Corrían poco más de 10 minutos del
primer tiempo, Riaño pierde la pelota en zona de ataque y Boca queda mal parado
frente a la contra de All Boys. Riquelme se esfuerza por recuperarla antes de
que el pelotazo de Grana exponga a su defensa al ridículo y… ¡crack!, “cambio, juez”. Diagnóstico, “desgarro
en el aductor izquierdo”. Quinta lesión en el año del diez. Cuarta muscular. La restante, un esguince en la rodilla
izquierda. Y hasta aquí somos benevolentes, porque en el total de infortunios
no contamos la “gripe” que lo marginó del clásico con San Lorenzo. Un virus
gripal que lo mantuvo fuera de los entrenamientos más de lo esperado y estiró
la lista de ausencias. Raro.
Repasemos cronológicamente los “partes
médicos”: una distensión en el aductor derecho allá por el mes marzo. Un
desgarro en el bíceps femoral izquierdo un mes después. En junio, un esguince
en la rodilla derecha. A fines de agosto otra distensión, esta vez en el gemelo
de la pierna izquierda. Y ahora ésta última, como para cerrar el año bien arriba (?). Demasiadas lesiones para un
jugador muy importante, con un contrato muy alto, que sólo llegó a jugar poco
más de la mitad de los partidos de su equipo y que, sin sobredimensionar la
lesión porque quedan sólo dos partidos para cerrar el año, lo marginará de las
canchas hasta 2014.
Si bien son más de cincuenta las lesiones que ha sufrido el plantel de Bianchi desde que éste y su cuerpo técnico asumieron en enero, lo cierto es que el de Riquelme es un caso especial. Basta con hacer un corto repaso sobre su historia más reciente; tener así [gesto que acerca el dedo pulgar con el índice indicando pequeñez] de cultura futbolística o, hasta diría una simple simpatía por este deporte, para saber que el jugador es propenso a lesionarse. Tiene una predisposición extraña. Un no sé qué que lo ha perseguido a lo largo de su carrera. Como Gago. Lo mismo. Pero esta propensión no actúa sola, ha sido ayudada siempre por los comportamientos del jugador fuera de la cancha. A ver, podemos poner como ejemplo el último caso: se lanzó a jugar una temporada cargada con torneos locales (Torneo Final y Copa Argentina) y Copa Libertadores luego de permanecer 6 largos meses en su casa “comiendo asado”,(como el mismo metaforizó) sin trabajo previo. O sea, no generó las reservas suficientes. Entonces se queda sin nafta. El desenlace era obvio e imaginable. El cuerpo no aguanta. Además, podríamos sumar todos los privilegios que se le otorga en la cotidianeidad de los entrenamientos, algo que, a esta altura, es vox populi y hasta le ha generado un que otro cortocircuito con algún director técnico que no haya accedido a tales. Falcioni, por ejemplo. Así, poco pueden hacer Bianchi y los suyos para mantener felí al 10 y a la vez óptimo para la alta competencia. Intentan concederle todo y mimarlo pero no resulta. Si entrena, se rompe porque lo “sobre-exigen”, y si no, se rompe igual, pero jugando. Así es difícil para cualquier entrenador.
Lo cierto es que ahora en Boca se
espera que llegue bien para el arranque de los entrenamientos en enero. Creemos
que la base para cualquier futbolista está en la pretemporada, y Riquelme no debiera
ser la excepción. Por eso, deberá reflexionar y ponerse seriamente a
disposición del equipo, si no, será difícil imaginar un futuro diferente al
presente que acontece.
Ramiro Fossaceca.


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