Apenas 48 horas. Ese fue el tiempo físico
del que dispuso el flamante director técnico de Boca, Rodolfo Arruabarrena,
para meter mano en un Boca que venía acéfalo desde la conducción y rencontrarlo,
no sólo con los tres puntos, sino con el funcionamiento perdido. Sólo dos días
de trabajo, pero que denotaron la necesidad de este equipo por cambiar de aire:
un par de movimientos tácticos y nominales bastaron para lavarle la cara y
mostrársela limpia al mundo. Para que la vieran. Para que vieran que esos
jugadores no se habían olvidado de jugar, que sólo había que ordenarlos para
encontrarle la vuelta a una quietud sistémica que ya había desgastado a todos.
El Boca de antes, el de esos días, era el
de Bianchi. Un equipo apático, que ya no transmitía nada y que evidenciaba a
cada instante y en cada partido, una retribución inexistente hacia su técnico,
aunque él dijera percibirla. Ya no daba para más. Ya nadie confiaba en que la
historia podría revertirse y no quedaba otro camino que la despedida. El equipo
estaba quieto, cometía domingo a domingo los mismos errores, poniendo de
manifiesto la necedad del DT, que no solo no encontraba sino que no buscaba
alternativas tácticas. No movía piezas, sólo nombres. Moría con la suya, y así
fue.
Es muy probable que, como dijo
Arruabarrena, mucho no se pueda hacer en tan corto tiempo. Que el triunfo 3 a 1 frente a Vélez haya sido
fácticamente mérito de los jugadores, pero no hay duda de que la mano visible
del nuevo DT intervino positiva y significativamente para lograrlo. Porque esos
mismos jugadores que días atrás se arrastraban, frente a Vélez, demostraron
otro carácter, otra actitud, otras ganas, y eso, es evidencia tangible de la
involucración táctica del nuevo cuerpo técnico, por más corto que haya sido el
tiempo.
¿Qué hizo el Vasco? Fácil. Con sólo ver al Boca de Bianchi por televisión, notó
su déficit principal: la sideral distancia entre la primera línea de 4 y la
segunda. Entre sus defensores y sus volantes. Entre el Cata Díaz y Bravo. Allí se generaban todos los males que provocaba
el rival porque era zona de recepción cómoda y directa para los volantes y
delanteros ajenos. Una zona que quedaba peligrosamente desierta en tres cuartos
del campo propio y que dejaba expuestos a defensores que ya no están biológicamente
para arreglárselas solos. Mano a mano. Entonces, Arruabarrena movió el casillero: de movida cambió el 4-4-2 bianchesco por un 4-1-4-1, que en primera
instancia pareciera más de lo mismo, pero no, porque provocó pequeños grandes
cambios funcionales. Dispuso al Pichi
Erbes, hombre de idiosincrasia boquense, casi entre los centrales, para
protegerlos, para arroparlos, y le dio resultado: la dupla central no sólo no
sufrió, sino que además jugó un gran partido (gol de Díaz incluído). Así,
liberó sobre todo a Gago para que juegue y dejó a Meli un poco más retraído,
aunque con algunas licencias, e intentó que los dos extremos, Acosta y Carrizo,
fueran delanteros en la posesión y volantes tras la pérdida, tratando de mutar
a un 4-3-3 en ataque. Sin embargo, ambos cumplieron más con la segunda que con
la primera de las funciones y dejaron aislado a Calleri, único delantero, que
igualmente se las arregló con hidalguía en la soledad.
Con esos simples movimientos y utilizando
a cada uno de los intérpretes en su posición natural, sin impostaciones
ocasionales, Arruabarrena logró generar un cambio, desde el funcionamiento y,
fundamentalmente, desde la actitud. Es cierto e indudable que hay mucho para
mejorar: como el despliegue y el recorrido de los extremos para que puedan ser finalmente
la compañía que el punta necesita –habrá que ver si seguirá utilizando el mismo
sistema-, o de qué manera, con qué estrategias y movimientos se intentará
penetrar por los pasillos del rival cuando se lo ataque; pero ya habrá tiempo
para eso. Por lo pronto, y más allá de la victoria, era importante un poco de orden
en el desorden, llevar algo de agua a ese desierto futbolístico que era Boca.
Se consiguió rápidamente, ahora empieza lo más difícil: mantenerse y mejorar.
Ramiro Fossaceca.

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