“Si todo va bien, este año vas a ver un
nuevo River”, me dijo hace poco un integrante del cuerpo técnico de Marcelo
Gallardo, justo en la previa del partido con Ferro, por la Copa Argentina, hace
no más de 20 días. Sin embargo, luego del partido en el que el equipo se
clasificó a los octavos de final recién en la tanda de los penales,
sinceramente dudé. Como, estoy seguro, habrían dudado todos.
Es cierto, recién empezaba el embarco del “Muñeco” al mando de uno de los timones más pesados y difíciles de manejar
de la Argentina, pero lo mostrado ese día no hacía ilusionar mucho a nadie de
cara al futuro inmediato. Y lo que vino más tarde, tampoco: un empate sin luces
en La Plata ante el combativo Gimnasia de Troglio, en el que sumó de a uno,
pudo ser de a tres, pero desde el rendimiento, otra vez no había sumado.
Entonces, este primer
partido, con su gente ovacionándolo, fue, al fin, el punto de partida para ver
a ese nuevo River que me habían anunciado unos días atrás. Ese River distinto.
Pero distinto del de los últimos años, esos de malaria y vacas flacas, no del
River de siempre, del histórico, del más ganador del fútbol argentino, ese que
forjó un paladar exquisito en el gusto de sus hinchas.
Y es que ayer, este equipo, superó
ampliamente a su última versión, superó al campeón, se superó a sí mismo.
Mostró una cara mucho más ofensiva, pero también ordenada. Avasalló a un
Rosario Central que jamás le encontró la vuelta al asunto, pese a los rápidos
cambios de su entrenador. Donatti y Berra, los dos centrales rosarinos, altos y
exageradamente lentos, sufrieron la movilidad y la técnica del tándem
Piscu-Mora-Teo, que encontraban espacios por todos lados para moverse a piacere.
Pero ojo, porque River no fue sólo eso. No
fueron sólo los tres de arriba los que hicieron la diferencia. La clave estuvo
en la estructura, en la columna vertebral tan importante en el funcionamiento
de un equipo y que Gallardo se animó a
cambiar casi por completo, en apenas 7 días. River se armó desde abajo: la
dupla central, con Maidana manteniéndose al tope de su nivel y con Ramiro Funes
Mori, que desde el aquel gol a Boca parece haber redimido un apellido tan
condenado como el suyo. La estructura avanza, y en ella aparece Matías Kranevitter, eje,
dueño y señor del mediocampo, con mucha recuperación, pase corto y al pie, y,
más adelante, apenas unos metros, muy cerca, Ariel Rojas y Carlos Sánchez.
Socios incansables: el primero más técnico y permanente canal de salida limpia
para los delanteros, y el segundo puro vértigo y sacrificio, pero sin
desentonar en la música que propone el equipo con la pelota. Desde ahí parece
estar construyéndose el nuevo River, que, obviamente, finaliza su recorrido
capitalizando ese trabajo en la ejecución del tándem de arriba mencionado
líneas atrás.
Esa parece ser la idea de Gallardo:
agruparse para ocupar espacios cuando se pierde la pelota, cerrando a Rojas y
Sánchez cerquita de Kranevitter, y mucha movilidad y paciencia cuando se
recupera, apostando a la jerarquía de los de arriba, pero también proyectando
las bandas con Mercado y Vangioni. Ese es el nuevo River, el que hace no tanto
tiempo me habían anunciado, y que, a partir de ayer, los hinchas de River
empezaron a ver. Veremos si se mantiene en el tiempo, pero vale la pena
ilusionarse.
Ramiro Fossaceca

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