A
lo largo de la historia del fútbol, los hinchas han ido encontrando variadas
formas de manifestar su disconformidad. Insultos, “banderazos”, pintadas y
también invocaciones a los ídolos que ya no están.
Esta
última modalidad de protesta rememora aquellos años noventa, en las
Eliminatorias del Mundial de Estados Unidos 1994. La Selección Argentina sufría
su clasificación, perdía 0 – 5 con Colombia en el Monumental y ponía en peligro
su pasaje al mundial teniendo que jugar un repechaje. Ese día, la presencia de
Maradona en el estadio generó el grito de guerra de los argentinos que
comenzaron a corear su nombre al unísono. Diego ya no dibujaba magias con la
celeste y blanca, pero en ese estadio todavía quedaban resabios de sus épocas
doradas y la gente los evocaba en forma de crítica. Ese famoso “Maradooo,
Maradooo” ejerció tanta presión que obligó al por entonces director técnico,
Alfio Basile, a convocarlo para jugar los partidos definitorios y,
posteriormente, el mundial.
Más
cerca en el tiempo, mientras el River de Simeone mostraba un escaso nivel de
juego, el último ídolo riverplatense observaba los partidos sentado en el banco
de suplente. Ariel Ortega, que por problemas de disciplina no era titular para
el DT, sí lo era para la hinchada. Los fanáticos millonarios se ahogaban en
gritos reclamando al jujeño y ponían de manifiesto su desencanto exigiendo la
resurrección futbolística de su número 10.
Esta
forma de demanda se ha vuelto una tradición argentina.
Este
fin de semana, la gente de Boca recurrió a la misma metodología. Una vez
finalizado el primer tiempo contra Tigre, desde los cuatro sectores del estadio
pudo escucharse el conocido cántico de devoción. Juan Román Riquelme no estuvo,
pero se hizo presente en las voces de la rebeldía boquense.
El
equipo de Falcioni volvía a mostrar un nivel parecido al de la semana pasada
con Quilmes. Los encargados de generar creatividad ofensiva parecían dormirse
en los laureles del mediocampo rival y como era de esperarse, en el primer el
tiempo comenzaron a escucharse los primeros murmullos. Pero al ejecutarse el
pitazo final de los primeros 45 minutos, la Bombonera se vio desbordada por un
alarido generalizado del hincha pidiendo por la vuelta del ídolo ausente. El
resultado es anecdótico. Queda claro que la gente no está conforme y lo
manifiesta notoriamente.
Quizá
sea el opaco juego el que resucita el deseo de implorar por los ídolos que ya
no están y supieron brillar. Quizá los hinchas xeneizes no sólo imploran por su
genio, sino que expresan su desencanto, frente al pobre juego del equipo,
mediante el nombre que tanto les dio.
El cántico que llama a Riquelme pide más que
su vuelta. Exige el regreso del buen fútbol que alguna vez supieron ver. Así
como en su momento eran Maradona y Ortega, hoy es Riquelme el canto del FÚTBOL.
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