
Esta vez fueron los de Colón, pero ayer fueron los de Unión y anteayer
fueron otros. Porque Colón y Unión son apenas números en la lista de los más
recientes, una lista que puede sobrepasar tranquilamente la suma de los dedos
de nuestras manos con sólo apelar a la memoria emotiva de los últimos años de
festejos deportivos. Es la irracionalidad racionalizada. Es la lógica imperante,
consciente, devenida en violencia física contra los propios. Ya no hay
alambrado que aguante al aguante, ya no hay resistencia que pueda oponerse e
imponerse a esos saqueadores de indumentaria oficial denominados “hinchas”.
Uno de los principales problemas del hincha en general –no solamente de los
llamados barras- es su psicosis, su irreal sensación de inmunidad. Cree que las
buenas son un producto exclusivamente suyo y que en las malas es el único que
está presente. No se reconoce, más bien se desconoce. El “festejo” de los hinchas de Colón robándoles
todo a sus jugadores, forzando al árbitro del partido, a sus asistentes y hasta
a su propio cuerpo comandado por Reinaldo Merlo a refugiarse y salir escoltados
por la policía, es una imagen elocuente de esto y del deterioro progresivo que
hemos venido sufriendo como sociedad futbolera. Un momento que debiera ser de
felicidad, como la obtención de un ascenso a la máxima categoría del fútbol
argentino, es robado por personajes ajenos que se atribuyen todos los logros
desde un papel secundario al juego.
Es una escena repetida, que lamentablemente naturalizamos y que va más allá
de los colores de camiseta que se lleven; escapa a ellas. Todas las hinchadas –insisto,
diría que todos los hinchas- manejan la misma lógica. Es una cuestión cultural.
Es evidente que hay quienes pueden mantenerse mejor dentro los parámetros
morales de una sociedad como la nuestra, pero están quienes las transgreden
para respetar sus propios códigos, esos que son manejados dentro de su medio y a
los cuales no pueden traicionar.
Pero si bien éstos últimos suelen superar los límites de lo imaginario, aquellos
que no lo hacen conviven con la misma lógica, una lógica predominante: la del
aguante. Una subcultura donde factores como “la pasión”, el “cómo se vive el
fútbol acá” y otras yerbas parecidas funcionan como sostenes fundamentales y
aquí, como en tantos otros lugares, tienen una significación totalmente
positiva.
Los hinchas creen tener un papel preponderante en el logro obtenido, pero
al encontrarse ubicados en la periferia de donde se dirimen las cuestiones (el
campo de juego) sienten que deben intervenir para ser reconocidos. Para que se
hable de ellos. Es en esa invasión en donde logran coronar su participación en
el triunfo: si no invaden, la historia los dejará afuera. El relato épico no los
incluirá y el héroe terminará siendo alguien que seguramente “no siente los
colores como ellos” o que “está de paso” y eso, para ellos, es inaceptable. Los
únicos que merecen el logro son ellos. Hay una necesidad de forzar a la
historia a incluirlos, porque son ellos los verdaderos artífices de los éxitos,
los que están en las buenas y en las malas y lo que menos merecen por ello es
su meritorio y consagratorio souvenir, para finalmente estar dentro de la anécdota
cuando ésta sea contada.
Todos lo que tengan una mirada diferente, quizás menos pasional, están obligados a intervenir para cambiar toda esta miseria, porque en la medida que sigamos naturalizando las invasiones, los saqueos, los piedrazos… nada cambiará; es más, nos veremos obligados a presenciar su condición dialéctica, su superación, que implicará, necesariamente, todavía más transgresiones a los parámetros exclusivamente deportivos, desconociendo la magnitud del final de todo.
Ramiro Fossaceca
Excelente !!!, lo comparto! Me gusta el camino de la reflexión que se pretende, cuando el pensamiento interpela las conductas humanas, naturalizadas " como lo esperable," auspician posibilidades de cambio, felicitaciones !!!!
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