miércoles, 5 de noviembre de 2014

Cuestión de Género

     

     A lo largo de la historia del fútbol la participación de las mujeres en este deporte ha sido mucho menor que la de los hombres. A priori -y partiendo de un prejuicio-, pareciera ser que esto es así porque el fútbol es un deporte de hombres y sólo ellos saben jugarlo como se debe, pero ¿esto es realmente así? ¿Sabemos la respuesta o sólo la suponemos?
  
     Para esto es necesario aclarar que no hay ninguna investigación científica que demuestre que el género femenino posee, por esencia, un menor interés en el juego, sino que esto responde a patrones de conducta culturales que han dominado el pensamiento del Hombre durante años y de los que el fútbol no se encuentra ajeno. Como hemos dicho en otras oportunidades en nuestras columnas el fútbol es uno de los tantos espejos donde la sociedad se ve reflejada.
  
     Históricamente, la mujer ha sido designada a cumplir funciones que se ubican en las antípodas de los valores pregonados por la actividad deportiva en su iniciación. La maternidad, los quehaceres domésticos y las actividades relacionadas con la solidaridad y el cuidado de terceros fueron y –en menor medida- siguen siendo los roles que la sociedad tiene reservados para ellas. La competencia, la fortaleza física y la agresividad, todas éstas basadas en capacidades motrices como la fuerza, la potencia o la resistencia, son aptitudes designadas socialmente al género masculino, por lo tanto, son descartadas en gran medida por las mujeres, o bien, de ser practicadas podrían ser producto de discriminación social.
  
     Desde sus procesos formativos, tanto niños como niñas, reciben una educación diferenciada en la cual los límites de género son marcados en todos los contextos de la vida. Los padres, los maestros, los adultos,  responden a modelos de conductas pre-establecidos, en los cuales se instituye que el varón debe jugar al fútbol, debe correr, saltar, trepar y caerse y las niñas deben resignarse a jugar con muñecas, "a la casita", saltar la soga; todas actividades pasivas, de escasa exigencia física, para sus “cuerpos frágiles y débiles”. Todos estos factores, indudablemente, producto de una construcción social discriminatoria son la piedra basal de la formación de gustos e intereses tanto de hombres como de mujeres y predisponen a unos mejor que a otros para la práctica no sólo del fútbol sino del deporte en general.
  
     Suele decirse que  lo que se percibe como gran diferencia entre el hombre y la mujer en la práctica de un deporte específico es la velocidad en las ejecuciones tanto técnicas como físicas. Aquí, según el Instituto de La Mujer de Madrid, hay distintas variables, no sólo fisiológicas sino también sociales que influyen y terminan siendo determinantes en el rendimiento deportivo: “la psicología asegura que se debe a la diferencia que tienen las mujeres respecto al significado de la búsqueda del éxito y del rendimiento. Las mujeres tienden a lograr el éxito sobre la base del dominio y mejoramiento personal (Gill). En tanto los hombres buscan el resultado frente al oponente”. Aquí, se pone de manifiesto que la educación aplicada a los diferentes géneros durante sus procesos formativos tiene una implicancia directa. Quizás no en la ejecución y velocidad de los movimientos técnicos pero si en los objetivos, que son producto de la mirada de la vida que han formado hombres y mujeres. La niña podrá entrenar a la par del niño, con las mismas exigencias físicas y técnicas, pero esa formación durará apenas las horas que dure el entrenamiento, luego, durante el resto del día, ambos seguirán con sus respectivas educaciones y allí radicará una de las grandes diferencias de sus rendimientos.
  
     La revista digital española “Innovación y Experiencias Educativas”, en su edición Nº 17 de abril de 2009,  realiza un estudio titulado “DIFERENCIAS SIGNIFICATIVAS ENTRE EL HOMBRE Y LA MUJER EN CUANTO A LA CAPACIDAD DE RENDIMIENTO DEPORTIVO”,  y comprueba científicamente que, además de las diferencias culturales, hay cuestiones fisiológicas que determinan el diverso rendimiento entre los sexos, aunque no tanto como se supone: “Las diferencias más importantes están relacionadas con el tamaño corporal y la composición orgánica de los diferentes sexos. El tamaño corporal parece condicionar una mayor capacidad física, aunque los detractores consideran que el rendimiento deportivo no es muy diferente en la mujer, porque es proporcional a su menor tamaño con respecto al hombre”, afirma Rebeca Zurita Pérez,  Licenciada en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte en la Universidad de Granada, España y autora de la nota.
  
     La Licenciada asegura, a través de sus estudios, que otras de las diferencias significativas que pueden encontrarse entre hombres y mujeres en la práctica del deporte son “las alteraciones fisiológicas”, relacionadas al ciclo menstrual de la mujer, el cual supone una baja en el rendimiento; y trastornos alimenticios, originados generalmente por los parámetros de belleza impuestos por la sociedad moderna. Advierte, además, que si bien hay diferencias en los sistemas cardiovasculares, respiratorios y musculares, no suelen ser significativos para el rendimiento deportivo. Con respecto al sistema muscular, que pareciera ser el más influyente para el ejercicio de la fuerza, Zurita Pérez aclara que “las cualidades innatas de los músculos y de sus mecanismos de control motor son similares para los hombres y las mujeres”.
 
     Más allá de lo fisiológico,  las diferencias entre el hombre y la mujer en el deporte parecen radicar sobre todo en lo cultural. Como pudimos observar, el rendimiento deportivo está marcado no sólo por las diferencias biológicas sino que se incrementan con las diferencias psicológicas, sociológicas y culturales vivenciadas por las mujeres, marcadas y reglamentadas por la sociedad con pautas diferenciadas por género. El prejuicio hacia las aptitudes físicas del género femenino y, a raíz de ello, su posterior educación, provocan una especie de mala pre-disposición hacia la práctica de actividades deportivas. Además, el espectro para ellas suele estar más acotado, ya que los deportes suelen ser diferenciados arbitrariamente en “femeninos” y “masculinos”, y cuando una mujer decide practicar un deporte considerado para varones -como el fútbol- suele marcársela como “machona”, “poco femenina”, entre otras cosas, por no responder a los estereotipos de belleza establecidos en la sociedad. Es cierto, y vale la aclaración, que hoy el mercado futbolístico sigue creciendo y ha sabido cooptar también a las mujeres, aunque también es cierto que el proceso todavía sigue siendo incipiente.
  
     Pareciera quedar claro, entonces, que más allá de los gustos personales de cada uno, en los cuales también influirá el preconcepto que se tenga de estas cuestiones,  las mujeres desarrollan el mismo interés por el fútbol y los deportes que los hombres, al igual que en otras tantas actividades y profesiones. Sin embargo, (y los números son claros), aún su participación es menor o tiene menor trascendencia que la de sus semejantes masculinos porque los patrones culturales, todavía, así lo establecen.


Ramiro Fossaceca.

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