martes, 19 de agosto de 2014

El nuevo River

     “Si todo va bien, este año vas a ver un nuevo River”, me dijo hace poco un integrante del cuerpo técnico de Marcelo Gallardo, justo en la previa del partido con Ferro, por la Copa Argentina, hace no más de 20 días. Sin embargo, luego del partido en el que el equipo se clasificó a los octavos de final recién en la tanda de los penales, sinceramente dudé. Como, estoy seguro, habrían dudado todos.

     Es cierto, recién empezaba el embarco del “Muñeco” al mando de uno de los timones más pesados y difíciles de manejar de la Argentina, pero lo mostrado ese día no hacía ilusionar mucho a nadie de cara al futuro inmediato. Y lo que vino más tarde, tampoco: un empate sin luces en La Plata ante el combativo Gimnasia de Troglio, en el que sumó de a uno, pudo ser de a tres, pero desde el rendimiento, otra vez no había sumado.

     Hasta que llegó el primer partido en casa, en el Monumental. Ese que el ahora técnico de River había pisado por última vez el 15 de mayo de 2010, pero como jugador, y en el que, además, se había quedado con las ganas de despedirse de su gente, porque un desvirtuado partido (River perdió 5 a 1 frente a Tigre) obligó a Cappa, por aquel entonces técnico del equipo, a meter mano durante el partido en sectores más específicos de la estructura táctica, olvidándose así de la despedida del ídolo.
                               
                     

     Entonces, este primer partido, con su gente ovacionándolo, fue, al fin, el punto de partida para ver a ese nuevo River que me habían anunciado unos días atrás. Ese River distinto. Pero distinto del de los últimos años, esos de malaria y vacas flacas, no del River de siempre, del histórico, del más ganador del fútbol argentino, ese que forjó un paladar exquisito en el gusto de sus hinchas.

     Y es que ayer, este equipo, superó ampliamente a su última versión, superó al campeón, se superó a sí mismo. Mostró una cara mucho más ofensiva, pero también ordenada. Avasalló a un Rosario Central que jamás le encontró la vuelta al asunto, pese a los rápidos cambios de su entrenador. Donatti y Berra, los dos centrales rosarinos, altos y exageradamente lentos, sufrieron la movilidad y la técnica del tándem Piscu-Mora-Teo, que encontraban espacios por todos lados para moverse a piacere.

     Pero ojo, porque River no fue sólo eso. No fueron sólo los tres de arriba los que hicieron la diferencia. La clave estuvo en la estructura, en la columna vertebral tan importante en el funcionamiento de un equipo y que Gallardo se animó a cambiar casi por completo, en apenas 7 días. River se armó desde abajo: la dupla central, con Maidana manteniéndose al tope de su nivel y con Ramiro Funes Mori, que desde el aquel gol a Boca parece haber redimido un apellido tan condenado como el suyo. La estructura avanza, y en ella aparece Matías Kranevitter, eje, dueño y señor del mediocampo, con mucha recuperación, pase corto y al pie, y, más adelante, apenas unos metros, muy cerca, Ariel Rojas y Carlos Sánchez. Socios incansables: el primero más técnico y permanente canal de salida limpia para los delanteros, y el segundo puro vértigo y sacrificio, pero sin desentonar en la música que propone el equipo con la pelota. Desde ahí parece estar construyéndose el nuevo River, que, obviamente, finaliza su recorrido capitalizando ese trabajo en la ejecución del tándem de arriba mencionado líneas atrás.

     Esa parece ser la idea de Gallardo: agruparse para ocupar espacios cuando se pierde la pelota, cerrando a Rojas y Sánchez cerquita de Kranevitter, y mucha movilidad y paciencia cuando se recupera, apostando a la jerarquía de los de arriba, pero también proyectando las bandas con Mercado y Vangioni. Ese es el nuevo River, el que hace no tanto tiempo me habían anunciado, y que, a partir de ayer, los hinchas de River empezaron a ver. Veremos si se mantiene en el tiempo, pero vale la pena ilusionarse.




Ramiro Fossaceca

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