Hasta ayer a la noche pensaba que el camino más certero para que River recuperase el rumbo perdido en 2022, era que Gallardo siguiera; sin embargo, hoy, empiezo a pensar su salida como algo necesario, una consecuencia natural, un desenlace propio de la naturaleza misma de las cosas.
En todo este tiempo, Gallardo ha sido un líder con una gran capacidad reflexiva, mostrando siempre consciencia, lucidez y un enorme sentido de la responsabilidad en cada una de sus palabras, esforzándose no solo por tratar de entender y explicar el mundo que lo rodeaba, sino con la voluntad de cambiarlo o mejorarlo, aún en la victoria.
Si se tienen en
cuenta estas características que hoy cualquier aspirante a líder debiera
percatar, no sería ilógico inferir que el Muñeco sintiera, después de un año
como este, que su tiempo en River había llegado. Que haya sentido en lo más
profundo de su ser que la manera de mejorar o cambiar ese ecosistema del que
era parte fundamental fuera, paradójicamente, saliendo de él. Decir adiós para
volver a empezar, aunque le doliera el alma.
Tal vez suene
contradictorio, pero a veces creo que ganar o seguir ganando luego de haber
ganado, puede hacernos caer en la trampa (y el deseo inconsciente) de la falsa
eternidad. A veces ese éxito que sobreviene al éxito solo estira la agonía o
demora el dolor que causa la pérdida, haciéndonos aferrar a algo que inevitablemente
el tiempo se lleva, aunque intentemos negárselo.
Las explicaciones
deportivas de su salida seguramente sean multicausales, pero también pueden
sintetizarse en dos cuestiones muy simples: el tiempo y el plantel. El primero
porque desgasta cualquier proceso y el segundo porque, además de haber
transitado el peor año de la era, es muy distinto de aquellos últimos que
vivenciaron el éxito y elevaron la vara: el éxito y el fracaso no suelen
llevarse bien y menos por estas épocas.
Es decir, con un plantel
conformado con pocos referentes de la época dorada (que, además, ya caminan sus
últimos pasos) y con jugadores que en su mayoría no fueron parte de ella, pero
que a la vez tienen el peso de responderle, empezar de cero es casi una
ilusión. El espíritu competitivo puede transmitirse y contagiarse con oratoria
y capacidad de liderazgo, pero si eso no se sostiene con resultados que lo
confirmen, tarde o temprano termina diluyéndose. Nadie vive de recuerdos, y
menos si esos recuerdos son leyendas de otros guerreros.
Es probable que
Gallardo, un líder con una mirada 360 acostumbrado a correrse de la situación
para observarla por fuera y en detalle, luego de haber intentado recomponer su
hábitat de todos los modos posibles, agotando los movimientos y las estrategias
discursivas y retóricas hasta el final, haya entendido que la armonía en toda
su amplitud podría volver a encontrarse solo con su salida.
Los ciclos son ciclos
y, como su naturaleza lo indica, en algún momento deben cerrarse, deben morir
para que algo nuevo pueda emerger. Y justamente ahí está el secreto que solo
los grandes de verdad pueden entender, porque hay dos opciones: podemos
aferrarnos hasta dejarlos desaparecer y así evitar el dolor o matarlos antes de
que mueran y sentir el impacto que esa huella deja en el corazón. Claro, para
matarlos hace falta inteligencia para interpretar cuándo y valor para hacerse
cargo, algo que el Muñeco siempre tuvo.