Años de malas campañas arrastraron a
River a jugar por primera vez en su historia en la segunda categoría del fútbol
argentino. En ese tiempo, muchos fueron los jugadores que inundaron
sus bocas de frases y promesas que anunciaban sus deseos de volver al club que
los vio nacer. Pero la realidad marca que, cuando en la balanza de las
decisiones se pone encima la cuenta bancaria, los sentimientos pesan solo unos pocos
gramos comparados con las toneladas de euros que brinda Europa, y allí, el
corazón pierde varios puntos en la tabla de prioridades.
Si se tiene en cuenta que la carrera
del futbolista profesional es demasiado corta, probablemente, se encuentren
motivos más que suficientes que justifiquen retrasar el retorno. Lo refutable entonces, no es su voluntad final,
sino su coqueteo constante con la vuelta, la histeria de decir blanco y hacer
negro, el empalagar los oídos de la gente con falsas ilusiones; en fin,
quedarse en lo abstracto y que lo concreto siga siendo el tamaño de sus
bolsillos.
Algunos atribuyen la elección a la
tranquila vida europea, adjudicándole las culpas a las diferencias sociales
entre continentes, otros priorizan sus carreras deportivas y el común
denominador sufre el pánico de perder la idolatría conseguida en
épocas de gloria riverplatense. Lo injustificable son las revueltas de humo
generadas solo para mantener vigente ese amor del hincha, sabiendo a primeras
que no está en sus mentes, todavía, la idea de vestirse otra vez con la banda
roja.
Por eso, después de aquel inolvidable
26 de junio del 2011, cuando la pesadilla del descenso despertó a todos aunque
pocos parecían darse cuenta, empezaron a sonar las primeras campanas que
anunciaban las caridades de siempre.
Los mismos presagios que solían
escucharse cada fin de temporada sucumbieron nuevamente al Monumental. Sí, aquellas
promesas repetidas, tan comunes como grafitis callejeros, volvían a escribirse por
el barrio de Nuñez. Sin embargo, a pesar de las incredulidades, esas viejas hipótesis
redundantes lograron fundirse con la realidad. Fernando Cavenaghi y Alejandro
Domínguez, campeones en épocas doradas, decidieron resignar lo que otros no
estuvieron dispuestos y dijeron presente en el peor momento de la historia
millonaria.
Ya con la 9 y la 10 en sus respectivos
dorsos, ambos mostraron vaivenes en el rendimiento, sufriendo una especie de
ciclotimia futbolística. Al inicio, lograron reciclar recuerdos de paladares negros, aunque luego parecieron
ponerse a tono con el triste fútbol argentino reinante. Quizás, el arribo de
otra gran figura como David Trezeguet, que deslumbró con sus goles la segunda
parte del año, fue consumiendo aquellas fantasías hasta hacerlas desaparecer. A
pesar de esto, siempre enfrentaron las críticas que propone el mundo River poniendo el pecho, dentro y fuera del campo, hasta el último día. Jamás
acusaron lesiones, ni siquiera retrocedieron treinta metros para mostrarse
lejos de las responsabilidades que provoca el área. Supieron decodificar el rol
que les exigía el plantel, cargando el
equipo en sus hombros con perseverancia, tozudez y
arrojo.
Hoy, con el campeonato guardado en
caja fuerte, no podrán disfrutar del objetivo conseguido más allá del festejo. Es
que el fútbol, que no entiende de gratitudes, los despojará de la oportunidad
de jugar en primera con la camiseta por la cual desistieron de todo.
Más allá del sabor amargo del desenlace, estoy convencido de que el hincha genuino estará toda su vida agradecido y los llevará en su corazón a lo largo de la historia.
Más allá del sabor amargo del desenlace, estoy convencido de que el hincha genuino estará toda su vida agradecido y los llevará en su corazón a lo largo de la historia.
Gracias a los dos por haber vuelto y
por haber conducido a River al lugar que jamás debió abandonar, hasta pronto…
Ramiro Fossaceca


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