Se dice que el
fútbol se mueve por modas. Y aunque en principio la frase me parezca acertada,
siento que moda suena a
superficialidad, a banalidad, y es eso, justamente, lo que creo que las ideas futbolísticas
no tienen. Tal vez el término paradigmas se ajuste más, ya que estos
son los que vienen a romper con lo establecido y se mantienen; las modas,
aunque vuelven, son efímeras.
El fútbol
convive diariamente con distintos dogmas, que van volviéndose tendencia según
sea el contexto histórico que lo envuelve. Está cargado de ideologías, de
fundamentalismos, pero que para demostrarlos y poder convencer a las masas
futboleras hacen falta trabajo y, lamentablemente, resultados. Sí, resultados.
Trabajo y resultados. Porque es cierto que los paradigmas los rompen las ideas
revolucionarias, esas que llegan para reemplazar a las que, en otros momentos y
contextos, lograron instalarse como verdades absolutas, pero lo hacen
necesariamente de la mano de las estadísticas favorables. Sin ellas, las
vísperas detienen las revoluciones y no hay superación posible; y así, los más
románticos sufren la nostalgia de no haber podido ver sus pensamientos reinar y
los conservadores de turno blindan los suyos hasta nuevo aviso ante el fallido
progresista.
Estas construcciones
que viven luchando por el sentido de las cosas hoy parecen estar en pleno proceso de superación.
Hay un paradigma que viene rompiéndose desde la irrupción del Barcelona de
Guardiola, que tuvo su correlato en el último Mundial de Brasil y aquí, en
Argentina, ha mostrado signos embrionarios en el torneo pasado: es la nueva moda.
Los principios desde los cuales el fútbol empieza a concebirse se encuentran en
una dialéctica que viene dejando atrás esa noción en la cual todo parte de la seguridad
defensiva y está dándole paso a la concepción del juego como un todo complejo.
El fútbol como un todo, compuesto por cuatro pasajes temporales que no pueden
desprenderse entre sí: el ataque, la defensa y las transiciones ataque-defensa
(momento en el que se pierde la posesión de la pelota) y defensa-ataque
(momento en el que se recupera). Una concepción integradora que lejos de
fragmentar el juego lo aúna para poder entenderlo como la interacción de todos
los componentes que lo conforman y, desde allí, lo están haciendo evolucionar.
Es en este marco
que hoy ha resurgido el clásico debate sobre el jugar bien y qué es lo que
realmente eso significa, sin encontrar, por supuesto, la verdadera respuesta a
la cuestión. Porque lo importante no es la idea en sí misma, sino las ideas,
que haya muchas y se mantengan en continuo movimiento para seguir creciendo y
superándose.
Así funciona el
mundo: nada es exclusivamente del fútbol, porque el fútbol es la vida aplicada
al fútbol; es la historia misma la que lo lleva de su mano. Son contextos, es
nuestra cultura y su evolución, nuestra experiencia, nuestra manera de ver las
cosas, nuestra interacción con los demás, nuestro estilo de vida lo que
trasladaremos a él para jugarlo, para entrenarlo y hasta para analizarlo. A lo
sumo, será la interacción constante con él la que nos hará crecer juntos,
retroalimentándonos. Pero él no nació sin nosotros, por lo cual sólo nosotros
somos los que podemos cambiarlo o mantenerlo, según el momento y lo que
queramos de y para él.
Pero para eso necesitamos
que los paradigmas no cambien sólo por motivación de los resultados, sino por
las ideas que puedan generarlos. Los procesos, los caminos, el trayecto hacia
ellos son los que deben generar en nosotros la motivación de un cambio posible;
debemos disfrutar de esa parte que estamos suprimiendo, esa que en tiempos de
híper-dinamismo nos queremos ahorrar, sintetizando todo en el resultado
inmediato sin que subyazca nada.
Los grandes
relatos han perdido terreno y la incertidumbre crece como la única certeza. Ya
no hay verdades absolutas, pero sí verdades que nos identifican y allí es donde
debemos encontrar el placer por este juego: en nuestras convicciones reflejadas
en una cancha de fútbol. La posibilidad de cambiarlas estará siempre presente, porque
éstas pueden superarse y superarnos, pero lo importante es que estén dentro
nuestro, que podamos sentirlas propias. Esa es la esencia, la única realidad.
El resultado debe ser sólo la consecuencia de algo y no morir en sí mismo, si
no, ¿qué sentido tiene todo? Pero para
eso tenemos que volver a respetarlas, a creer en ellas y destronar al resultado
del sillón de la Verdad; que sólo sea la parte final, la consecuencia. Porque
no somos lo que tenemos, sino cómo intentamos conseguirlo.
Ramiro Fossaceca

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