jueves, 19 de febrero de 2015

Un primer análisis


     Pasada la primera fecha del campeonato creemos que es justo esbozar, al menos, un primer y corto análisis sobre lo sucedido el pasado fin de semana. Y decimos corto porque estamos recién en el comienzo y por eso lo que no sería justo de nuestra parte es hacer una sentencia que abarque un todo cuando lo que pasó fue solamente una parte. Un pequeño análisis de lo que se dejó ver, ya que todavía queda mucho camino por recorrer -nada más ni nada menos  que 29 fechas- y habrá que ir transitándolo para conocerlo poco a poco, pero que en su ración iniciática mostró algo de lo que se preveía.

     ¿Y por qué decimos que mostró algo de lo que se preveía? Porque creemos que lo que se esperaba, o por lo menos en nuestro caso, era, precisamente, una notoria diferencia de jerarquía entre los equipos que estaban y los que se sumaron. Más allá de la, en su momento, polémica aprobación -de la cual hoy ningún dirigente parece hacerse cargo-, ese era uno de los puntos más cuestionables. Una idea de diferencia física-táctica-técnica entre los participantes, que el inevitable comienzo del torneo capitalizó, haciendo que lo abstracto cediera ante lo fáctico y quedara comprobado, al menos, momentáneamente.

     El primer partido del torneo fue un anuncio. El Velez – Aldosivi del viernes fue 2 a 0 para los locales, pero la sensación que sobrevoló Liniers fue de goleada conceptual: un equipo que fue más rápido, que llegaba siempre primero, que ganaba las divididas, las segundas pelotas, que encontraba espacios entre líneas y lastimaba… en fin: de otra categoría; y otro que, más allá de algún momento de entusiasmo por encontrarse en superioridad numérica, sufrió el partido. Y lo que siguió en la fecha fue su correlato, porque el sábado San Lorenzo hizo lo propio con Colón de Santa Fe, y el domingo, River le dio una lección de fútbol, autoridad y contundencia a Sarmiento de Junín, demostrándole que con orden y voluntad no alcanza para jugar en Primera.

     En el ansioso análisis que proponemos, pareciera anunciarse una imagen de insuficiencia, de que el torneo va a quedarse corto y los descensos no le alcanzarán. Que los que a la larga van a merecer descender finalmente no lo harán, pero sólo por una cuestión cuantitativa y no cualitativa, como debiera ser y como lo es en la mayor parte de las ligas del mundo. Es que la primera sensación nos tiró por la cabeza la idea de que no todos están a la altura de la Primera División de un fútbol tan competitivo como el argentino.  Y que, quizás, sea  esa misma competitividad la que podrá ir diluyéndose con la participación de equipos que no están en condiciones enfrentarla. Es una cuestión exclusivamente deportiva. Porque, además, engaña a los otros, a los que al enfrentarse a rivales de menor envergadura se lucen con caños y sombreros, haciéndolos creer una falsa realidad que no hará más que demorar su evolución, estancándolos. Y porque hay una cosa que es cierta: se mejora jugando contra los mejores, pero mientras tanto, ¿qué pasa con los mejores?

     El torneo es largo y, como dijimos, habrá que caminarlo para conocerlo, para internalizarlo, para terminar de digerirlo por pesado que haya caído. Condenarlo sería un error que no nos permitiría disfrutarlo y eso sería imperdonable. Es natural (cultural) el rechazo ante situaciones experimentales desconocidas. Lo nuevo no gusta, casi nunca, porque moviliza estructuras psíquicas y obliga a restructurarlas. Porque uno actúa, opina, decide y elige a partir, y en función, de su experiencia. Y así como nadie necesita de lo que desconoce, tampoco nadie ama lo que no conoce; por eso es imposible amar a este torneo tan prontamente, porque todo juicio será sesgado y tendencioso hasta que nos familiaricemos con él, hasta que lo conozcamos.

     Por eso, creemos que, más allá de estas primeras impresiones, necesarias para motivar un cambio, sería justo darle a este nuevo formato de competición la oportunidad del tiempo, dejarlo que siga su curso y que, a través de él, intente convencernos. Desafiarlo a que nos demuestre que un torneo que pareciera haber empezado con el mero fin de extinguirse, puede hacernos cambiar de opinión. A lo mejor, más adelante estemos hablando de una competencia que, al bajar el ritmo vertiginoso de los torneos cortos, terminó dándoles a los entrenadores el tiempo de trabajo necesario, ese que tanto reclaman para conseguir los resultados que tanto se les exigen. Y, ojalá, cuando llegue ese momento este primer y fugaz análisis quede olvidado entre otros tantos insignificantes. Pero para eso habrá que darle tiempo. Y esperar, en el fútbol, es lo que menos gusta.



Ramiro Fossaceca

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