River se ahogó y no precisamente en
un vaso de agua. En todo caso, podríamos decir, que lo hizo en una cancha que otra
vez sufrió el castigo de la lluvia bonaerense y acumuló muchísima agua debajo
el césped. Entonces, ese partido que hace casi 15 días -supuestamente- el
equipo de Gallardo “no quería jugar” por ser el agua y el barro impedimentos
importantes para el buen desarrollo de su juego, ayer impuso las mismas
condiciones y pasó factura.
Ese rumor que declaramos como un supuesto porque desde Nuñez siempre lo descartaron, tiene una lógica muy previsible, porque si bien es cierto que la idea futbolística que propone el equipo necesita de un campo mojado, para agilizar el ritmo del juego e imponer el vértigo en la elaboración de
las jugadas, no sirve si éste está inundado, ya que así produce un efecto totalmente contrario: lo frena, lo enlentece, genera imprecisiones; eso, indudablemente, favoreció a Arsenal.
Ya Palermo había dicho en la previa que saldría a ofrecer una especie de
contratáctica, que anulara los puntos altos del funcionamiento individual y
colectivo del puntero del campeonato. En principio plantó las características
dos líneas de cuatro y ubicó a Zelaya y Palacios para que se las arreglaran
solos arriba. Hasta aquí todo normal, lo que más o menos podía esperarse de un equipo
que no dispone de las misma armas futbolísticas que el otro: esperar agrupado y
salir rápidamente de contra por los costados o con los delanteros. Pero no, la
clave estuvo en otro lado, la clave estuvo en cómo el exgoleador de Boca se
propuso anular al rival, ganarle psicológicamente, cansarlo, hasta hacerlo perder en
un laberinto pergeñado.
Si nos preguntáramos cuáles son las características fundamentales de
este River puntero y sensación del torneo, creo que casi al unísono podríamos
decir que la presión en campo rival, el buen manejo de pelota -y todo lo que
eso conlleva-, y la contundencia son los pilares exclusivos de su buen momento.
Bien, porque eso fue precisamente lo que anularon el campo de juego y Palermo. Es que el buen manejo de
pelota se vio afectado por el agua, que generaba imprecisiones e incomodidad a la
hora de trasladarla. Aunque eso fue sólo en primera instancia, porque a raíz de
eso el equipo enseguida sintió el impacto, entró en un espiral negativo y de
desconfianza, perdió la brújula y la no-contundencia en las pocas que ocasionó fue consecuencia de ello.
Además, que no pudiera presionar en campo adversario fue clave y tuvo que ver con lo que propuso Arsenal. River intentaba alcanzar el arco de Andrada
activando sus típicas sociedades pero no hacía pie, y apenas los de Sarandí
recuperaban la bola buscaban el horizonte, para no darle tiempo a la voracidad millonaria. De este modo, Pisculichi, Mora, Rojas, Teo, Sánchez o a quien anduviera por
la zona de presión, quedaban pagando. Llegaban siempre tarde y corrían de atrás. Así, el
arco de Barovero quedaba lejos para volver a recuperarla y empezó a correr
más de la cuenta, con trayectorias largas y pesadas, en vez de cortas y
dinámicas. En este marco, devino imprescindible el trabajo de Zelaya aguantando
todo lo que se le tiró y Palacios con su velocidad corriéndolas todas (así
generó el penal), para que River perdiera la pelota y pensara más en cómo recuperarla
que en cómo jugar.
Entonces, si sumamos los factores influyentes encontramos un cóctel
conspirativo contra las buenas intenciones de Gallardo y compañía. Como salvedad podemos destacar que con este oscuro
panorama, fue positiva la muestra de carácter para sacar adelante un partido
que se complicó. Tras el penal de Nervo pudo empatarlo enseguida y sacarle 4 puntos a Lanús, que se le
viene el domingo, y luego esperar el superclásico con Boca siete días después. Por
lo pronto, tenía razón Gallardo, River todavía tiene “cosas por mejorar” y ahora
se sabe que así se lo puede complicar.
Ramiro Fossaceca

