Pasada la primera fecha del
campeonato creemos que es justo esbozar, al menos, un primer y corto análisis
sobre lo sucedido el pasado fin de semana. Y decimos corto porque estamos
recién en el comienzo y por eso lo que no sería justo de nuestra parte es hacer
una sentencia que abarque un todo cuando lo que pasó fue solamente una parte. Un
pequeño análisis de lo que se dejó ver, ya que todavía queda mucho camino por
recorrer -nada más ni nada menos que 29
fechas- y habrá que ir transitándolo para conocerlo poco a poco, pero que en su
ración iniciática mostró algo de lo que se preveía.
¿Y por qué decimos que mostró
algo de lo que se preveía? Porque creemos que lo que se esperaba, o por lo
menos en nuestro caso, era, precisamente, una notoria diferencia de jerarquía
entre los equipos que estaban y los que se sumaron. Más allá de la, en su
momento, polémica aprobación -de la cual hoy ningún dirigente parece hacerse
cargo-, ese era uno de los puntos más cuestionables. Una idea de diferencia
física-táctica-técnica entre los participantes, que el inevitable comienzo del
torneo capitalizó, haciendo que lo abstracto cediera ante lo fáctico y quedara
comprobado, al menos, momentáneamente.
El primer partido del torneo
fue un anuncio. El Velez – Aldosivi del viernes fue 2 a 0 para los locales,
pero la sensación que sobrevoló Liniers fue de goleada conceptual: un equipo
que fue más rápido, que llegaba siempre primero, que ganaba las divididas, las
segundas pelotas, que encontraba espacios entre líneas y lastimaba… en fin: de
otra categoría; y otro que, más allá de algún momento de entusiasmo por
encontrarse en superioridad numérica, sufrió el partido. Y lo que siguió en la
fecha fue su correlato, porque el sábado San Lorenzo hizo lo propio con Colón
de Santa Fe, y el domingo, River le dio una lección de fútbol, autoridad y
contundencia a Sarmiento de Junín, demostrándole que con orden y voluntad no
alcanza para jugar en Primera.
En el ansioso análisis que
proponemos, pareciera anunciarse una imagen de insuficiencia, de que el torneo va
a quedarse corto y los descensos no le alcanzarán. Que los que a la larga van a
merecer descender finalmente no lo harán, pero sólo por una cuestión
cuantitativa y no cualitativa, como debiera ser y como lo es en la mayor parte
de las ligas del mundo. Es que la primera sensación nos tiró por la cabeza la
idea de que no todos están a la altura de la Primera División de un fútbol tan competitivo
como el argentino. Y que, quizás, sea esa misma competitividad la que podrá ir
diluyéndose con la participación de equipos que no están en condiciones enfrentarla.
Es una cuestión exclusivamente deportiva. Porque, además, engaña a los otros, a
los que al enfrentarse a rivales de menor envergadura se lucen con caños y
sombreros, haciéndolos creer una falsa realidad que no hará más que demorar su
evolución, estancándolos. Y porque hay una cosa que es cierta: se mejora
jugando contra los mejores, pero mientras tanto, ¿qué pasa con los mejores?
El torneo es largo y, como
dijimos, habrá que caminarlo para conocerlo, para internalizarlo, para terminar
de digerirlo por pesado que haya caído. Condenarlo sería un error que no nos
permitiría disfrutarlo y eso sería imperdonable. Es natural (cultural) el rechazo
ante situaciones experimentales desconocidas. Lo nuevo no gusta, casi nunca,
porque moviliza estructuras psíquicas y obliga a restructurarlas. Porque uno
actúa, opina, decide y elige a partir, y en función, de su experiencia. Y así
como nadie necesita de lo que desconoce, tampoco nadie ama lo que no conoce;
por eso es imposible amar a este torneo tan prontamente, porque todo juicio
será sesgado y tendencioso hasta que nos familiaricemos con él, hasta que lo
conozcamos.
Por eso, creemos que, más allá
de estas primeras impresiones, necesarias para motivar un cambio, sería justo
darle a este nuevo formato de competición la oportunidad del tiempo, dejarlo
que siga su curso y que, a través de él, intente convencernos. Desafiarlo a que
nos demuestre que un torneo que pareciera haber empezado con el mero fin de
extinguirse, puede hacernos cambiar de opinión. A lo mejor, más adelante
estemos hablando de una competencia que, al bajar el ritmo vertiginoso de los
torneos cortos, terminó dándoles a los entrenadores el tiempo de trabajo necesario,
ese que tanto reclaman para conseguir los resultados que tanto se les exigen.
Y, ojalá, cuando llegue ese momento este primer y fugaz análisis quede olvidado
entre otros tantos insignificantes. Pero para eso habrá que darle tiempo. Y esperar,
en el fútbol, es lo que menos gusta.
Ramiro Fossaceca
