imaginario.

   
     Antes de proseguir, hay que aclarar que aquí nadie tiene nada en contra del famoso folclore. Los hinchas “adaptados” a los parámetros morales de una cultura como la nuestra seguramente puedan disfrutar muchísimo de sus ocurrencias futboleras, más allá de alguna bronca desmedida digna de un momento de irritación. Pero los protagonistas no pueden inmiscuirse. Lo peor que le puede pasar al jugador es entrar en la lógica del hincha. El gesto de Scocco al árbitro, en el cual menea su mano insinuando un posible “robo” de su parte luego haber fingido un penal, fue producto de eso. Ni el mismo Scocco creyó el gesto que hizo, como tampoco creyó su posterior improperio de acusar al juez de “ladrón”; pero la necesidad de mostrarse hincha, además de jugador, le ganó.

     A favor de Scocco, vale decir que el jugador entra en esa lógica casi sin querer. El hincha le pide al futbolista que juegue como si fuese él, que lo represente, porque en él deposita todas sus frustraciones existenciales y es él quien quisiera y debiera estar dentro de la cancha en su lugar. Entonces, si el jugador no demuestra que es tan hincha como el que está en la tribuna, si no demuestra que ama tanto la camiseta como él, el hincha lo condena. Y entonces el jugador, inevitablemente, entra en ese círculo y se descontrola: actúa violentamente contra un colega suyo -hoy adversario quizás mañana compañero-, hace gestos provocativos a la tribuna rival, insulta al árbitro, se pelea con sus compañeros...

     Pero, paradójicamente, estas actitudes tampoco calman al hincha, más bien lo exacerban. Lo que el hincha pide del jugador, no lo tranquiliza, lo altera, porque así se siente todavía más enemigo de su rival, de ese otro que tiene que lo hace ser quien es. Y esto se potencia inimaginablemente si el equipo sufre un gol en contra o el árbitro empieza, a juicio del hincha, a perjudicarlo. Ahí se vuelve incontrolable.

     Aunque suene exagerado allí es donde quienes profesan la cultura de la violencia accionan. Pero atención, porque no hay que confundirse, éstos no son violentos por naturaleza. Fueron formándose en un sistema violento, donde la violencia forma parte de un modo de vida, donde está naturalizada y donde a raíz de ésta obtienen un reconocimiento social dentro de su núcleo de pertenencia. Pero ese es, quizás, otro tema…



     
     Volviendo al papel que juegan los protagonistas, lo mismo sucede con el caso Olave. Los cánticos y silbidos de la hinchada de River en contra del arquero forman parte del entendimiento del hincha, de su razón de ser. Nada tienen que ver con el jugador. El hincha vive de eso, el jugador no. El hincha vive de alentar, de cantar, de insultar; el jugador vive de su rendimiento dentro del campo, de su profesionalismo. Olave no debió entrar en eso. Pero preso de sentirse blanco de todos los insultos, conjugado con los tres goles que sufrió, lo llevaron a responder, primero con gestos provocativos y luego, todavía más condenable, con declaraciones a la prensa en las cuales subió la apuesta: “Yo no me olvido que quemaron su cancha cuando se fueron a la B”. Innecesario.

     Con esto nadie está culpando a los jugadores de las actitudes violentas de los demás. Como nadie culpa al fútbol de la violencia de una sociedad. Sólo son partes. El fútbol es un reflejo de lo que pasa afuera, y los jugadores, aunque no puedan o no quieran asumir el papel de figuras públicas que son, tienen una responsabilidad social. Deben hacer el esfuerzo por ser ejemplo. Para cambiar el general de la sociedad debemos empezar por sus partículas, y el fútbol es una de ellas. Es difícil, lo sé, porque todos crecemos en esa “cultura del aguante” que rodea al fútbol y en la que está involucrada hasta la policía. Pero los jugadores deben jugar al fútbol, al juego, y deben ser formados, durante su proceso formativo, para ser profesionales y puedan evitar así ser también actores de lo externo. Lo mismo para dirigentes y árbitros, y para el periodismo que debe, necesariamente, trasmitir un mensaje correcto, aunque ese mensaje implique, quizás, un cambio de paradigma con el que algunos no estén de acuerdo.

     Por eso, todo bien con el folclore del fútbol; pero a mi me gusta más el fútbol.



Ramiro Fossaceca.

lunes, 6 de octubre de 2014

El clásico que no fue



     Otra vez la lluvia. Otra vez el campo de juego. Otra vez las dudas. Y otra vez, desgraciadamente, no hubo fútbol. O por lo menos lo que algunos entendemos por fútbol y todo lo que éste conlleva: tácticas, estrategias, combinaciones, sociedades, duelos… Eso por lo que los entrenadores descalabran sus neuronas semana a semana para trabajar los partidos. Eso que habían preparado, finalmente, ayer no pudo llevarse a cabo y todo lo pensado, lo previamente estipulado, los estratagemas imaginados se derrumbaron hacia la nada, o mejor dicho, se ahogaron, porque ayer no hubo fútbol por culpa, otra vez, del agua.

     Es cierto, también, que cuando las condiciones o los imponderables propios de cada partido descompaginan esas ideas pensadas en la previa se vuelve indispensable tener un plan B. Es necesario tener uno, por si los meteorólogos no se equivocan. Porque eso también forma parte del juego y las estrategias. Forma parte de lo que rodea, lo externo que siempre influye y gusta tanto, porque “así es el fútbol” y a la vez exacerba esa dinámica de lo impensado que éste tiene, esa de la que hablaba Panzeri. Y porque es allí donde el que mejor sabe adaptarse a estos factores externos, indudablemente influyentes, saldrá mejor parado.
     
     Como pasó con Arsenal, River sufrió con Boca de esta imposición climática y careció de un segundo plan, por lo menos en el inicio del partido. Porque el agua va a contramano de lo que intenta proponer sobre el campo, pero, sin embargo, igualmente lo intentó. El juego por abajo, al ras del suelo, con triangulaciones que ya se volvieron sociedades tripartitas por ambas bandas, devienen en quiebra con el agua acumulada bajo el césped, porque la pelota no sigue su curso natural, hace lo que quiere. Pero River no se resignó y otra vez resbaló con el mismo charco. En cambio, en Boca, se acomodaron enseguida. Tal vez sea porque su plan A no difería mucho de lo que a posteriori tuvo que improvisar. La idea del Vasco de todos modos hubiera sido esa, o al menos, similar. Esperar y salir con pelotazos cruzados a espaldas de Mercado y Vangioni, que en esta versión riverplatense tienden a adelantar sus líneas. Por eso Boca se acomodó mejor, porque las condiciones externas tenían más que ver con lo suyo, con su idea previa, con lo que su técnico había pensado por partido. La de River era otra e intentó llevarla a cabo. A lo mejor, en Nuñez no esperaban que hubiera tanta agua acumulada o quizá la internalización de la idea del DT sea tan fuerte y esté tan arraigada que cueste horrores desprenderse de ella así nomás. Lo cierto es que River intentó de todos modos la suya, a la fuerza; Boca se acomodó mejor y se llevó el primer tiempo con justicia.
    


     El error de Vigliano en el penal y expulsión de Gago sin dudas fue determinante, porque condicionó a Boca a jugar con un jugador menos durante gran parte del partido. Pero no deja de ser real también que para entonces, con la ventaja en el resultado, el equipo de Arruabarrena ya había tomado una postura netamente defensiva, y Gallardo y compañía ya habían entendido que el asunto venía por otro lado: había que apostar a llevar la pelota lo más rápido posible a campo contrario y por arriba, para forzar el error defensivo del rival y generar ocasiones desde ahí. Porque mientras más lejos esté la pelota de mi arco, menos posibilidades habrá de que me equivoque y me hagan goles, y mientras más cerca esté del otro, más chances tendré de hacerlos yo. Así de precario era el análisis, y así de pragmáticos el método y su ejecución. Como si estuviésemos en los inicios del fútbol, en los del pragmatismo inglés. Pero no quedaba otra: pelotazo largo y a la marchanta, que se equivoque el otro. Y aquí a Boca es donde más cómodo se lo vio, aunque a partir del gol de Magallán y más aún tras la expulsión de Gago, River monologó el desarrollo, con la vergüenza de traicionar su estilo.

     
     El segundo tiempo fue igual que la última parte del primero. Así, de entrada nomás hubo movimientos de emergencia. El Vasco acomodó las fichas en la inferioridad numérica y metió defensor (Insúa) por volante-delantero (Carrizo), y el Muñeco delantero (Boyé) por defensor (Vangioni), cambios que denotaban cómo sería la dinámica de lo que restaba por jugarse. Más tarde, en el summum de la interpretación, Gallardo metió exóticamente a Pezzella de número 9 y sorprendió a todos, aunque el cambio formara parte de la idea dominante, de lo que el partido pedía: ir exclusivamente por arriba. Ya nada parecía descabellado en un juego que lo era desde el momento que empezó a jugarse. Y milagrosamente, de la cabeza del central devenido en delantero, vino el empate millonario, que terminó siendo justo por el no-desarrollo del juego y porque los dos hicieron un buen partido dentro de lo que el partido les permitió. Brindaron un gran espectáculo, aunque no por características puramente futbolísticas, sino más bien épicas. Fue vibrante y dramático hasta el final. Un clásico. Un superclásico. Los errores de Vigliano fueron determinantes e influyeron, sí, pero nadie sabe hasta dónde las cosas hubieran sido diferentes de no haber existido la expulsión del volante de la selección argentina, como nadie sabe ni tampoco sabrá cómo habría sido el desarrollo si no hubiese llovido, si el campo hubiera estado en excelentes condiciones, bajo un sol radiante y los equipos hubieran podido aplicar en el juego el trabajo de la semana. Estaríamos hablando de un juego que no fue, ni, por desgracia, será. Poco más hay para analizar de un día en donde la táctica se inundó en las aguas porteñas y sólo quedó lugar para la improvisación, la suerte, los errores y los chapuzones.


Ramiro Fossaceca

viernes, 26 de septiembre de 2014

Se ahogó en el agua

     River se ahogó y no precisamente en un vaso de agua. En todo caso, podríamos decir, que lo hizo en una cancha que otra vez sufrió el castigo de la lluvia bonaerense y acumuló muchísima agua debajo el césped. Entonces, ese partido que hace casi 15 días -supuestamente- el equipo de Gallardo “no quería jugar” por ser el agua y el barro impedimentos importantes para el buen desarrollo de su juego, ayer impuso las mismas condiciones y pasó factura.

     Ese rumor que declaramos como un supuesto porque desde Nuñez siempre lo descartaron, tiene una lógica muy previsible, porque si bien es cierto que la idea futbolística que propone el equipo necesita de un campo mojado, para agilizar el ritmo del juego e imponer el vértigo en la elaboración de las jugadas, no sirve si éste está inundado, ya que así produce un efecto totalmente contrario: lo frena, lo enlentece, genera imprecisiones; eso, indudablemente, favoreció a Arsenal.
     
     
     
      Ya Palermo había dicho en la previa que saldría a ofrecer una especie de contratáctica, que anulara los puntos altos del funcionamiento individual y colectivo del puntero del campeonato. En principio plantó las características dos líneas de cuatro y ubicó a Zelaya y Palacios para que se las arreglaran solos arriba. Hasta aquí todo normal, lo que más o menos podía esperarse de un equipo que no dispone de las misma armas futbolísticas que el otro: esperar agrupado y salir rápidamente de contra por los costados o con los delanteros. Pero no, la clave estuvo en otro lado, la clave estuvo en cómo el exgoleador de Boca se propuso anular al rival, ganarle psicológicamente, cansarlo, hasta hacerlo perder en un laberinto pergeñado.
     
     Si nos preguntáramos cuáles son las características fundamentales de este River puntero y sensación del torneo, creo que casi al unísono podríamos decir que la presión en campo rival, el buen manejo de pelota -y todo lo que eso conlleva-, y la contundencia son los pilares exclusivos de su buen momento. Bien, porque eso fue precisamente lo que anularon el campo de juego y Palermo. Es que el buen manejo de pelota se vio afectado por el agua, que generaba imprecisiones e incomodidad a la hora de trasladarla. Aunque eso fue sólo en primera instancia, porque a raíz de eso el equipo enseguida sintió el impacto, entró en un espiral negativo y de desconfianza, perdió la brújula y la no-contundencia en las pocas que ocasionó fue consecuencia de ello. Además, que no pudiera presionar en campo adversario fue clave y tuvo que ver con lo que propuso Arsenal. River intentaba alcanzar el arco de Andrada activando sus típicas sociedades pero no hacía pie, y apenas los de Sarandí recuperaban la bola buscaban el horizonte, para no darle tiempo a la voracidad millonaria. De este modo, Pisculichi, Mora, Rojas, Teo, Sánchez o a quien anduviera por la zona de presión, quedaban pagando. Llegaban siempre tarde y corrían de atrás. Así, el arco de Barovero quedaba lejos para volver a recuperarla y empezó a correr más de la cuenta, con trayectorias largas y pesadas, en vez de cortas y dinámicas. En este marco, devino imprescindible el trabajo de Zelaya aguantando todo lo que se le tiró y Palacios con su velocidad corriéndolas todas (así generó el penal), para que River perdiera la pelota y pensara más en cómo recuperarla que en cómo jugar.
      
     Entonces, si sumamos los factores influyentes encontramos un cóctel conspirativo contra las buenas intenciones de Gallardo y compañía. Como salvedad podemos destacar que con este oscuro panorama, fue positiva la muestra de carácter para sacar adelante un partido que se complicó. Tras el penal de Nervo pudo empatarlo enseguida y sacarle 4 puntos a Lanús, que se le viene el domingo, y luego esperar el superclásico con Boca siete días después. Por lo pronto, tenía razón Gallardo, River todavía tiene “cosas por mejorar” y ahora se sabe que así se lo puede complicar.




Ramiro Fossaceca

lunes, 1 de septiembre de 2014

Orden en el desorden

     Apenas 48 horas. Ese fue el tiempo físico del que dispuso el flamante director técnico de Boca, Rodolfo Arruabarrena, para meter mano en un Boca que venía acéfalo desde la conducción y rencontrarlo, no sólo con los tres puntos, sino con el funcionamiento perdido. Sólo dos días de trabajo, pero que denotaron la necesidad de este equipo por cambiar de aire: un par de movimientos tácticos y nominales bastaron para lavarle la cara y mostrársela limpia al mundo. Para que la vieran. Para que vieran que esos jugadores no se habían olvidado de jugar, que sólo había que ordenarlos para encontrarle la vuelta a una quietud sistémica que ya había desgastado a todos.
     
     El Boca de antes, el de esos días, era el de Bianchi. Un equipo apático, que ya no transmitía nada y que evidenciaba a cada instante y en cada partido, una retribución inexistente hacia su técnico, aunque él dijera percibirla. Ya no daba para más. Ya nadie confiaba en que la historia podría revertirse y no quedaba otro camino que la despedida. El equipo estaba quieto, cometía domingo a domingo los mismos errores, poniendo de manifiesto la necedad del DT, que no solo no encontraba sino que no buscaba alternativas tácticas. No movía piezas, sólo nombres. Moría con la suya, y así fue.
    
     Es muy probable que, como dijo Arruabarrena, mucho no se pueda hacer en tan corto tiempo.  Que el triunfo 3 a 1 frente a Vélez haya sido fácticamente mérito de los jugadores, pero no hay duda de que la mano visible del nuevo DT intervino positiva y significativamente para lograrlo. Porque esos mismos jugadores que días atrás se arrastraban, frente a Vélez, demostraron otro carácter, otra actitud, otras ganas, y eso, es evidencia tangible de la involucración táctica del nuevo cuerpo técnico, por más corto que haya sido el tiempo.
    
     ¿Qué hizo el Vasco? Fácil. Con sólo ver al Boca de Bianchi por televisión, notó su déficit principal: la sideral distancia entre la primera línea de 4 y la segunda. Entre sus defensores y sus volantes. Entre el Cata Díaz y Bravo. Allí se generaban todos los males que provocaba el rival porque era zona de recepción cómoda y directa para los volantes y delanteros ajenos. Una zona que quedaba peligrosamente desierta en tres cuartos del campo propio y que dejaba expuestos a defensores que ya no están biológicamente para arreglárselas solos. Mano a mano. Entonces, Arruabarrena movió el casillero: de movida cambió el 4-4-2 bianchesco por un 4-1-4-1, que en primera instancia pareciera más de lo mismo, pero no, porque provocó pequeños grandes cambios funcionales. Dispuso al Pichi Erbes, hombre de idiosincrasia boquense, casi entre los centrales, para protegerlos, para arroparlos, y le dio resultado: la dupla central no sólo no sufrió, sino que además jugó un gran partido (gol de Díaz incluído). Así, liberó sobre todo a Gago para que juegue y dejó a Meli un poco más retraído, aunque con algunas licencias, e intentó que los dos extremos, Acosta y Carrizo, fueran delanteros en la posesión y volantes tras la pérdida, tratando de mutar a un 4-3-3 en ataque. Sin embargo, ambos cumplieron más con la segunda que con la primera de las funciones y dejaron aislado a Calleri, único delantero, que igualmente se las arregló con hidalguía en la soledad.
     
     Con esos simples movimientos y utilizando a cada uno de los intérpretes en su posición natural, sin impostaciones ocasionales, Arruabarrena logró generar un cambio, desde el funcionamiento y, fundamentalmente, desde la actitud. Es cierto e indudable que hay mucho para mejorar: como el despliegue y el recorrido de los extremos para que puedan ser finalmente la compañía que el punta necesita –habrá que ver si seguirá utilizando el mismo sistema-, o de qué manera, con qué estrategias y movimientos se intentará penetrar por los pasillos del rival cuando se lo ataque; pero ya habrá tiempo para eso. Por lo pronto, y más allá de la victoria, era importante un poco de orden en el desorden, llevar algo de agua a ese desierto futbolístico que era Boca. Se consiguió rápidamente, ahora empieza lo más difícil: mantenerse y mejorar.     


Ramiro Fossaceca.

martes, 19 de agosto de 2014

El nuevo River

     “Si todo va bien, este año vas a ver un nuevo River”, me dijo hace poco un integrante del cuerpo técnico de Marcelo Gallardo, justo en la previa del partido con Ferro, por la Copa Argentina, hace no más de 20 días. Sin embargo, luego del partido en el que el equipo se clasificó a los octavos de final recién en la tanda de los penales, sinceramente dudé. Como, estoy seguro, habrían dudado todos.

     Es cierto, recién empezaba el embarco del “Muñeco” al mando de uno de los timones más pesados y difíciles de manejar de la Argentina, pero lo mostrado ese día no hacía ilusionar mucho a nadie de cara al futuro inmediato. Y lo que vino más tarde, tampoco: un empate sin luces en La Plata ante el combativo Gimnasia de Troglio, en el que sumó de a uno, pudo ser de a tres, pero desde el rendimiento, otra vez no había sumado.

     Hasta que llegó el primer partido en casa, en el Monumental. Ese que el ahora técnico de River había pisado por última vez el 15 de mayo de 2010, pero como jugador, y en el que, además, se había quedado con las ganas de despedirse de su gente, porque un desvirtuado partido (River perdió 5 a 1 frente a Tigre) obligó a Cappa, por aquel entonces técnico del equipo, a meter mano durante el partido en sectores más específicos de la estructura táctica, olvidándose así de la despedida del ídolo.
                               
                     

     Entonces, este primer partido, con su gente ovacionándolo, fue, al fin, el punto de partida para ver a ese nuevo River que me habían anunciado unos días atrás. Ese River distinto. Pero distinto del de los últimos años, esos de malaria y vacas flacas, no del River de siempre, del histórico, del más ganador del fútbol argentino, ese que forjó un paladar exquisito en el gusto de sus hinchas.

     Y es que ayer, este equipo, superó ampliamente a su última versión, superó al campeón, se superó a sí mismo. Mostró una cara mucho más ofensiva, pero también ordenada. Avasalló a un Rosario Central que jamás le encontró la vuelta al asunto, pese a los rápidos cambios de su entrenador. Donatti y Berra, los dos centrales rosarinos, altos y exageradamente lentos, sufrieron la movilidad y la técnica del tándem Piscu-Mora-Teo, que encontraban espacios por todos lados para moverse a piacere.

     Pero ojo, porque River no fue sólo eso. No fueron sólo los tres de arriba los que hicieron la diferencia. La clave estuvo en la estructura, en la columna vertebral tan importante en el funcionamiento de un equipo y que Gallardo se animó a cambiar casi por completo, en apenas 7 días. River se armó desde abajo: la dupla central, con Maidana manteniéndose al tope de su nivel y con Ramiro Funes Mori, que desde el aquel gol a Boca parece haber redimido un apellido tan condenado como el suyo. La estructura avanza, y en ella aparece Matías Kranevitter, eje, dueño y señor del mediocampo, con mucha recuperación, pase corto y al pie, y, más adelante, apenas unos metros, muy cerca, Ariel Rojas y Carlos Sánchez. Socios incansables: el primero más técnico y permanente canal de salida limpia para los delanteros, y el segundo puro vértigo y sacrificio, pero sin desentonar en la música que propone el equipo con la pelota. Desde ahí parece estar construyéndose el nuevo River, que, obviamente, finaliza su recorrido capitalizando ese trabajo en la ejecución del tándem de arriba mencionado líneas atrás.

     Esa parece ser la idea de Gallardo: agruparse para ocupar espacios cuando se pierde la pelota, cerrando a Rojas y Sánchez cerquita de Kranevitter, y mucha movilidad y paciencia cuando se recupera, apostando a la jerarquía de los de arriba, pero también proyectando las bandas con Mercado y Vangioni. Ese es el nuevo River, el que hace no tanto tiempo me habían anunciado, y que, a partir de ayer, los hinchas de River empezaron a ver. Veremos si se mantiene en el tiempo, pero vale la pena ilusionarse.




Ramiro Fossaceca

sábado, 19 de abril de 2014

Relativismo

     El torneo argentino y otra vez la misma historia. Otra vez a pocas fechas del final y todos amontonados ahí sobre la punta de la tabla, perdidos, difíciles de distinguir. Y otra vez con pocos puntos. Porque se los reparten fecha tras fecha. Porque cualquiera le gana a cualquiera y así la totalidad se disemina entre todos y va a dejar, ineludiblemente, a quien se quede con el título, otra vez con una suma muy baja en tanto números.

    Recordemos: el Torneo Inicial 2013 se lo llevó San Lorenzo en la última fecha con apenas 33 puntos. Sin ganar ningunos de los últimos 3 partidos el Ciclón sobrepasó a Vélez por un punto y se quedó con la Copa Miguel Benancio Sánchez. Situación que indignó, por ejemplo, a los amantes del fútbol español, en donde 2 equipos (hoy por suerte son 3) se asesinan a puntos, pelean por quién de los dos bate más records, y relegan al resto a dirimirse, apenas, un lugar en las copas europeas. Aquí las cosas, afortunadamente, son diferentes.

    Si bien son varios los debates que pueden abrirse en una situación como ésta: si es realmente aquí el campeón el mejor equipo, si los torneos debieran ser largos para encontrar en el más regular al mejor, o si la paridad reinante denota un bajo o un alto nivel en cuanto al juego. Nosotros deberemos tomar un camino, deberemos seguir una línea para no perdernos entre todos estos interrogantes que, muy probablemente, a final de campeonato se discutirán.


    Lo que se ve claramente acá es que el campeón, no necesaria ni exclusivamente, será el mejor. No deberá ser el mejor en tanto equipo, ni el que mejor juega, ni el más regular. Como dijimos, acá cualquiera le gana a cualquiera. Lejos, muy lejos, estamos de la regularidad. Diría, y a riesgo de ser castigado al hacerlo, que en este torneo, ya poco importa la identidad y los planteos. Ya no. A esta altura no. Pero ojo -y por eso aclaro-, porque no es que diga que las ideas y el trabajo para mí no sean importantes. Lo son, y muy, pero hablo de este momento, de este torneo. Redundo e insisto porque quiero ser claro. No quiero dejar cabos sueltos. Lo que se repite se piensa dos veces, y a eso apunto. Entonces, que hay mejores equipos que otros no hay dudas. Pero aquí, hoy, no hay nada que garantice nada. O algo que garantice algo. Aquí saldrá campeón el que termine puntero la última fecha, sólo ese. No el mejor. O no necesariamente el mejor. Puede ser cualquiera. Hoy son 8 equipos los que, al finalizar la fecha 15, pueden ser punteros. Y así será hasta el final. El relativismo se ha adueñado de nuestro fútbol, podríamos decir. Si eso es bueno o malo, no lo sabemos.




Ramiro Fossaceca.