lunes, 17 de octubre de 2022

Gallardo y una salida ¿necesaria?

    Hasta ayer a la noche pensaba que el camino más certero para que River recuperase el rumbo perdido en 2022, era que Gallardo siguiera; sin embargo, hoy, empiezo a pensar su salida como algo necesario, una consecuencia natural, un desenlace propio de la naturaleza misma de las cosas.

    En todo este tiempo, Gallardo ha sido un líder con una gran capacidad reflexiva, mostrando siempre  consciencia, lucidez y un enorme sentido de la responsabilidad en cada una de sus palabras, esforzándose no solo por tratar de entender y explicar el mundo que lo rodeaba, sino con la voluntad de cambiarlo o mejorarlo, aún en la victoria.

    Si se tienen en cuenta estas características que hoy cualquier aspirante a líder debiera percatar, no sería ilógico inferir que el Muñeco sintiera, después de un año como este, que su tiempo en River había llegado. Que haya sentido en lo más profundo de su ser que la manera de mejorar o cambiar ese ecosistema del que era parte fundamental fuera, paradójicamente, saliendo de él. Decir adiós para volver a empezar, aunque le doliera el alma.



    Tal vez suene contradictorio, pero a veces creo que ganar o seguir ganando luego de haber ganado, puede hacernos caer en la trampa (y el deseo inconsciente) de la falsa eternidad. A veces ese éxito que sobreviene al éxito solo estira la agonía o demora el dolor que causa la pérdida, haciéndonos aferrar a algo que inevitablemente el tiempo se lleva, aunque intentemos negárselo.

    Las explicaciones deportivas de su salida seguramente sean multicausales, pero también pueden sintetizarse en dos cuestiones muy simples: el tiempo y el plantel. El primero porque desgasta cualquier proceso y el segundo porque, además de haber transitado el peor año de la era, es muy distinto de aquellos últimos que vivenciaron el éxito y elevaron la vara: el éxito y el fracaso no suelen llevarse bien y menos por estas épocas.

    Es decir, con un plantel conformado con pocos referentes de la época dorada (que, además, ya caminan sus últimos pasos) y con jugadores que en su mayoría no fueron parte de ella, pero que a la vez tienen el peso de responderle, empezar de cero es casi una ilusión. El espíritu competitivo puede transmitirse y contagiarse con oratoria y capacidad de liderazgo, pero si eso no se sostiene con resultados que lo confirmen, tarde o temprano termina diluyéndose. Nadie vive de recuerdos, y menos si esos recuerdos son leyendas de otros guerreros.

    Es probable que Gallardo, un líder con una mirada 360 acostumbrado a correrse de la situación para observarla por fuera y en detalle, luego de haber intentado recomponer su hábitat de todos los modos posibles, agotando los movimientos y las estrategias discursivas y retóricas hasta el final, haya entendido que la armonía en toda su amplitud podría volver a encontrarse solo con su salida.

    Los ciclos son ciclos y, como su naturaleza lo indica, en algún momento deben cerrarse, deben morir para que algo nuevo pueda emerger. Y justamente ahí está el secreto que solo los grandes de verdad pueden entender, porque hay dos opciones: podemos aferrarnos hasta dejarlos desaparecer y así evitar el dolor o matarlos antes de que mueran y sentir el impacto que esa huella deja en el corazón. Claro, para matarlos hace falta inteligencia para interpretar cuándo y valor para hacerse cargo, algo que el Muñeco siempre tuvo.

jueves, 21 de abril de 2022

“El Fútbol que le gusta a la gente”

     Anoche me tocó ir a la cancha de Boca y, al observar algunas cosas con mayor detenimiento del normal, entendí algo que es recontra sabido (la brecha entre saber y entender a veces puede ser más grande de lo que creemos) y es que el fútbol está atravesado por innumerables factores y, por lo tanto, su análisis es multifactorial.

     Soy un ferviente defensor de los análisis futbolísticos porque creo que, en general, del fútbol como juego es de lo que menos se habla. Y, aunque es algo que pasó siempre, hoy sucede quizá en mayor medida porque el juego ha evolucionado mucho en muy poco tiempo y no son tantos aquellos que están a la altura de dar un debate serio desde ese aspecto. Saber y aprender son cosas que llevan tiempo, esfuerzo y dedicación; por lo tanto, hay que tener ganar.

     Sin embargo, ayer cuando me iba de la cancha pasada la medianoche (¡de un miércoles!), veía toda la ingeniería que el hincha implementa para decir presente y me pregunté si realmente a ese hincha podría importarle por qué jugaba mal Boca.

     ¿Ese hincha que va a la cancha (y también el que lo mira por televisión, porqué no) quiere o necesita saber necesariamente por qué su equipo juega mal o más bien lo único que quiere es que gane o, al menos, le transmita alguna emoción digna de recordar y que pueda terminar de darle sentido a su liturgia?

     Por otra parte, nunca hay que olvidarse de que el fútbol nació como juego, y su consumo como entretenimiento. No para todos el fútbol es un trabajo, aunque su evolución a lo largo de la historia haya dado mucho.

     Eso que suele llamarse "el hincha" tal vez solo quiera sentir (y no necesariamente saber); quiera emocionarse y que a los suyos les vaya bien porque ahí encuentra un sentido, una identidad: siendo parte de un colectivo que tiene prácticas y emociones en común.

     A mi me encanta que en los medios se hable del juego y poder escuchar a los que saben para aprender, pero también entiendo que no todos quieren consumirlo de la misma manera. 

Dicho esto, vale aclarar que nada de esto exime a ningún comunicador de su responsabilidad como tal. La comunicación tiene una función social y yo creo firmemente en eso y que parte de esa función en el dominio del fútbol es acercar al hincha a los protagonistas, para caminar juntos en la evolución del juego y su cultura. 

Porque el fútbol es cultura, nunca hay que olvidarlo.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

El juego no es una foto

El funcionamiento defensivo de un equipo, es el funcionamiento defensivo de un equipo, no de la defensa exclusivamente. El desequilibrio, las desatenciones, las descoordinaciones defensivas, las rupturas que el rival produce o los espacios en nuestra estructura que éste sabe aprovechar y que se dan tanto por errores nuestros como por virtudes suyas, vienen gestándose, generalmente, mucho tiempo antes de que la pelota llegue al área que defendemos.

Si para analizar el fútbol nos apartáramos un instante del pensamiento clásico y, en vez fragmentar, intentáramos pensar que un equipo no es una serie de partes autónomas e independientes entre sí sino un todo complejo e interrelacionado que es mucho más que la suma de las partes, podríamos percibir que cada situación del juego, en el sentido más amplio de la expresión, viene determinada por la anterior. Por caso, desde esta perspectiva, la forma de defender está directamente relacionada con la forma de atacar, y viceversa; es decir, que según distribuya los componentes de mi equipo en ataque es que estarán acomodadas las piezas ante la posible pérdida de la pelota. Así, el funcionamiento de un equipo no es ni ofensivo ni defensivo, sino que deviene ofensivo-defensivo y defensivo-ofensivo, incluyendo en este circuito a las transiciones entre ambos estados, según el momento del juego que se esté desarrollando. Las partes se relacionan constantemente y, muchas veces, gana quien mejor y más rápido se acomoda a estos cambios.


Los primeros análisis posteriores al River - Boca del domingo pasado hicieron hincapié en los "errores defensivos" de los dos equipos, destacando las malas actuaciones de los centrales como si estos fueran el origen de todos los males. ¿Pero dónde se generaban los desequilibrios? ¿Por qué muchas veces la defensa de River se encontró con los delanteros de Boca mano a mano y con mucho espacio para correr? ¿Dónde empezaba a desequilibrar Boca para encontrar los espacios más adelante? Veamos.

En principio, para cortar el circuito de juego de Boca Gallardo decidió ubicar a D´alessandro por el medio para taparle la salida limpia a Gago; a Nacho Fernández y a Pity Martínez cerrados como interiores para vigilar a Bentancurt y a Pablo Pérez, respectivamente; y a Ponzio como mediocentro para encargarse de Tévez. Esto pensado para cuando River defendiera organizadamente; ahora, cuando tenía la pelota la historia era otra. La idea fue volcar el equipo hacia la derecha del ataque para juntar a los que mejor pueden asociarse en corto (D´alessandro, Fernández, Driussi, más Moreira) e intentar finalizar por el medio con Alario o por el lado opuesto, aprovechando la velocidad y la habilidad de Pity Martínez y las proyecciones de Olivera. Además, de esta forma, ante la pérdida de la pelota los componentes estarían agrupados alrededor de la misma -producto de estas asociaciones- y facilitarían su recuperación, evitando sufrir riegos en la transición defensiva. Aunque, justamente, fue éste uno de los problemas. 

Cuando River perdía la pelota, Boca lograba descomprimir enseguida esa zona de presión activando rápidamente a Pavón con Tévez y Pérez; y River, que se encontraba volcado por completo sobre el otro lado porque apostaba todo a recuperar allí, se veía obligado a bascular defensivamente hacia su izquierda y en esa transición se desorganizaba. Es que esta basculación, que no siempre es ordenada -entre otras cosas porque los jugadores no son máquinas y no todos tienen las mismas características-, abría algunos huecos en el medio, sobre todo a espaldas de Pity Martínez que perdía de vista a Pérez y complicaba, junto con Tévez, a Ponzio que sufría el 2vs1. Allí se producían desajustes defensivos, porque ante esta situación ni los centrales achicaban hacia adelante, ni Nacho Fernández (interior por la derecha) cerraba para ofrecer ayuda defensiva por el centro.

    
Otra situación específica relacionada con el funcionamiento defensivo pudo verse en la forma en que River quedaba parado cuando atacaba posicionalmente. Boca se hacía corto y estrecho para defenderse pero dejaba fijos los tres puntas arriba, queriendo imponer condiciones, y los de Gallardo asumían los riesgos lanzando en ofensiva a los dos laterales: uno para buscar profundidad y el otro para generar amplitud en ataque. Esto igualmente condicionaba a River, ya que Ponzio debía ejercer los relevos correspondientes, quedándose entre los centrales para no sufrir inferioridad numérica en el fondo, pero dejando vacía la zona de contención. Es decir, que River quedaba con mucha gente por delante de la pelota y, si bien había tres por detrás, estos permanecían a más de 30 metros de la jugada sostenidos por los delanteros rivales, abriendo una brecha muy grande en la estructura del equipo que daba tiempo y espacio al rival, no sólo para correr sino además para pensar y ejecutar.




Vale decir que, con algunos matices, en líneas generales el partido mantuvo esta tendencia -sobre todo en el PT- porque, si bien hay mérito y audacia en la decisión de GBS de dejar a los tres puntas descolgados, quien asumió un mayor protagonismo intentando adueñarse de la posesión de la pelota fue el equipo de Gallardo. Aunque igual de válida, la estrategia de Boca fue distinta: esperar que River perdiera la pelota en su zona fuerte para activar rápidamente a Tévez y a Pavón por el otro lado, explotando las espaldas de los interiores y los laterales (el izquierdo sobre todo) riverplatenses.

De todas formas, y más allá de las ilustraciones que acompañan la publicación, está claro que el funcionamiento defensivo de un equipo no es una foto sino que es totalmente dinámico y, como dijimos, viene determinado por el planteo y las formas del rival, por cómo se desarrolló el ataque previo a la pérdida de la pelota, dónde se perdió la misma y cómo estaban parados los componentes del equipo en ese momento. Quizá, si River hubiera podido desarrollar posesiones más largas habría tenido menores complicaciones en las transiciones defensivas, ya que la tenencia le da tiempo a las piezas para acomodarse y ocupar mejor los espacios. Pero el partido se desarrolló así, con ataques directos, contagiados por un contexto que invitaba a acelerar el ritmo y en donde los dos equipos eligieron asumir los riesgos que esto conlleva porque querían ganarlo.



Ramiro Fossaceca

miércoles, 1 de julio de 2015

Messi es Amor

     

     Pensaba en la espléndida demostración de fútbol que brindó la Selección anoche y en cómo de una misma situación todos podemos reparar en cosas diferentes. Pensaba en el fútbol y en cómo se desprenden de él, de cada una de las partículas que lo producen y reproducen, miradas disímiles. En cómo el concepto de Belleza o el de Estética se involucran tanto con el juego que llegan deformarse por la dependencia que la efectividad les exige para ser considerados como tales. Pareciera que no hay belleza sin resultado, y con el resultado estos dos conceptos pueden moverse por diferentes parámetros y valores, donde muy probablemente nunca nadie podrá ponerse de acuerdo. Pensaba en los fanatismos, los personalismos, en los fundamentalismos… pensaba en el Amor y en el Odio, y en cómo consciente o inconscientemente todos podemos inclinar nuestra balanza si una de estas dos sensaciones nos aborda y nos desborda, prohibiéndonos del propio justo medio. Y, en el caso del Odio, privándonos, además, del goce.

     Y es que en realidad pensaba en Messi y empecé a dudar si, al fin y al cabo, ese reduccionismo sobre el que históricamente se han parado los oportunistas de la infelicidad, esos que aseguran que en el Barsa no juega como en la Selección, no haya terminado surtiendo efecto. No porque Messi esté jugando esta Copa América por debajo de su nivel -muy por el contrario da la sensación de ser un futbolista cada vez más total- sino por el incómodo momento que le está tocando vivir con el arco rival.

     Messi hace todo bien, y más; pero en última instancia falla. Con la circunstancia con que a diario mejor convive, hoy está atravesando una crisis. Y ahí es donde creo que la histórica presión ejercida sobre él está manifestándose. Lo está afectando, no en el juego sino en el área. Se lo nota desconfiado, inseguro al punto de ser él mismo quien luego del partido con Colombia haya sentido la necesidad de salir a declarar que le costaba hacer goles en la Selección. Y es que la desconfianza dentro del área paraliza, no sólo porque cancela la posibilidad de discernir la mejor entre las posibilidades, sino porque directamente las obtura. El miedo no deja pensar. El miedo sólo brinda la posibilidad de lo fácil, y lo fácil, lamentablemente, no siempre es la mejor opción. Con confianza, en cambio, el panorama es totalmente distinto: las posibilidades se multiplican y los riesgos se asumen con naturalidad.

     Quizás, hoy esos oportunistas estén regodeándose, sintiendo que en el fondo siguen ganando. Pero no los culpo, están todavía dormidos. Sobreviven en el fondo de la caverna, se aferran a esa oscuridad y niegan al sol. El resentimiento los ha llevado a una ceguera tal, que hasta cuando lo bello se les pasea por delante termina lastimándoles los ojos, y encuentran la felicidad, únicamente, en el repudio y la indignación. Es una lástima que prefieran lo malo por sobre lo bueno, la queja por sobre el goce. Siguen sin entender nada, sin darse cuenta todavía de que, muy a pesar suyo, a Messi ya no le hacen falta los goles. Ya no. Messi es Estética, Messi es Belleza, Messi es Amor.



Ramiro Fossaceca

jueves, 18 de junio de 2015

“Un equipo es él y sus circunstancias”


     El análisis podría ser el mismo. O al menos similar. Es más, si no fuera por lo diverso del resultado, diría que Argentina jugó un partido prácticamente idéntico al primero. Otra vez se encontró con un rival dispuesto a proponer lo mismo que había propuesto Paraguay y otra vez el equipo falló bajo la misma circunstancia: la fase defensiva cuando el juego y sus accidentes le exigen otra interpretación del partido.

     “El hombre es él y sus circunstancias”, dijo alguna vez el filósofo español Ortega y Gasset. Sentencia que podríamos trasladar tranquilamente al fútbol, ya que un equipo, por más firmeza con que sostenga sus ideales, está invariablemente sometido al devenir del juego. Lo que intento decir es que somos lo que el contexto nos permite ser, y un equipo de fútbol no puede aislarse de lo que el partido le propone. Entonces, cuando el contexto no es favorable, cuando los accidentes del juego obligan a cambiar el rol que uno se propuso y tuvo o pudo llevar gran parte de él, debe saber adaptarse para no sufrir con la pérdida del equilibrio que esto puede generarle.

     Es en esta adaptación donde Argentina está fallando: con Paraguay no supo leer lo que el partido le iba escribiendo con el correr de los minutos, y anoche, si bien pudo interpretarlo mejor, no supo decidir bien la opción: cómo defenderse con la ventaja del resultado. Aquí la cuestión pasa por si, una vez conseguido el gol, me repliego y resigno la pelota o apuesto a la tenencia para mantener el control desde la conservación disminuyendo el vértigo. Pero eso es conveniente tenerlo claro desde el principio.

     A diferencia del partido con Paraguay esta vez Argentina se replegó e intentó no tentarse con los espacios que se abrían, sin embargo tampoco supo defenderse. Si bien los cambios de Martino mandaron otro mensaje a sus jugadores con respecto a los que hizo el pasado sábado, el control volvió a perderse. Porque que Uruguay no haya convertido (tranquilamente podría haberlo hecho) tuvo más que ver con cuestiones del azar y las buenas intervenciones de Romero que por méritos defensivos. Mantener el cero o aguantar un resultado no implica necesariamente efectividad defensiva, ya que ésta en la gran mayoría de los casos, suele ser relativa.

     Hay que ser consciente de que en un partido pueden convivir varios partidos. Los imponderables forman parte del juego y van incidiendo notablemente en el devenir de cada uno de los momentos que lo conforman. La estrategia consta de intentar llevarlo para el lugar que más me conviene a mí: que lo que yo propongo pueda torcer lo que el rival me tenía o tiene preparado. El objetivo es frustrarlo, no dejarlo adaptar, que permanezca incómodo. Lo que también está claro es que, en el caso de lograrlo, es muy difícil que esto pueda ejercerse durante los noventa minutos que dura el juego, porque, como dijimos, el partido son momentos, fragmentos, situaciones que, junto con el azar, van sucediéndose determinados por los anteriores. Por eso, cuando las circunstancias (como puede ser conseguir la ventaja después de 70 minutos de juego monótono) me exigen cambiar, soy yo el que debo adaptarme para no perder el control. Si la idea es la tenencia, que sea esa entonces la forma de defenderme. Pero no puedo ser ambiguo, porque si no quedo en evidencia. No puedo un día intercambiar golpes y al otro día replegarme, porque pongo de manifiesto mi debilidad. Por eso primero debo tener claro cómo voy a defender una ventaja y luego, fundamentalmente, aprender a hacerlo.

     Argentina es un equipo armado para la tenencia. La pelota es quien la ordena, porque ataca y defiende con ella. Su táctica defensiva es con el elemento en los pies. Pero es tal la devoción por las alternativas ofensivas que cuando por fin  la ventaja aparece y las grietas comienzan a abrirse, se tienta con ellas porque las características de sus jugadores exigen gol y sin la pelota no saben jugar. El fútbol sin arcos también es posible, sólo hay que saber tenerlo como opción.


     Es natural que en un equipo colmado de técnica y gol, el jugador se relama cuando encuentra comodidades, pero es tarea del entrenador mostrarle qué es lo ideal para cada momento. El jugador debe saber cómo va a defender el equipo cuando el partido invierta roles y el control deba ejercerse desde otra perspectiva. El control del partido debe ser siempre la prioridad. Y aquí, Martino, pareciera estar dudando.


Ramiro Fossaceca

miércoles, 1 de abril de 2015

Mancuello: El irrefutable



     Es indudable que Mancuello es hoy la figura de Independiente, no estoy descubriendo nada. ¿Pero lo es al punto de ser un insustituible? ¿Es un jugador tan importante para el funcionamiento colectivo –aclaro: FUNCIONAMIENTO COLECTIVO, NO PERSONAL- del equipo de Almirón o sólo nos detenemos en el resultado de sus decisiones, en sus goles, para analizar su influencia? ¿Es Mancuello quien hace jugar al equipo, es al revés o son las dos cosas quienes interactúan para lograr la mejor versión de ambos? ¿Cuánto tiene que ver Almirón en todo esto?

     No hay hasta aquí juicio alguno hacia Mancuello, ni a favor ni en contra; sólo cuestionamientos que intentan hacernos reflexionar, pensar en cuánto tienen que ver las consecuencias positivas que surgen de las decisiones del jugador en la idea que más tarde nos hacemos sobre su implicancia en el equipo. No sólo los hinchas –del cual nadie espera un análisis racional- sino algunos analistas que, justamente, al analizar lo hacen basándose en cuestiones más relacionadas a la terminación de la jugada (de las cuales generalmente Mancuello es partícipe) que en aquellas que la anteceden y, en teoría, tienen mucho más que ver con la función principal del jugador. Mancuello es un interior, un volante mixto; no un delantero. El gol es un plus que lo valoriza, pero no debiera ser –desconozco si esto es así o no- su objetivo primario, ni de quienes lo evalúan.

     No es mi intención refutar a Mancuello, ni mucho menos. Aunque debo sincerarme y reconocer que, en un principio y hasta que terminé de escribir el párrafo anterior, el propósito de esta nota era justamente ese: refutarlo. Pero al ir escribiéndola comencé a notar que en mi imaginación surgían ciertas contradicciones espontáneas entre lo que quería escribir y lo que pensaba, que hicieron que me replanteara la idea: al parecer, realmente no pensaba lo que pensaba que pensaba. Mancuello no era refutable.

     Sucede que la deificación permanente que ejercen los medios de comunicación sobre el jugador ha embelesado al punto de hacer creer que es éste el único sostén que encuentra Almirón para mantenerse vivo. De ahí mis ganas de problematizarlo, de cuestionarlo. Pareciera que con la presencia de Mancuello todos lo errores que comete el equipo se disolvieran y las virtudes sólo salieran a la luz a través de su cerebro y sus pies; y, humildemente, creo que ésta es una cuestión que pasa más por la necesidad de encontrarle un “pero” a un DT controvertido que la de personificar una idolatría que condense los deseos del público. Independiente es un gran equipo y Mancuello es parte de él, no todo.

     Sin embargo, no deja de ser cierto que su ausencia sí afecta a la organización ofensiva. A ver, no es que Mancuello haga funcionar al equipo a partir de sí. No es el Riquelme, en tanto entendimiento del juego, que tiene Independiente. Lo suyo, aunque no exclusivamente, es más emocional. Es emoción. Es lo que transmite. El endiosamiento lo ha elevado y él lo percibe y también lo perciben sus compañeros. Emana una seguridad que se refleja en cada intervención suya y es acompañada por el compás eufórico que baja de las tribunas. Es un todo que funciona en armonía porque todo tiene que ver con todo. Mancuello es indiscutido no sólo porque nadie lo discute sino porque él mismo no lo hace. Mejora el contexto absorbiendo malhumores y liberando inspiraciones en, por ejemplo, Méndez y Pisano. Acompaña a Albertengo y a Riaño, atacando los espacios, los pasillos interiores que éstos abren, haciendo reconocibles y reconocidos sus esfuerzos de desmarque. Además ejecuta, capitaliza, abre partidos con una pegada indómita y con lo importante que es en este juego conseguir la primera ventaja. En síntesis, es determinante.

     Igualmente, influencia emocional y capital no necesariamente representa perfección, porque ésta, aunque podamos imaginarla, es inalcanzable. Mancuello tiene errores de interpretación, de lectura, porque se conecta más con el gol que con la jugada. En ocasiones, una mala decisión puede dejar expuesto al equipo en una posible pérdida y para nadie Mancuello será el culpable, aunque lo fuera. Es un jugador libre, que en el campo de juego se maneja solo, por instinto. Obedece a sus interpretaciones, toma decisiones de acuerdo a su estado de ánimo y es saludable que así sea. Aunque eso no quiera decir, primero: que la decisión tomada sea la correcta y, segundo, que sea la que su técnico pretendía que tomase de acuerdo a lo prestablecido. En un partido de fútbol, como en la vida, es más lo que surge que lo que se estipula, y viendo los resultados obtenidos es lógico que Mancuello se deje llevar por sus sensaciones.

     De todas formas, sabe que detrás tiene un equipo que lo resguarda, que lo sostiene y aquí es importante Almirón. Hay una idea de juego pretendida por el DT que lo apaña y, a la vez, le da libertad. Mancuello confía en sus decisiones porque todos en Independiente confían en ellas. Está seguro porque le dan seguridad. El sistema se adapta a sus posibilidades y a las de sus compañeros y al mismo tiempo su presencia potencia la de éstos. Está en el aire, en el clima, en la atmósfera. El jugador se contagia de la dinámica positiva que se genera a su alrededor. El libro español “Complejidad y Deporte”, explica: “Los sistemas dinámicos buscan modos de comportamientos preferidos en función de las interacciones entre sus componentes internos y la sensibilidad a las condiciones externas”. Para ser claro: Mancuello es esencial en el modo de comportamiento preferido por los jugadores de Independiente porque es preferido justamente porque está él. Si no está, el sistema debe reorganizarse sobre la marcha, corriendo el riesgo de perderse en esa búsqueda. Su presencia optimiza el entorno.

    Las divergencias entre algunos entrenadores y un público aficionado (inclusive algunos periodistas) surgen de las diferentes profundidades de los respectivos análisis. El aficionado se detiene en el resultado de la acción que el jugador decidió emprender; el DT en la decisión y el movimiento en sí mismos: si son correctos o no según lo prestablecido. Por eso Almirón cambia, porque ve cuestiones más allá de lo visiblemente fácil. Su función, entre tantas, es hacer mejores a sus jugadores para hacer también mejor el sistema que conforman. Con aciertos y con errores, como cualquiera. Mancuello, sin dudas, es un acierto del entrenador. Un jugador mejorado, del cual el técnico extrajo de él todo lo que éste tenía guardado. Porque ya lo tenía, sólo faltaba explotarlo. Nadie extrae de nada o de nadie algo que esto o éste nunca poseyeron; se extrae lo que ya hay. El conocimiento se posee, sólo hay buscarlo en lo profundo, en el interior y Almirón lo encontró en Mancuello, y por eso hoy Mancuello es insustituible, es irrefutable; por lo menos para mí.



Ramiro Fossaceca

miércoles, 18 de marzo de 2015

La defensa es el ataque y el ataque es la defensa


     “Defendemos mal, porque atacamos mal”, expresó criteriosamente Marcelo Gallardo luego del partido del lunes, en el que su equipo empató 3 a 3 frente al Arsenal de Martin Palermo y confirmó el extraño momento que vive hoy.

     A simple vista y con una mirada característica y mundana se podría considerar que la frase del DT es un tanto demagógica, para resguardar a sus defensores del afilado bisturí mediático (bisturí no porque busque profundidad sino más bien dolor). Pero si nos encausamos en un buceo analítico de la frase, si intentamos de-construirla con el propósito de dilucidar cómo está funcionando hoy su equipo en materia ofensiva -y por lo tanto defensiva-, quizás podamos descubrir algunos motivos que justifiquen sus dichos; no porque en principio no suenen verosímiles sino porque tampoco existió tras ellos una explicación que los avalara y dejara avizorados sus porqués para el entendimiento común.

     Es notorio que River no es el mismo de las primeras fechas del Torneo pasado. Su funcionamiento ha mutado a un nivel estético inferior, aunque ha sabido, al menos y hasta el momento, mantener una identidad colectiva que lo salvaguarda. Todos sabemos qué intenta hacer Gallardo con los suyos, independientemente de si eso termina de materializarse el día de la competencia o no; si se capitaliza. Sin embargo, para analizar la frase que citamos en el primer párrafo de esta nota, debemos hacer hincapié en las cosas que no le están saliendo al equipo y que fueron, justamente, las que lo llevaron a forjar esa identidad que hoy mantiene sólo por cuestiones de jerarquía técnica y no táctica.

     Veamos: ¿Qué hacía River antes en posesión de la pelota? La idea de Gallardo era nítida. En el inicio de la jugada (salida desde el arco) abría paralelamente a los dos centrales fuera del área grande y a la altura del área chica; adelantaba a los laterales (Mercado y Vangioni) casi hasta la mitad de cancha y hacía retroceder al mediocentro (Kranevitter) a la medialuna en busca de la salida prolija (como el Newells de Martino). De esa manera obtenía varias opciones de pase que ayudarían a evitar –en caso de que existiera- la presión alta del rival. Esa salida desde abajo, que rompía con la primera línea de presión, generaba un desequilibrio en el rival que le permitía, con mucha movilidad de los interiores y el enganche (Rojas, Sánchez y Pisculichi) buscar asociaciones cortas por el eje del campo, para producir allí un amontonamiento y así terminar las jugadas por las bandas, generando superioridad numérica con el lateral, el interior de ese lado y uno de los puntas. Un funcionamiento complejo que sólo podía funcionar a través de una posesión precisa y, sobre todo, una movilidad revulsiva, que generara sorpresa y confusión en los rivales. Todo esto poniendo al equipo entero en rodeo ajeno, achicando espacios para prevenir una posible pérdida del balón. Ahora, cuando recuperaba la pelota en campo contrario, el ataque era directo; si no, era más posicional y apostaba a la circulación.

     Eso con la pelota, ¿y sin la pelota?: Tras la pérdida River aprovechaba su posicionamiento ofensivo, su manera de atacar, la criteriosa ocupación de espacios en el campo rival para presionar con toda su gente la zona de la pelota y no ofrecerle posibilidades de lanzamiento al portador, ya que un posible pase largo o que despejara la zona poblada desequilibraría a un equipo totalmente adelantado. Un trabajo que duraba aproximadamente entre 5 o 6 segundos a máxima intensidad y que en el caso de no consumar la recuperación inmediata de la pelota servía para temporizar  (darle tiempo al equipo para la reorganización defensiva). Ése era el riesgo asumido, pero para llevarlo a cabo, Gallardo necesitaba de una concentración extrema de sus jugadores, de un compromiso que significaba, tras perder la pelota, cambiar súbitamente el chip y pasar del ataque a la mentalidad defensiva: transición ataque-defensa.

     Esto hoy River no lo hace en ninguna de las situaciones del juego. Indudablemente la exigencia es desgastante y, probablemente, la superpoblación de partidos no le permita al DT trabajar en la creación de hábitos para que éstos puedan volverse inconscientes. Lo inconsciente ocupa menos lugar que lo consciente, u ocupa el mismo pero no le da trabajo a la razón porque no la utiliza y así se logra ahorrar tiempo y espacio para la ejecución.

     Hoy River duda. El equipo intenta con la pelota, pero ni Vangioni ni Mercado llegan con el mismo convencimiento. Tampoco Pisculichi y Rojas parecen estar en su mejor nivel y ni hablar de Teo Gutiérrez, quien no sólo se encargaba de capitalizar en la zona caliente sino además era un eslabón importante en esa presión de la que hablamos. Porque tras la pérdida el bloque ya no ataca, se dispersa y llega tarde a presionar, permitiéndole al rival sacar el pelotazo largo a espaldas de los defensores o bien limpiar la zona poblada hacia la zona débil y encontrar espacios para encarar a una defensa que queda mano a mano contra el aluvión rival de frente. Un River quebrado que se desordena en ataque y queda partido para defender, no solamente por distracciones de sus defensores sino por fallas en la organización ofensiva que no le permiten presionar como su técnico pretende.

     La autocrítica de Gallardo es positiva porque es importante reconocer el error en el funcionamiento para saber dónde se debe trabajar. Ahora habrá que ver si el poco tiempo que le brinda el calendario se lo permite y si los jugadores están dispuestos a volver a responderle. Los jugadores argentinos se cansan, no asimilan la táctica y la creación de hábitos los aburre. Por eso la capacidad del DT será indispensable: hay que volver a motivar a un equipo que, si bien este año renovó sus objetivos, parece haber olvidado que para defender bien hay que atacar mejor; teniendo en cuenta que el ataque empieza cuando pierdo la pelota.



Ramiro Fossaceca