viernes, 12 de diciembre de 2014

El fetichismo de la mercancía-fútbol

                        

     ¿Cuántos de nosotros nos hemos preguntado si realmente nos gusta el fútbol? Lo sé, es una pregunta rara; más teniendo en cuenta que los que nos encontramos aquí de tanto en tanto para compartir -o no- algunas ideas somos todos amantes de este hermoso deporte. De hecho, el blog se llama Democracia Futbolera, cuestión que invita a opinar libremente de lo que este juego ofrece. Pero he aquí la cuestión, la razón de la pregunta iniciática: ¿qué es lo que nos ofrece el fútbol? ¿Qué nos gusta de todo lo que nos ofrece? ¿El juego por el juego en sí mismo, nos gusta?

     Que esta nota comience con varios interrogantes es un síntoma de lo que viene a proponer. Será una pregunta constante. Varias. Y no sé si todas tendrán respuestas. Porque no sé tampoco si todas las tienen. O al menos yo no las tengo. Pero como la pregunta no necesariamente tiene que encontrar en el final de su trayecto su subsiguiente respuesta, nos las vamos a hacer igual. La pregunta es la base del aprendizaje, dijo alguna vez Paulo Freire, entonces nos aferraremos a ese aforismo y nos las haremos todas, sin pudor, resignándonos tal vez a encontrar en algunas de ellas soluciones potables. Quizás hasta preguntárnoslas nos traiga algún que otro problema existencial, quién sabe, pero tampoco eso es tan malo. Todo planteo, toda duda, toda interrogación invita a la reflexión, y ésta es un buen ejercicio para -en el caso de no encontrar respuestas que clarifiquen- intentar elaborar una solución propia, una que nazca de nuestra capacidad intelectual; ahí ya obtendremos un avance. Pero para eso es importante que primero alguien se las haga.

     No descubrimos nada si decimos que son varios los factores que envuelven al fútbol. El fútbol es un fenómeno social que involucra a cada vez más personas pero, paradójicamente, al mismo ritmo –el del posmodernismo- ha ido deshumanizándose. Ha habido una transvaloración de los valores, depositando la economía y el negocio por sobre lo genuinamente deportivo. Una construcción social y cultural transmitida de generación en generación, pero en la que pocos, cada vez menos, se detienen a pensar: ¿Qué nos gusta del fútbol? ¿Nos gusta el juego o nos gusta más todo aquello que lo rodea? ¿Sabemos o creemos que sabemos? ¿Nos preocupamos por saber? ¿Nos interesa? ¿Preferimos el “folklore” y la pasión por sobre la táctica y la estrategia? El fútbol tiene de todo: marketing, records, estadísticas, mercado, periodismo, pasión; ahora, del juego ¿quién habla?

     Posiblemente habrá quien diga que lo que le gusta del fútbol justamente sea todo eso. Lo curioso es que para sentarnos en la platea o en el sillón de nuestra casa a opinar lo hacemos desde el lugar de director técnico. Creemos saber más que cualquiera. Le debatiríamos ideas al mismísimo Guardiola si tuviéramos la oportunidad. Sabemos cuál hubiera sido la decisión correcta que el jugador debería haber tomado en ese momento o el cambio táctico que el entrenador equivocó o no percató para ganar un partido que se terminó perdiendo. Abrazamos los lugares más comunes que nos ha construido el periodismo deportivo a lo largo de la historia y desde allí creemos solucionar todos los problemas de nuestro equipo. Con frases hechas o con la experiencia que nos han dado tantos años de mirar fútbol, como si con sólo mirar alcanzara.

     A grandes rasgos sabemos que hay dos maneras generales de intentar plantear un partido: querer imponerte a través de la tenencia de la pelota, o desestimarla y que el rival se haga cargo de ella. Ahora, ¿puede cualquier futbolero darse cuenta de qué pretende el DT de un equipo, más allá de si la idea principal es tener o no la pelota? ¿Sabría cómo vulnerar la idea de su rival? ¿O se piensa que sólo alcanza con buenas intenciones? ¿Se conocen estrategias de ataque y diferentes tácticas defensivas más allá de los trillados números matemáticos de los dibujos? ¿O nos detenemos en la estética de los ataques y en la prolijidad y efectividad de los movimientos defensivos para construir nuestros argumentos y gustos?

     Menottistas, bilardistas, bielsistas, guardiolistas… todos los apasionados de este deporte sentimos identificación con alguna de estas corrientes ideológicas, independientemente de la empatía que tengamos con su propulsor y de que algunas de sus ideas se parezcan bastante entre sí. Es más, diría, que la mayoría de nosotros tenemos una postura definida. Sabemos lo que nos gusta ver y por eso los elegimos. Sentimos que eso también nos define como personas y nos enorgullece. Pero también es cierto que la mayoría se queda en lo estético, en el producto terminado, en una especie de fetichismo de la mercancía. Se queda en los porqués de las ideas y olvida el proceso para llevarlas a cabo, el cómo. Qué riesgos se deciden tomar por ellas sin que éstos sean necesariamente “errores defensivos”, sino tan sólo eso: riesgos. Riesgos asumidos. ¿Sabemos qué estrategias se utilizan para vulnerar las tácticas defensivas de los rivales, si los sistemas son necesariamente fijos o si pueden ser flotantes y variar dependiendo de la situación del juego en la que me encuentre? ¿Alguna vez nos lo preguntamos?

     Son miles los interrogantes que surgen y seguirán surgiendo: ¿Me desordeno para atacar o las posiciones en ofensiva son relativamente fijas? Tras la pérdida de la pelota ¿me repliego retrocediendo las líneas? ¿De qué manera lo hago? ¿Vuelve cada uno a su lugar o se retrocede por cercanía a las zonas relevándose entre sí? ¿Se retrocede o se presiona arriba? Si recupero, ¿ataco con la misma intensidad con la que recuperé e intento ser vertical o bajo el ritmo manteniendo la posesión hasta recuperar el aire? ¿La posesión es sólo pasársela a un compañero hasta encontrar un cerrojo para filtrarme entre las líneas defensivas o hasta el más insignificante pase tiene un fin en sí mismo? ¿Podemos darnos cuenta fácilmente de todas estas cuestiones? ¿Podemos darnos cuenta de lo que intenta hacer un equipo cuando la tiene, más allá de si eso es o no agradable al ojo crítico? No me extrañaría que haya quien diga que todo esto en este juego no existe.

     
     Es cierto que el fútbol parece estar intelectualmente al alcance de todos, y si a eso le sumamos que nos apasiona, es lógico que intentemos entenderlo desde lo que más a mano tengamos, sobre todo para poder hablar/criticar con algún tipo de argumento a la hora del debate. Pero eso no significa que con los lugares comunes alcance. Creemos que apropiándonos de las cuestiones básicas del juego, con sólo mirarlo o sumar años de fervor y fanatismo estamos a la altura de cualquier estudioso del tema. Ojo, de ninguna manera estoy intentando complejizarlo como si fuese una cuestión de estudio académico, pero si creo que se requiere de algunas armas más para poder interpretarlo como lo hacen quienes decididamente se dedican a él. No sabemos tanto como creemos. Lo básico no nos hace directores técnicos, por más que así lo creamos.


     Como contraposición, quizás podríamos decir que a pesar de que haya una minoría privilegiada a la que el fútbol hace tiempo ha dejado de representarle un entretenimiento, la realidad es que para las masas lo sigue siendo. Y como todo entretenimiento lo que se busca en él no es necesariamente su entendimiento, no se busca la profundidad, la reflexión, la razón; más bien se busca todo lo contrario: perderlas. Es la pasión la que predomina. Porque es la pasión el método más sencillo, el que más a mano y al alcance de cualquiera está para poder “ser parte de”, para encontrar un nicho de pertenencia, para definir una identidad común. El fútbol, el juego en sí es una excusa y no está mal, es una manera de interpretarlo. Lo extraño, como dije, es el lugar en el cual nos paramos para criticar; no desde el desconocimiento, si no más bien desde la otra vereda, desde la más absoluta autoridad que nos da haber crecido junto a él y jugarlo con amigos. Entonces, ¿qué es lo que realmente nos gusta del fútbol? O mejor, ¿qué entendemos por fútbol? Si lo que nos gusta es todo lo que lo rodea o la impredecible dinámica de lo impensado por sobre lo táctico y lo estratégico, no está mal. Pero lo importante es tenerlo claro, saber desde qué lugar se opina. No todo en el fútbol es porque “el fútbol es así”.



Ramiro Fossaceca

lunes, 8 de diciembre de 2014

El souvenir de la historia

                 
     
     Esta vez fueron los de Colón, pero ayer fueron los de Unión y anteayer fueron otros. Porque Colón y Unión son apenas números en la lista de los más recientes, una lista que puede sobrepasar tranquilamente la suma de los dedos de nuestras manos con sólo apelar a la memoria emotiva de los últimos años de festejos deportivos. Es la irracionalidad racionalizada. Es la lógica imperante, consciente, devenida en violencia física contra los propios. Ya no hay alambrado que aguante al aguante, ya no hay resistencia que pueda oponerse e imponerse a esos saqueadores de indumentaria oficial denominados “hinchas”.

     Uno de los principales problemas del hincha en general –no solamente de los llamados barras- es su psicosis, su irreal sensación de inmunidad. Cree que las buenas son un producto exclusivamente suyo y que en las malas es el único que está presente. No se reconoce, más bien se desconoce.  El “festejo” de los hinchas de Colón robándoles todo a sus jugadores, forzando al árbitro del partido, a sus asistentes y hasta a su propio cuerpo comandado por Reinaldo Merlo a refugiarse y salir escoltados por la policía, es una imagen elocuente de esto y del deterioro progresivo que hemos venido sufriendo como sociedad futbolera. Un momento que debiera ser de felicidad, como la obtención de un ascenso a la máxima categoría del fútbol argentino, es robado por personajes ajenos que se atribuyen todos los logros desde un papel secundario al juego.

     Es una escena repetida, que lamentablemente naturalizamos y que va más allá de los colores de camiseta que se lleven; escapa a ellas. Todas las hinchadas –insisto, diría que todos los hinchas- manejan la misma lógica. Es una cuestión cultural. Es evidente que hay quienes pueden mantenerse mejor dentro los parámetros morales de una sociedad como la nuestra, pero están quienes las transgreden para respetar sus propios códigos, esos que son manejados dentro de su medio y a los cuales no pueden traicionar.

     Pero si bien éstos últimos suelen superar los límites de lo imaginario, aquellos que no lo hacen conviven con la misma lógica, una lógica predominante: la del aguante. Una subcultura donde factores como “la pasión”, el “cómo se vive el fútbol acá” y otras yerbas parecidas funcionan como sostenes fundamentales y aquí, como en tantos otros lugares, tienen una significación totalmente positiva.

     Los hinchas creen tener un papel preponderante en el logro obtenido, pero al encontrarse ubicados en la periferia de donde se dirimen las cuestiones (el campo de juego) sienten que deben intervenir para ser reconocidos. Para que se hable de ellos. Es en esa invasión en donde logran coronar su participación en el triunfo: si no invaden, la historia los dejará afuera. El relato épico no los incluirá y el héroe terminará siendo alguien que seguramente “no siente los colores como ellos” o que “está de paso” y eso, para ellos, es inaceptable. Los únicos que merecen el logro son ellos. Hay una necesidad de forzar a la historia a incluirlos, porque son ellos los verdaderos artífices de los éxitos, los que están en las buenas y en las malas y lo que menos merecen por ello es su meritorio y consagratorio souvenir, para finalmente estar dentro de la anécdota cuando ésta sea contada.

    Todos lo que tengan una mirada diferente, quizás menos pasional, están obligados a intervenir para cambiar toda esta miseria, porque en la medida que sigamos naturalizando las invasiones, los saqueos, los piedrazos… nada cambiará; es más, nos veremos obligados a presenciar su condición dialéctica, su superación, que implicará, necesariamente, todavía más transgresiones a los parámetros exclusivamente deportivos, desconociendo la magnitud del final de todo.


Ramiro Fossaceca