A lo
largo de la historia del fútbol la participación de las mujeres en este deporte
ha sido mucho menor que la de los hombres. A priori -y partiendo de un prejuicio-, pareciera ser que esto es así porque el
fútbol es un deporte de hombres y sólo ellos saben jugarlo como
se debe, pero ¿esto es realmente así? ¿Sabemos la respuesta o sólo la
suponemos?
Para esto
es necesario aclarar que no hay ninguna investigación científica que demuestre
que el género femenino posee, por esencia, un menor interés en el juego, sino
que esto responde a patrones de conducta culturales que han dominado el
pensamiento del Hombre durante años y de los que el fútbol no se encuentra
ajeno. Como hemos dicho en otras oportunidades en nuestras columnas el fútbol
es uno de los tantos espejos donde la sociedad se ve reflejada.
Históricamente, la mujer ha sido designada a cumplir funciones que se
ubican en las antípodas de los valores pregonados por la actividad deportiva en
su iniciación. La maternidad, los quehaceres domésticos y las actividades
relacionadas con la solidaridad y el cuidado de terceros fueron y –en menor
medida- siguen siendo los roles que la sociedad tiene reservados para ellas. La
competencia, la fortaleza física y la agresividad, todas éstas basadas en
capacidades motrices como la fuerza, la potencia o la resistencia, son
aptitudes designadas socialmente al género masculino, por lo tanto, son
descartadas en gran medida por las mujeres, o bien, de ser practicadas podrían
ser producto de discriminación social.
Desde sus
procesos formativos, tanto niños como niñas, reciben una educación diferenciada
en la cual los límites de género son marcados en todos los contextos de la
vida. Los padres, los maestros, los adultos,
responden a modelos de conductas pre-establecidos, en los cuales se
instituye que el varón debe jugar al fútbol, debe correr, saltar, trepar y
caerse y las niñas deben resignarse a jugar con muñecas, "a la
casita", saltar la soga; todas actividades pasivas, de escasa exigencia
física, para sus “cuerpos frágiles y débiles”. Todos estos factores,
indudablemente, producto de una construcción social discriminatoria son la
piedra basal de la formación de gustos e intereses tanto de hombres como de
mujeres y predisponen a unos mejor que a otros para la práctica no sólo del
fútbol sino del deporte en general.
Suele
decirse que lo que se percibe como gran
diferencia entre el hombre y la mujer en la práctica de un deporte específico
es la velocidad en las ejecuciones tanto técnicas como físicas. Aquí, según el
Instituto de La Mujer de Madrid, hay distintas variables, no sólo fisiológicas
sino también sociales que influyen y terminan siendo determinantes en el
rendimiento deportivo: “la psicología asegura que se debe a la diferencia que
tienen las mujeres respecto al significado de la búsqueda del éxito y del
rendimiento. Las mujeres tienden a lograr el éxito sobre la base del dominio y
mejoramiento personal (Gill). En tanto los hombres buscan el resultado frente
al oponente”. Aquí, se pone de manifiesto que la educación aplicada a los
diferentes géneros durante sus procesos formativos tiene una implicancia
directa. Quizás no en la ejecución y velocidad de los movimientos técnicos pero
si en los objetivos, que son producto de la mirada de la vida que han formado hombres
y mujeres. La niña podrá entrenar a la par del niño, con las mismas exigencias
físicas y técnicas, pero esa formación durará apenas las horas que dure el
entrenamiento, luego, durante el resto del día, ambos seguirán con sus
respectivas educaciones y allí radicará una de las grandes diferencias de sus
rendimientos.
La
revista digital española “Innovación y Experiencias Educativas”, en su edición
Nº 17 de abril de 2009, realiza un
estudio titulado “DIFERENCIAS SIGNIFICATIVAS ENTRE EL HOMBRE Y LA MUJER EN
CUANTO A LA CAPACIDAD DE RENDIMIENTO DEPORTIVO”, y comprueba científicamente que, además de
las diferencias culturales, hay cuestiones fisiológicas que determinan el
diverso rendimiento entre los sexos, aunque no tanto como se supone: “Las diferencias
más importantes están relacionadas con el tamaño corporal y la composición
orgánica de los diferentes sexos. El tamaño corporal parece condicionar una
mayor capacidad física, aunque los detractores consideran que el rendimiento
deportivo no es muy diferente en la mujer, porque es proporcional a su menor
tamaño con respecto al hombre”, afirma Rebeca Zurita Pérez, Licenciada en Ciencias de la Actividad Física
y el Deporte en la Universidad de Granada, España y autora de la nota.
La
Licenciada asegura, a través de sus estudios, que otras de las diferencias
significativas que pueden encontrarse entre hombres y mujeres en la práctica
del deporte son “las alteraciones fisiológicas”, relacionadas al ciclo
menstrual de la mujer, el cual supone una baja en el rendimiento; y trastornos
alimenticios, originados generalmente por los parámetros de belleza impuestos
por la sociedad moderna. Advierte, además, que si bien hay diferencias en los
sistemas cardiovasculares, respiratorios y musculares, no suelen ser
significativos para el rendimiento deportivo. Con respecto al sistema muscular,
que pareciera ser el más influyente para el ejercicio de la fuerza, Zurita
Pérez aclara que “las cualidades innatas de los músculos y de sus mecanismos de
control motor son similares para los hombres y las mujeres”.
Más allá
de lo fisiológico, las diferencias entre
el hombre y la mujer en el deporte parecen radicar sobre todo en lo cultural.
Como pudimos observar, el rendimiento deportivo está marcado no sólo por las
diferencias biológicas sino que se incrementan con las diferencias
psicológicas, sociológicas y culturales vivenciadas por las mujeres, marcadas y
reglamentadas por la sociedad con pautas diferenciadas por género. El prejuicio
hacia las aptitudes físicas del género femenino y, a raíz de ello, su posterior
educación, provocan una especie de mala pre-disposición hacia la práctica de
actividades deportivas. Además, el espectro para ellas suele estar más acotado,
ya que los deportes suelen ser diferenciados arbitrariamente en “femeninos” y
“masculinos”, y cuando una mujer decide practicar un deporte considerado para
varones -como el fútbol- suele marcársela como “machona”, “poco femenina”,
entre otras cosas, por no responder a los estereotipos de belleza establecidos
en la sociedad. Es cierto, y vale la aclaración, que hoy el mercado
futbolístico sigue creciendo y ha sabido cooptar también a las mujeres, aunque
también es cierto que el proceso todavía sigue siendo incipiente.
Pareciera
quedar claro, entonces, que más allá de los gustos personales de cada uno, en
los cuales también influirá el preconcepto que se tenga de estas
cuestiones, las mujeres desarrollan el
mismo interés por el fútbol y los deportes que los hombres, al igual que en
otras tantas actividades y profesiones. Sin embargo, (y los números son
claros), aún su participación es menor o tiene menor trascendencia que la de
sus semejantes masculinos porque los patrones culturales, todavía, así lo
establecen.
Ramiro Fossaceca.

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