lunes, 17 de octubre de 2022

Gallardo y una salida ¿necesaria?

    Hasta ayer a la noche pensaba que el camino más certero para que River recuperase el rumbo perdido en 2022, era que Gallardo siguiera; sin embargo, hoy, empiezo a pensar su salida como algo necesario, una consecuencia natural, un desenlace propio de la naturaleza misma de las cosas.

    En todo este tiempo, Gallardo ha sido un líder con una gran capacidad reflexiva, mostrando siempre  consciencia, lucidez y un enorme sentido de la responsabilidad en cada una de sus palabras, esforzándose no solo por tratar de entender y explicar el mundo que lo rodeaba, sino con la voluntad de cambiarlo o mejorarlo, aún en la victoria.

    Si se tienen en cuenta estas características que hoy cualquier aspirante a líder debiera percatar, no sería ilógico inferir que el Muñeco sintiera, después de un año como este, que su tiempo en River había llegado. Que haya sentido en lo más profundo de su ser que la manera de mejorar o cambiar ese ecosistema del que era parte fundamental fuera, paradójicamente, saliendo de él. Decir adiós para volver a empezar, aunque le doliera el alma.



    Tal vez suene contradictorio, pero a veces creo que ganar o seguir ganando luego de haber ganado, puede hacernos caer en la trampa (y el deseo inconsciente) de la falsa eternidad. A veces ese éxito que sobreviene al éxito solo estira la agonía o demora el dolor que causa la pérdida, haciéndonos aferrar a algo que inevitablemente el tiempo se lleva, aunque intentemos negárselo.

    Las explicaciones deportivas de su salida seguramente sean multicausales, pero también pueden sintetizarse en dos cuestiones muy simples: el tiempo y el plantel. El primero porque desgasta cualquier proceso y el segundo porque, además de haber transitado el peor año de la era, es muy distinto de aquellos últimos que vivenciaron el éxito y elevaron la vara: el éxito y el fracaso no suelen llevarse bien y menos por estas épocas.

    Es decir, con un plantel conformado con pocos referentes de la época dorada (que, además, ya caminan sus últimos pasos) y con jugadores que en su mayoría no fueron parte de ella, pero que a la vez tienen el peso de responderle, empezar de cero es casi una ilusión. El espíritu competitivo puede transmitirse y contagiarse con oratoria y capacidad de liderazgo, pero si eso no se sostiene con resultados que lo confirmen, tarde o temprano termina diluyéndose. Nadie vive de recuerdos, y menos si esos recuerdos son leyendas de otros guerreros.

    Es probable que Gallardo, un líder con una mirada 360 acostumbrado a correrse de la situación para observarla por fuera y en detalle, luego de haber intentado recomponer su hábitat de todos los modos posibles, agotando los movimientos y las estrategias discursivas y retóricas hasta el final, haya entendido que la armonía en toda su amplitud podría volver a encontrarse solo con su salida.

    Los ciclos son ciclos y, como su naturaleza lo indica, en algún momento deben cerrarse, deben morir para que algo nuevo pueda emerger. Y justamente ahí está el secreto que solo los grandes de verdad pueden entender, porque hay dos opciones: podemos aferrarnos hasta dejarlos desaparecer y así evitar el dolor o matarlos antes de que mueran y sentir el impacto que esa huella deja en el corazón. Claro, para matarlos hace falta inteligencia para interpretar cuándo y valor para hacerse cargo, algo que el Muñeco siempre tuvo.