lunes, 20 de octubre de 2014

El Folklore

     Con el clásico rosarino, los posteriores homicidios que ocurrieron en la ciudad de Rosario y el enfrentamiento dialéctico y gestual entre el arquero de Belgrano, Olave, y la hinchada de River, la temática del folclore del fútbol volvió a estar en boga. ¿Hasta qué punto es permitido dicho folclore? ¿Los protagonistas –entendiendo por éstos no sólo a jugadores sino también a técnicos, dirigentes y por qué no periodistas- pueden entrar en esa lógica o deben mantenerse aislados? ¿Tiene que ver con la violencia? ¿La desata o ésta es sólo una cuestión de quién no sabe interpretarlo? Son demasiados interrogantes, es cierto, pero la temática los requiere; se envuelve en complejidad porque involucra a diferentes sectores sociales y porque va mucho más allá del fútbol, es inherente a como todos entendemos las cosas de maneras distintas.

     Pero si hablamos de los protagonistas, debemos poner el ojo en las actitudes anti-deportivas de Ignacio Scocco y Juan Carlos Olave. A juzgar por las sensaciones de algunos, seguramente éstas serán entendidas  como típicas de lo folclórico y que, para ellos, no debieran ser condenables siempre y cuando sean bien entendidas, porque forman parte del juego. Es lógico, (repito, para algunos) pensar que este jugueteo de chicanas es sano y que su intervención en el accionar de los “inadaptados” barras bravas es nula. Se supone, entonces, ingenuamente, que esos cánticos, chicanas, gesticulaciones, provocaciones que, en su mayoría, son machistas, homofóbicos, xenofóbicos, discriminatorios y que contienen una gran carga de violencia simbólica, no determinan actitudes posteriores que transgreden lo imaginario.

   
     Antes de proseguir, hay que aclarar que aquí nadie tiene nada en contra del famoso folclore. Los hinchas “adaptados” a los parámetros morales de una cultura como la nuestra seguramente puedan disfrutar muchísimo de sus ocurrencias futboleras, más allá de alguna bronca desmedida digna de un momento de irritación. Pero los protagonistas no pueden inmiscuirse. Lo peor que le puede pasar al jugador es entrar en la lógica del hincha. El gesto de Scocco al árbitro, en el cual menea su mano insinuando un posible “robo” de su parte luego haber fingido un penal, fue producto de eso. Ni el mismo Scocco creyó el gesto que hizo, como tampoco creyó su posterior improperio de acusar al juez de “ladrón”; pero la necesidad de mostrarse hincha, además de jugador, le ganó.

     A favor de Scocco, vale decir que el jugador entra en esa lógica casi sin querer. El hincha le pide al futbolista que juegue como si fuese él, que lo represente, porque en él deposita todas sus frustraciones existenciales y es él quien quisiera y debiera estar dentro de la cancha en su lugar. Entonces, si el jugador no demuestra que es tan hincha como el que está en la tribuna, si no demuestra que ama tanto la camiseta como él, el hincha lo condena. Y entonces el jugador, inevitablemente, entra en ese círculo y se descontrola: actúa violentamente contra un colega suyo -hoy adversario quizás mañana compañero-, hace gestos provocativos a la tribuna rival, insulta al árbitro, se pelea con sus compañeros...

     Pero, paradójicamente, estas actitudes tampoco calman al hincha, más bien lo exacerban. Lo que el hincha pide del jugador, no lo tranquiliza, lo altera, porque así se siente todavía más enemigo de su rival, de ese otro que tiene que lo hace ser quien es. Y esto se potencia inimaginablemente si el equipo sufre un gol en contra o el árbitro empieza, a juicio del hincha, a perjudicarlo. Ahí se vuelve incontrolable.

     Aunque suene exagerado allí es donde quienes profesan la cultura de la violencia accionan. Pero atención, porque no hay que confundirse, éstos no son violentos por naturaleza. Fueron formándose en un sistema violento, donde la violencia forma parte de un modo de vida, donde está naturalizada y donde a raíz de ésta obtienen un reconocimiento social dentro de su núcleo de pertenencia. Pero ese es, quizás, otro tema…



     
     Volviendo al papel que juegan los protagonistas, lo mismo sucede con el caso Olave. Los cánticos y silbidos de la hinchada de River en contra del arquero forman parte del entendimiento del hincha, de su razón de ser. Nada tienen que ver con el jugador. El hincha vive de eso, el jugador no. El hincha vive de alentar, de cantar, de insultar; el jugador vive de su rendimiento dentro del campo, de su profesionalismo. Olave no debió entrar en eso. Pero preso de sentirse blanco de todos los insultos, conjugado con los tres goles que sufrió, lo llevaron a responder, primero con gestos provocativos y luego, todavía más condenable, con declaraciones a la prensa en las cuales subió la apuesta: “Yo no me olvido que quemaron su cancha cuando se fueron a la B”. Innecesario.

     Con esto nadie está culpando a los jugadores de las actitudes violentas de los demás. Como nadie culpa al fútbol de la violencia de una sociedad. Sólo son partes. El fútbol es un reflejo de lo que pasa afuera, y los jugadores, aunque no puedan o no quieran asumir el papel de figuras públicas que son, tienen una responsabilidad social. Deben hacer el esfuerzo por ser ejemplo. Para cambiar el general de la sociedad debemos empezar por sus partículas, y el fútbol es una de ellas. Es difícil, lo sé, porque todos crecemos en esa “cultura del aguante” que rodea al fútbol y en la que está involucrada hasta la policía. Pero los jugadores deben jugar al fútbol, al juego, y deben ser formados, durante su proceso formativo, para ser profesionales y puedan evitar así ser también actores de lo externo. Lo mismo para dirigentes y árbitros, y para el periodismo que debe, necesariamente, trasmitir un mensaje correcto, aunque ese mensaje implique, quizás, un cambio de paradigma con el que algunos no estén de acuerdo.

     Por eso, todo bien con el folclore del fútbol; pero a mi me gusta más el fútbol.



Ramiro Fossaceca.

lunes, 6 de octubre de 2014

El clásico que no fue



     Otra vez la lluvia. Otra vez el campo de juego. Otra vez las dudas. Y otra vez, desgraciadamente, no hubo fútbol. O por lo menos lo que algunos entendemos por fútbol y todo lo que éste conlleva: tácticas, estrategias, combinaciones, sociedades, duelos… Eso por lo que los entrenadores descalabran sus neuronas semana a semana para trabajar los partidos. Eso que habían preparado, finalmente, ayer no pudo llevarse a cabo y todo lo pensado, lo previamente estipulado, los estratagemas imaginados se derrumbaron hacia la nada, o mejor dicho, se ahogaron, porque ayer no hubo fútbol por culpa, otra vez, del agua.

     Es cierto, también, que cuando las condiciones o los imponderables propios de cada partido descompaginan esas ideas pensadas en la previa se vuelve indispensable tener un plan B. Es necesario tener uno, por si los meteorólogos no se equivocan. Porque eso también forma parte del juego y las estrategias. Forma parte de lo que rodea, lo externo que siempre influye y gusta tanto, porque “así es el fútbol” y a la vez exacerba esa dinámica de lo impensado que éste tiene, esa de la que hablaba Panzeri. Y porque es allí donde el que mejor sabe adaptarse a estos factores externos, indudablemente influyentes, saldrá mejor parado.
     
     Como pasó con Arsenal, River sufrió con Boca de esta imposición climática y careció de un segundo plan, por lo menos en el inicio del partido. Porque el agua va a contramano de lo que intenta proponer sobre el campo, pero, sin embargo, igualmente lo intentó. El juego por abajo, al ras del suelo, con triangulaciones que ya se volvieron sociedades tripartitas por ambas bandas, devienen en quiebra con el agua acumulada bajo el césped, porque la pelota no sigue su curso natural, hace lo que quiere. Pero River no se resignó y otra vez resbaló con el mismo charco. En cambio, en Boca, se acomodaron enseguida. Tal vez sea porque su plan A no difería mucho de lo que a posteriori tuvo que improvisar. La idea del Vasco de todos modos hubiera sido esa, o al menos, similar. Esperar y salir con pelotazos cruzados a espaldas de Mercado y Vangioni, que en esta versión riverplatense tienden a adelantar sus líneas. Por eso Boca se acomodó mejor, porque las condiciones externas tenían más que ver con lo suyo, con su idea previa, con lo que su técnico había pensado por partido. La de River era otra e intentó llevarla a cabo. A lo mejor, en Nuñez no esperaban que hubiera tanta agua acumulada o quizá la internalización de la idea del DT sea tan fuerte y esté tan arraigada que cueste horrores desprenderse de ella así nomás. Lo cierto es que River intentó de todos modos la suya, a la fuerza; Boca se acomodó mejor y se llevó el primer tiempo con justicia.
    


     El error de Vigliano en el penal y expulsión de Gago sin dudas fue determinante, porque condicionó a Boca a jugar con un jugador menos durante gran parte del partido. Pero no deja de ser real también que para entonces, con la ventaja en el resultado, el equipo de Arruabarrena ya había tomado una postura netamente defensiva, y Gallardo y compañía ya habían entendido que el asunto venía por otro lado: había que apostar a llevar la pelota lo más rápido posible a campo contrario y por arriba, para forzar el error defensivo del rival y generar ocasiones desde ahí. Porque mientras más lejos esté la pelota de mi arco, menos posibilidades habrá de que me equivoque y me hagan goles, y mientras más cerca esté del otro, más chances tendré de hacerlos yo. Así de precario era el análisis, y así de pragmáticos el método y su ejecución. Como si estuviésemos en los inicios del fútbol, en los del pragmatismo inglés. Pero no quedaba otra: pelotazo largo y a la marchanta, que se equivoque el otro. Y aquí a Boca es donde más cómodo se lo vio, aunque a partir del gol de Magallán y más aún tras la expulsión de Gago, River monologó el desarrollo, con la vergüenza de traicionar su estilo.

     
     El segundo tiempo fue igual que la última parte del primero. Así, de entrada nomás hubo movimientos de emergencia. El Vasco acomodó las fichas en la inferioridad numérica y metió defensor (Insúa) por volante-delantero (Carrizo), y el Muñeco delantero (Boyé) por defensor (Vangioni), cambios que denotaban cómo sería la dinámica de lo que restaba por jugarse. Más tarde, en el summum de la interpretación, Gallardo metió exóticamente a Pezzella de número 9 y sorprendió a todos, aunque el cambio formara parte de la idea dominante, de lo que el partido pedía: ir exclusivamente por arriba. Ya nada parecía descabellado en un juego que lo era desde el momento que empezó a jugarse. Y milagrosamente, de la cabeza del central devenido en delantero, vino el empate millonario, que terminó siendo justo por el no-desarrollo del juego y porque los dos hicieron un buen partido dentro de lo que el partido les permitió. Brindaron un gran espectáculo, aunque no por características puramente futbolísticas, sino más bien épicas. Fue vibrante y dramático hasta el final. Un clásico. Un superclásico. Los errores de Vigliano fueron determinantes e influyeron, sí, pero nadie sabe hasta dónde las cosas hubieran sido diferentes de no haber existido la expulsión del volante de la selección argentina, como nadie sabe ni tampoco sabrá cómo habría sido el desarrollo si no hubiese llovido, si el campo hubiera estado en excelentes condiciones, bajo un sol radiante y los equipos hubieran podido aplicar en el juego el trabajo de la semana. Estaríamos hablando de un juego que no fue, ni, por desgracia, será. Poco más hay para analizar de un día en donde la táctica se inundó en las aguas porteñas y sólo quedó lugar para la improvisación, la suerte, los errores y los chapuzones.


Ramiro Fossaceca