Con el clásico rosarino, los posteriores homicidios que ocurrieron en la
ciudad de Rosario y el enfrentamiento dialéctico y gestual entre el arquero de
Belgrano, Olave, y la hinchada de River, la temática del folclore del fútbol
volvió a estar en boga. ¿Hasta qué punto es permitido dicho folclore? ¿Los
protagonistas –entendiendo por éstos no sólo a jugadores sino también a
técnicos, dirigentes y por qué no periodistas- pueden entrar en esa lógica o
deben mantenerse aislados? ¿Tiene que ver con la violencia? ¿La desata o ésta
es sólo una cuestión de quién no sabe interpretarlo? Son demasiados
interrogantes, es cierto, pero la temática los requiere; se envuelve en
complejidad porque involucra a diferentes sectores sociales y porque va mucho más
allá del fútbol, es inherente a como todos entendemos las cosas de maneras distintas.
Pero si hablamos de los protagonistas, debemos poner el ojo en las
actitudes anti-deportivas de Ignacio Scocco y Juan Carlos Olave. A juzgar por
las sensaciones de algunos, seguramente éstas serán entendidas como típicas de lo folclórico y que, para
ellos, no debieran ser condenables siempre y cuando sean bien entendidas,
porque forman parte del juego. Es lógico, (repito, para algunos) pensar que
este jugueteo de chicanas es sano y que su intervención en el accionar de los
“inadaptados” barras bravas es nula. Se supone, entonces, ingenuamente, que
esos cánticos, chicanas, gesticulaciones, provocaciones que, en su mayoría,
son machistas, homofóbicos, xenofóbicos, discriminatorios y que contienen una
gran carga de violencia simbólica, no determinan actitudes posteriores que
transgreden lo imaginario.
Antes de proseguir, hay que aclarar que aquí nadie tiene nada en contra del
famoso folclore. Los hinchas “adaptados” a los parámetros morales de una
cultura como la nuestra seguramente puedan disfrutar muchísimo de sus
ocurrencias futboleras, más allá de alguna bronca desmedida digna de un momento
de irritación. Pero los protagonistas no pueden inmiscuirse. Lo peor que le puede
pasar al jugador es entrar en la lógica del hincha. El gesto de Scocco al
árbitro, en el cual menea su mano insinuando un posible “robo” de su parte
luego haber fingido un penal, fue producto de eso. Ni el mismo Scocco creyó el
gesto que hizo, como tampoco creyó su posterior improperio de acusar al juez de
“ladrón”; pero la necesidad de mostrarse hincha, además de jugador, le ganó.
A favor de Scocco, vale decir que el jugador entra en esa lógica casi sin
querer. El hincha le pide al futbolista que juegue como si fuese él, que lo
represente, porque en él deposita todas sus frustraciones existenciales y es él
quien quisiera y debiera estar dentro de la cancha en su lugar. Entonces, si el jugador
no demuestra que es tan hincha como el que está en la tribuna, si no demuestra
que ama tanto la camiseta como él, el hincha lo condena. Y entonces el jugador,
inevitablemente, entra en ese círculo y se descontrola: actúa violentamente
contra un colega suyo -hoy adversario quizás mañana compañero-, hace gestos
provocativos a la tribuna rival, insulta al árbitro, se pelea con sus
compañeros...
Pero, paradójicamente, estas actitudes tampoco calman al hincha, más bien
lo exacerban. Lo que el hincha pide del jugador, no lo tranquiliza, lo altera,
porque así se siente todavía más enemigo de su rival, de ese otro que tiene que lo
hace ser quien es. Y esto se potencia inimaginablemente si el equipo sufre un
gol en contra o el árbitro empieza, a juicio del hincha, a perjudicarlo. Ahí se
vuelve incontrolable.
Aunque suene exagerado allí es donde quienes profesan la cultura de la
violencia accionan. Pero atención, porque no hay que confundirse, éstos no son
violentos por naturaleza. Fueron formándose en un sistema violento, donde la
violencia forma parte de un modo de vida, donde está naturalizada y donde a
raíz de ésta obtienen un reconocimiento social dentro de su núcleo de
pertenencia. Pero ese es, quizás, otro tema…
Volviendo al papel que juegan los protagonistas, lo mismo sucede con el
caso Olave. Los cánticos y silbidos de la hinchada de River en contra del
arquero forman parte del entendimiento del hincha, de su razón de ser. Nada
tienen que ver con el jugador. El hincha vive de eso, el jugador no. El hincha
vive de alentar, de cantar, de insultar; el jugador vive de su rendimiento
dentro del campo, de su profesionalismo. Olave no debió entrar en eso. Pero
preso de sentirse blanco de todos los insultos, conjugado con los tres goles
que sufrió, lo llevaron a responder, primero con gestos provocativos y luego,
todavía más condenable, con declaraciones a la prensa en las cuales subió la
apuesta: “Yo no me olvido que quemaron su cancha cuando se fueron a la B”.
Innecesario.
Con esto nadie está culpando a los jugadores de las actitudes violentas de
los demás. Como nadie culpa al fútbol de la violencia de una sociedad. Sólo son
partes. El fútbol es un reflejo de lo que pasa afuera, y los jugadores, aunque
no puedan o no quieran asumir el papel de figuras públicas que son, tienen una
responsabilidad social. Deben hacer el esfuerzo por ser ejemplo. Para cambiar
el general de la sociedad debemos empezar por sus partículas, y el fútbol es
una de ellas. Es difícil, lo sé, porque todos crecemos en esa “cultura del
aguante” que rodea al fútbol y en la que está involucrada hasta la policía. Pero los
jugadores deben jugar al fútbol, al juego, y deben ser formados, durante su
proceso formativo, para ser profesionales y puedan evitar así ser también actores de lo
externo. Lo mismo para dirigentes y árbitros, y para el periodismo que debe,
necesariamente, trasmitir un mensaje correcto, aunque ese mensaje implique,
quizás, un cambio de paradigma con el que algunos no estén de acuerdo.
Por eso, todo bien con el folclore del fútbol; pero a mi me gusta más el
fútbol.
Ramiro Fossaceca.


Muy interesante mirada!
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