Martino volvió a poner a Messi en su lugar. O, al menos, en el lugar en
donde, todavía, Messi está ubicado en el imaginario popular argentino: la banda
derecha. Sí, de win. Así, en esa posición parece pensar el Tata hoy a Lio; y
éste, el miércoles con Croacia, pareció darle la razón.
Qué lejos parecen quedar en la
historia aquellos tiempos del Barcelona de Frank Rijkaard o (la primera etapa)
de Pep, cuando Messi arrancaba volcado a la derecha, a pierna cambiada y se
metía en diagonal para tirar paredes con el camerunés Samuel Eto'o. Cuando inclinado
sobre ese sector, pero con el arco entre ceja y ceja, con un insinuado y simple
movimiento hacía inútil cualquier esfuerzo por detenerlo y dejaba en ridículo a
cualquier defensor que se animara a intentarlo, abriéndose el camino para
definir lejos de la mano derecha del arquero. Es que esa fue la primera versión
de Lio. La que vimos todos por primera vez. Así fue cómo se presentó en
sociedad, en el Camp Nou y ante nosotros, que prácticamente lo desconocíamos.
Y, tal vez, por eso nunca pudo escaparse de ese encasillamiento que le
fabricamos.
Años diciendo que Messi no
jugaba en la selección argentina como en el Barcelona, sin entender, quizás,
que era la selección argentina la que no jugaba como el Barcelona. Un equipo,
el catalán, que fue probablemente el mejor de la historia del fútbol mundial,
pero nosotros preferíamos echarle la culpa al pibe. Que no sentía la camiseta,
porque se había ido a España de chico; que no cantaba el himno, que acá se
cuidaba o que allá –increíblemente- no jugaba contra nadie y que Argentina no
podría jugar porque a la primera gambeta “te cortan las piernas”.
Entonces, tozudos nosotros, soberbios,
intentamos moldearle un equipo para que se sintiera como allá. No importaba que
no tuviéramos un Xavi, ni un Iniesta, ni siquiera un Busquets; la idea bastaba
sin importar quienes fuesen los interpretes que la llevarían a cabo. Y como a
Guardiola en un momento se le ocurrió que Messi podía jugar de (falso) nueve y el pibe se cansó de romper redes
y records, Batista, el Checho, vio la
veta y se entusiasmó. Pero, repito, faltaban los compañeros.
La comparación se desvanece con
sencillez básicamente porque es incomparable. El Barcelona, el de esos tiempos,
no dependía de Messi. Messi era la frutilla, el plus, la diferencia, el que
cerraba el círculo; no la totalidad. Entonces, la posición de falso nueve le daba libertad. Perdía responsabilidad en el retroceso tras
la pérdida y no cargaba sobre sus llamativos botines una dependencia exclusiva.
Messi definía todo lo que generaban los artesanos del juego que lo rodeaban. Pero,
si se sentía lejos, desentendido, desde su nuevo lugar en el centro también podía
entrometerse con el circuito tirándose atrás y abrir los espacios a sus
espaldas para las diagonales de los extremos. Hasta podía darse el lujo de desaparecer
por momentos del partido y reposar en los costados para distraer a los
centrales, manteniéndolos bajo su orbita.
En cambio, en la selección todo
era diferente. Desde la organización, hasta el técnico y los compañeros. La
mentalidad era diferente. Y como acá nadie generaba lo que él, en teoría, debía
definir, se tiraba atrás. Y como nadie le devolvía la pared que él mismo
intentaba construir, se perdía en la gambeta. Gambeteaba uno, dos, tres y
chocaba. Uno, dos, tres y chocaba. Y aparecía el fastidio. Cabeza agacha,
mirando el suelo, pateando al aire. Paralizado ante la adversidad, absorbido. Y
entonces otra vez: Messi no juega en la selección argentina como juega en el
Barsa.
Hay que aclarar que aquí nadie
está diciendo que Messi no haya tenido buenos rendimientos en el seleccionado
argentino. No estamos ni cerca de eso que sería una especie de gorilaje futbolero y hasta, tal vez, psicótico; pero sí es real que acá todavía se sigue
esperando algo de él que seguramente ya, a esta altura, no nos dará. Porque él
no es lo que acá se espera que sea. Y no jugará como en el Barcelona porque la
selección no es el Barcelona. Pero no lo es desde ningún punto de vista. El Barcelona es -literalmente- una cultura donde todos hablan el mismo idioma que Messi y,
entonces, al no ser así en la selección argentina, inevitablemente, las consecuencias reflejadas en el campo de juego
serán diferentes. Buenas o malas a criterio de cada uno de nosotros, pero
seguro diferentes.
Ahora está Martino al mando del
banco celeste y blanco y pareciera ser que en su mente tiene su clásico 4-3-3,
con Messi en la pata derecha de su tridente ofensivo. Quizás, crea que
devolviéndolo a la posición que lo vio nacer, aquel viejo Messi del Barsa pueda
resurgir pero, esta vez, para la selección argentina. Por lo pronto, en el
amistoso del miércoles con Croacia el 10 se mostró cómodo y desequilibrante.
Por momentos metiéndose adentro a jugar para darle paso al marcador de punta
derecho y explosivo, como siempre, en el uno contra uno.
La posición ideal de Messi es
una incógnita, pero no hay dudas de que ubicado en el extremo derecho ha
ofrecido y ofrece un abanico de posibilidades ofensivas inconmensurables. Quedará
ahora en Martino elaborar alternativas de juego potables para que la explosión
del nuevo-viejo win derecho argentino termine de detonar, en un camino corto hacia el próximo objetivo: la Copa América 2015.
Ramiro Fossaceca

